Edición Agosto 2006

EL SALTO DEL AUTORITARISMO A LA PERMISIVIDAD
“No tengo idea de cómo voy a educar a mis hijos: lo único que tengo claro es que no voy a cometer los mismos errores que mis padres”.
Este se convirtió en el nuevo lema de aquellos adultos que de niños sufrieron heridas a manos del sistema autoritario. Han decidido que no quieren tratar a sus hijos como fueron tratados ellos y buscan un cambio radical, un nuevo camino. Con esta sincera resolución han oscilado de un polo a otro. Es así como de ser autoritarios se han convertido ahora en padres permisivos. Si alguien duda de lo que significa esta permisividad, sólo basta ir a un lugar público y observar a los padres con sus hijos. El padre permisivo está muchas veces presente en cuerpo, pero no en alma. Mira pero no ve. Sólo se medio ocupa del niño, que sabe que está en libertad de hacer todo lo que quiere sin restricción alguna.
En esta nueva forma de educación, se ven distintos fenómenos que iremos analizando y compartiendo con ustedes.
MUNDOS INTEGRADOS: EL NIÑO ADULTO Y EL ADULTO NIÑO
Hemos iniciado una época de integración en donde queremos unificar todo: a nivel económico le llamamos globalización; a nivel sexual, unisex; a nivel religioso, ecumenismo. Son manifestaciones de la necesidad humana de buscar la unión con otros y desaparecer aquellas diferencias que nos separan. Inconscientemente se quiere regresar a la unificación que una vez tuvimos en el mundo espiritual. Una expresión, aunque equivocada, de esta tendencia, es el deseo de unificar todas las edades, eliminar la separación entre niños, adolescentes, adultos y ancianos. Podemos ver con claridad su expresión en la forma de vestir. Si observáramos alguna ropa para niños y no supiéramos sus dimensiones, pensaríamos que es para jóvenes. Los niños pequeños se visten ahora como adolescentes al igual que adultos y viejos. Los medios de comunicación nos están convenciendo de que la mejor etapa de la vida es la juventud, así que debemos acabar con lo que sobra: la niñez, la madurez y la vejez (aparte de erosionar su bolsillo con cirugías y cremas con la esperanza de que no pase el tiempo, con la ilusión de que el cuerpo no se desgaste y de que la vejez es una enfermedad que hay que evitar a toda costa). Esta tendencia de seguir la moda afecta gravemente al niño pequeño, pues al vestirlo como jovencito nos olvidamos de su inexperiencia y empezamos a demandar una madurez que aún no tiene.
Un claro ejemplo son los juegos y comentarios, con carga sexual, de los niños preescolares. Si antes jugaban al doctor y a “si te bajas tu calzón y me dejas ver, yo me bajo el mío y te enseño”, ahora un niño se echa sobre una niña para jugar a que se hacen el amor. No falta una madre escandalizada que vaya al colegio a quejarse. Pero ¿por qué nos sorprende, si los niños ven programas de adolescentes y adultos en la televisión y en el cine y muchos están solos frente a la computadora y tienen acceso a la pornografía en el Internet?
Aunque tratemos a los niños como jóvenes, la niñez no se elimina, sólo se distorsiona, se acorta, se llena de miedos y se enferma. El niño interpreta, a su manera, las situaciones que no comprende y crece golpeado por una realidad demasiado cruda para sus escasos años.
Otra interpretación, desafortunadamente equivocada, de esta tendencia a la unificación, es la que se refiere a la igualdad entre los sexos. Se traduce en buscar que sean iguales hombres y mujeres, que borremos aquello que nos distingue. Esta situación nos pone en competencia y en vez de unificarnos, termina separándonos más que nunca. Somos iguales en cuanto a que ambos somos seres humanos que merecemos respeto y dignidad. Somos iguales en derechos, en que merecemos las mismas oportunidades y el mismo trato de respeto en el trabajo y en el hogar. Ambos tenemos derecho a crecer y realizarnos como personas. Lo anterior nada tiene que ver con eliminar las diferencias que nos caracterizan a las mujeres y a los hombres. Si reconocemos internamente el verdadero sentido de la igualdad que compartimos, desecharemos la necesidad de competir para demostrar nuestra superioridad.
Por otro lado, la interpretación equivocada de los derechos humanos en relación con el niño se traduce en la idea de que éste y el adulto tienen la misma madurez y poder de juicio. Un ejemplo es que en Estados Unidos hay una ley que permite un niño demande a sus padres por maltrato. Ponemos una responsabilidad de adulto en manos de un niño; ¿podemos imaginar el conflicto interno que le ocasionamos al pensar que tiene la posibilidad de disponer de la vida de sus padres? ¿Para cuántas manipulaciones se presta? Aunque la intención de evitar el abuso infantil es buena, su implementación es un error garrafal. ¿Cuántos niños en dicho país, disfrutando de este nuevo poder en sus manos ahora no lo utilizan para amenazar y manipular a sus padres si son regañados o no son complacidos como ellos desean? Gracias a esta ley, los papeles se han invertido: el niño controla y el padre se doblega.
¿Inteligencia significa madurez?
La línea clara que marcaba la separación entre el mundo del niño y el mundo del adulto se ha borrado. El niño en este acercamiento de permisividad es considerado sabio, maduro y muy inteligente. Capaz de decidir y dirigir su vida. Pero hay que analizar esta nueva perspectiva: ¿el niño es sabio? En algunos aspectos tenemos que decir que sí lo es.
¿Son inteligentes? Sí, pueden ser muy inteligentes y a edad muy temprana sus respuestas nos pueden sorprender muchas veces, por lo atinadas que son. ¿Inteligentes? Sí, muy inteligente, ¿pero inteligencia es lo mismo que madurez? Aquí esta la confusión. Pueden ser muy inteligentes, tener una sabiduría que nos asombra por su profundidad, pero eso no quiere decir que puedan manejar sus vidas o que tengan la madurez para tomar decisiones importantes. Porque la madurez es resultado de la experiencia, es decir, de asociar causa y efecto y poder recordarlo. El niño no tiene todavía la capacidad para hacer estas asociaciones y ¿cómo puede tener memoria de situaciones que aún no vive?
Madurez también implica tener visión hacia el futuro. Comprender cómo me afectará el día de mañana lo que hago en este momento. Olvidamos que el niño pequeño, de meses, cuando le retiramos un juguete, para él ese juguete ha dejado de existir. Por eso, en vez de regañarlo cuando está tomando algo que no debe, hay que quitarlo del lugar o esconder el objeto.
Cuando fui maestra de preescolar, muchas veces atendí madres preocupadas que pensaban que su hijo se pasaba la mañana entera de ocioso. Cuando les explicaba todas las actividades en que participaban, algunas me miraban con incredulidad y me daba cuenta de que pesaba más el comentario de su hijo que el mío. Necesitamos entender que el niño no puede aún recordar a voluntad lo que le pedimos, pues sólo tiene memoria asociativa, es decir, recuerda cuando algún olor, imagen o comentario despierta la memoria. El olor de un perfume puede recordarle a la abuela, una cara enojada al policía del estacionamiento.
Por asociación el niño pequeño recuerda y por tanto, es inútil pedirle que a voluntad platique todo lo que hizo por la mañana. Para él lo que hizo en la escuela es un pasado muy lejano y que no tiene ahora el menor interés. Su atención sólo está enfocada en el momento presente.
El futuro no tiene gran significado para el niño pequeño que vive en el eterno presente; conforme va creciendo empieza a ampliar su horizonte para incluir tanto el pasado como el futuro. Lo mismo ocurre con la percepción del espacio. Por ello, antes de los nueve años no tiene sentido enseñarle ni historia ni geografía, ya que sólo repetirá como loro, pero sin ninguna verdadera comprensión.
Cuando tratamos de apresurar esta madurez en el niño nos podemos sentir frustrados. Pensamos que si damos largas explicaciones al niño, que consideramos muy listo, podrá comprender las consecuencias de sus actos; al hacerlo, dejamos en sus manos la responsabilidad para después sentirnos decepcionados, cuando toma la decisión equivocada.
Que se le explique al niño, por inteligente que sea, no quiere decir que él comprenda. Entiende pero no comprende pues la comprensión es resultado de la madurez; lo que decide en él, no es su juicio sino su apetencia, su deseo del momento.
Cuando dejamos que el niño tome la decisión equivocada y sufra después las consecuencias, el famoso “te lo dije” lo único que hace es lastimar su herida. Cometemos una gran injusticia al dejar decisiones en sus manos que no le corresponden y después lo regañamos y lo castigamos.
La madurez se adquiere con el tiempo. ¿Por qué insistimos en tratar al niño y al joven como adulto? ¿Por qué insistimos en querer borrar esta etapa de la vida y apurarlos a cargar con responsabilidades que no les corresponden? Si pudieran desempeñarse como adultos estarían ya viviendo independientemente y no necesitarían de nuestra ayuda, ¿pero eso es posible? Si los niños están con nosotros es porque nos necesitan. Necesitan de nuestra guía y buen juicio para educarlos. Cuando vemos la infancia del Dalai Lama, apreciamos cómo a pesar de que su madre sabía que estaba predestinado a ocupar un puesto tan importante, eso no evitaba que lo tratara y educara como atañía a su etapa de vida, como niño. No esperaba otra cosa de él ni evitaba poner límites cuando lo creía necesario. Ella era la madre y él sólo un niño. Cada uno en el lugar que le correspondía.
En este mundo actual, en que estamos integrando el mundo del niño en el del adulto, le hemos abierto al infante la puerta principal sin poner límite alguno a lo que puede escuchar o ver. Así conversamos en el coche sobre el divorcio de nuestra amiga que encontró al marido con otra y cuando el niño nos pregunta de quién hablamos, le decimos simplemente que no la conoce. Vemos en el noticiario arrestos, guerras y violaciones mientras el niño juega al lado. O escuchamos en el radio las noticias sobre el último secuestro al conducir a los niños al colegio. El adulto pretende que el niño está ausente, sordo o ciego.
El resultado de inmiscuir al niño en nuestro mundo adulto es que lo llenaremos de miedos. Le permitimos que presencie y escuche situaciones que emocionalmente no puede digerir y se angustia. Cuando escucha en la telenovela que el padre ha abandonado a la madre, el niño hace la transferencia a su vida y sufre pensando que lo mismo puede ocurrir en su familia. Cuando ve en el noticiario asesinatos que ocurren en el Medio Oriente, y como aún no tiene noción de espacio, piensa que está ocurriendo en la casa vecina y ninguna explicación lo consuela o lo ayuda a atenuar la zozobra que siente ante el espectáculo televisivo.
El precio que están pagando los niños en la actualidad por la integración por los dos mundos es muy alto. El precio es la pérdida de la inocencia… tema que trataremos en la próxima edición.
Rosa Barocio
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