Edición Julio 2006

Nuestros antepasados y muchos de nosotros fuimos educados de una forma autoritaria. Crecimos bajo la ley de “lo haces porque yo lo digo y punto”. Los adultos eran firmes y seguros, no titubeaban al tomar decisiones, en raras ocasiones tomaban en cuenta nuestros sentimientos o preferencias.
En este sistema autoritario el niño tenía muy claros sus límites y sabía las consecuencias si no obedecía. Los padres ejercían su derecho a educar sin temor a ser criticados, y este derecho les daba un dominio exclusivo sobre la vida de sus hijos. El niño era considerado un ser inferior, sin voz ni voto, incapaz de tomar alguna decisión y sus sentimientos generalmente eran ignorados.
La siguiente anécdota me la compartió una amiga y nos demuestra lo antes dicho de manera clara:
“¿Papá, puedo ir a la excursión con mis amigos?”, pregunta Mirna de 16 años. “No”, contesta el padre. “¿Por qué? Saqué muy buenas calificaciones y he cumplido con todas mis tareas,” reclama la hija. “A tu padre n le preguntas por qué, te quedas sin salir quince días empezando en este momento.” La hija ve el reloj y sabe que hasta las 4:00 p.m. del viernes, dentro de dos semanas, podrá volver a salir con sus amigas.
Mundos separados: el mundo adulto y el mundo infantil:
La estructura familiar era clara: el mando era ejercido por el adulto que cargaba con toda la responsabilidad y el niño simplemente obedecía. El niño se respaldaba en el adulto y esto le permitía habitar su mundo infantil lleno de inocencia. Las transgresiones no eran aceptadas. Tanto el adulto como el niño conocían su espacio. El siguiente caso ilustra esto:
Sandra quiere saber si puede salir al jardín a jugar con los vecinos. Abre con mucho cuidado la puerta de la sala para descubrir a su madre platicando con la tía Berta. Cuando se dan cuenta de su presencia, las mujeres bajan la voz e interrumpen su conversación. Hay un silencio embarazoso mientras la niña espera que la madre le indique con la mirada que puede acerarse. Sandra se aproxima, pero se detiene a una “distancia prudente” y aguarda sin hablar hasta que la madre le pregunta lo que desea. “Sí, puedes salir un rato hasta que te llamen a cenar”. Ambas mujeres observan a Sandra retirarse antes de continuar su conversación.
Este ejemplo nos transporta a tiempos ya olvidados en donde las conversaciones de adultos eran sólo para adultos. Ningún niño era admitido en esas pláticas, pues se consideraban “inapropiadas” para ellos. Los adultos cuidaban celosamente todo lo que decían, y el niño se enteraba sólo de lo que el adulto consideraba conveniente. Esto permitía una separación clara entre ambos mundos y a la vez ofrecía una protección importante al niño, pues evitaba que escuchara comentarios pertubardores que pudieran llenarlo de miedo y preocupación. No se estresaba en relación con situaciones que no le incumbían ni estaba en sí poder cambiar. ¡Qué diferente de lo que vivimos en estas épocas!
El bienestar del niño
Antes, los padres cuidaban al niño y daban preferencia a su bienestar. Se desayunaba, comía y cenaba a una hora fija. El baño y la hora de dormir eran parte de un ritual que se sucedía, día con día, de manera inalterable.
Esta rutina inviolable ofrecía al niño una estructura que le proporcionaba seguridad emocional, pues sabía qué esperar y no vivía de un sobresalto a otro.
El niño pequeño no tenía más trabajo que jugar y dejar que el adulto se encargara de atender sus necesidades físicas. La madre generalmente estaba en casa y le ofrecía todo el apoyo que él necesitaba. Hasta su ingreso a la primaria el niño pasaba todo el día en casa observando el quehacer de los adultos. Raramente salía y la prisa no existía. No había expectativas respecto a lo que tenía que aprender y a lo que tenía que lograr. Era niño y nadie tenía por qué esperar más. El niño en edad escolar tenía que ocuparse de ir al colegio y hacer la tarea, el resto del tiempo era suyo, para disfrutar. Las tareas escolares de antaño eran consideradas sólo un apoyo al trabajo realizado por el niño durante la mañana en la escuela y ocupaban poco de su tiempo por la tarde; tenía libertad para jugar con sus hermanos y vecinos.
Apoyo familiar
Las madres gozaban del privilegio del apoyo de otras mujeres: madre, tía, abuela… que las ayudaban y enseñaban a cuidar a los hijos. La madre y la abuela dedicaban su tiempo a educar a la hija, ayudaban a despertar en ella el instinto materno a fin de que contactara y satisficiera adecuadamente las necesidades del pequeño.
Este instinto materno le permitía desenvolverse con seguridad y le ayudaba a tomar decisiones firmes. En ningún momento pensaba que necesitaba dar explicaciones de sus determinaciones ni al hijo ni a otros adultos. Nada de comparaciones ni consultas con el psiquiatra o el consejero familiar.
Recuerdo haber preguntado de niña: “¿Por qué no puedo ir a dormir a casa de Regina?” Mis padres me respondieron: “Porque no”. Cuando me encontré con mi amiga, ella me preguntó porqué me habían negado el permiso, y yo le dije: “Que porque no”. “¡Ah!”, me respondió. Ambas quedamos conformes.
“Porque no”, o “Porque sí” era suficiente como la explicación que mantenía satisfechos a los niños de esa época.
Secuelas emocionales
Si bien era acertado que se cuidara el bienestar físico del niño y que ambos mundos, el infantil y el adulto, estuvieran claramente separados y que las madres contaran con el apoyo de otras mujeres, los padres no reflexionaban sobre las consecuencias emocionales de sus actos con respecto al niño. Tenían claro lo que esperaban de él; si para lograrlo era necesario humillarlo y azotarlo, el fin justificaba los medios. El niño crecía bajo la benevolencia o cólera de los adultos, que no se preguntaban por las consecuencias emocionales que aquel pudiera sufrir. Había que evitar que el hijo creciera “torcido” y el cómo los tenía sin cuidado.
A un niño de 7 años le dio por tomar dinero de la cartera del padre. La primera vez que lo hizo, el padre le pegó; la segunda vez lo azotó, pero la tercera lo encerró tres días en su cuarto a pan y agua.
El muchacho no volvió a tomar dinero del padre. Escarmentó pero también quedó lastimado. ¿Qué puede pensar y sentir un niño de esa edad a quien se le encierra y se le trata como a un preso?
La intención buena; la forma nefasta. Lecciones aprendidas con el hierro candente no se olvidan porque las guardamos en la memoria como recuerdos que aún palpitan cubiertos de dolor y resentimiento.
Rosa Barocio
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