Edición Diciembre 2006

Al ver a los hijos chicos no pensamos en el día que abandonarán el nido, o lo vemos muy remoto.
Yo pasé el tiempo trabajando, considerando que mis niños estaban conmigo a pesar de que tenía muy claro que un día se irían a seguir su camino y no me percaté de que seguían creciendo... y ¡sí!, llegó el momento cuando mi hija soltó sus alas, terminaba la preparatoria y se iba a estudiar lejos.
Fue un choque muy fuerte para mí, me confrontó con muchas cosas, era el momento de enfrentar lo que tanto había dicho: que ellos eran libres y que estaba lista para que volaran. ¿¡Sí CHISMOSITA!?
A pesar de que no fue de un día para otro, planeamos su ida a estudiar la universidad fuera de esta ciudad, estuvo viendo las opciones y la apoyé en su búsqueda.
Algunas mamás, de sus amigas que ya se habían ido a estudiar fuera, me decían “No te preocupes, yo lloré casi seis meses, pero pasa, poco a poco te haces a la idea”. Yo decía “¡qué exageración!, si sabes que se van buscando sus sueños, ¿por qué habrías de llorar?
Llegó el día; la fui a llevar a su nueva casita, la instalé en lo que sería de ahora en adelante su hogar. Todo muy bien, y la hora de despedirnos llegó. ¿Dejarla dolía? Aunque todo era sorteable, claro que me dolía, pero no era por la distancia ni el motivo por lo que nos separábamos, sino por darme cuenta de que sus alas se abrían y por verla empezar a despegar el vuelo y salir del nido. No es fácil describir el sentimiento, pero de que duele, mira que duele... y claro, ¡lloré como una Magdalena!
Me repetía muchas veces, para consolarme, “¡está abriendo sus alas y con movimientos firmes y bien orientados!”. Pero aún así me preguntaba “¿por qué duele, si sé que está siguiendo sus sueños?”. Yo sabía que algún día llegaría este momento. Ese dolor que se siente como padres ¿no será más bien ver nuestros sueños no realizados y, al ver que comienzan a volar, recordamos aquellos sueños que nosotras como seres humanos, no hemos podido realizar? Y eso... ¡sí que duele!
Por esas mismas fechas, me contaron que una amiga de ella, compañerita de juegos y de tan sólo 16 añitos, se había ido con el novio y estaba embarazada. Lo primero que pensé fue que se había cortado las alas a tan corta edad y que su madre, que había luchado tanto por sacarla adelante, se sentiría muy decepcionada. Yo, malamente, me consolaba haciendo comparaciones entre mi hija y su amiga y, claro que ante mis ojos yo y mi hija siempre salíamos ganando. ¡Qué tonto de mi parte!, ¿quién soy yo para juzgar a nadie o para pensar que ellas estaban peor que yo? ¡Qué curioso! hoy reflexionando al respecto me doy cuenta, que si realmente queremos a los hijos, debemos respetar sus decisiones, apoyarlos y dejarlos ser, además, ¿los sueños de quién estaban rotos, los de la niña o los de su mamá? Y, ¿quién me dijo que los sueños de aquella amiga suya no eran ser madre a temprana edad? ¿Quién me asegura que esa circunstancia no la hicieron crecer como persona e unir a esa mamá y esa jovencita?
¿Por qué el ir en contra de lo tradicional está mal y lo contrarío está bien? ¿Dónde está escrito o quién lo dice?
Eventualmente las lágrimas fueron desapareciendo, y no fue porque alguien estuviera en una situación más dolorosa a la mía, ni porque la distancia mágicamente se hubiera acortado, fue porque finalmente aprendí a ver a mi hija como lo que era: una chica que iba volviéndose más y más exitosa e iba alcanzando nuevos objetivos. Dejé de llorar y comencé a llenarme de orgullo por sus nuevos logros (no que antes no estuviera orgullosa de ella, ¡qué va!)... sus logros como un adulto independiente.
Ahora tengo más firme la idea que el amor debe ser con libertad y que a los hijos sólo podemos acompañarlos y fortalecer sus alas. Por supuesto que esas alas no son para tenerlas amarradas ni cautivas, sin poder extenderse, son para volar y lanzarse a descubrir su mundo.
Actualmente, mi hija está por finalizar la carrera y estamos en una nueva etapa, diferente y bella, somos dos mujeres compartiendo nuestros mundos, experiencias, éxitos, logros, risas y llantos.
Gracias, mi niña.
Patricia Romero
patricia@siriusfem.com