Edición Junio 2006

Hace tiempo leí un cuento de Oscar Wilde y entre sus líneas encontré un aforismo sobre el deber, decía mas o menos así: “el deber es algo que casi siempre esperamos que los demás hagan”, recuerdo haber reflexionado largo rato sobre qué me decía en particular dicha sentencia y finalmente me quedó más claro su sentido cuando la apliqué al “deber ser”.
Para compartir mi reflexión pongamos al cuerpo en escena. El nuestro sin duda es un cuerpo sexuado y a partir de ese sexo se ha construido una serie de significados que significan al cuerpo edificando sobre él lo que conocemos como género, el cuál está regido primordialmente por los dictámenes sociales de lo que “debe ser un hombre o una mujer” según cada régimen social.
Ahora bien, para seguir avanzando en nuestra reflexión puntualizaré que el proceso de vida de los humanos va de la dependencia. Entonces, si nos remitimos a los primeros años de nuestra infancia, aquellos donde nuestra ocupación cotidiana era descubrir el mundo a cada paso, podremos ubicar entonces que siempre estuvimos acompañados, que hubo alguien que nos ayudó a interpretar el mundo y que la mayoría de esas enseñanzas pasaron a través de una fundamental: “el ser hombre o mujer”.
Estudios de género han demostrado que alrededor de los dos años se adquiere la identidad de género, es decir las y los sujetos se saben pertenecientes a un grupo en específico, ya sea el de los hombres o el de las mujeres. Justo aquí comienza un largo camino en el que se socializa a los sujetos según su género; aprendizajes que van mas allá de que el rosa es para las niñas y el azul para los niños, son aprendizajes que constituyen a los sujetos y que de alguna manera son un referente para andar en el mundo y reconocer a sus semejantes, los otros hombres y las otras mujeres.
Entonces cuando nos hemos asumido pertenecientes al grupo de los hombres o las mujeres y por ende identificamos “lo que es una mujer o un hombre es”, por lógica qué vamos a esperar que cada quien “debe ser” según el género que le corresponde. El punto en cuestión es un mecanismo que funciona como regulador de los comportamientos sociales e individuales. Es por todo lo anterior que existen creencias como que las mujeres deben llegar vírgenes al matrimonio o que es sólo su responsabilidad cambiar pañales, bañar y alimentar a sus hijos, que se ve mal que un hombre llore en público y que ante todo su deber es ser el proveedor de la casa o que a mucha gente le moleste cuando un hombre se comporte como una mujer o que una mujer se emborrache en público. Cobra entonces sentido el aforismo de Oscar Wilde el “deber ser” es una exigencia hacia el otro porque de alguna manera nosotros hemos cumplido con nuestra parte “de ser” lo que otros nos dijeron que debíamos ser, entonces se convierte en un arma de doble filo socializante por ambos lados. Hacer esta reflexión es de alguna manera poner en evidencia de que en la medida que seamos concientes de cómo hemos sido construidos a partir de los otros, es posibilitar una de reconstrucción para reinventarnos y reconstruir un mundo de respeto a las formas de “ser” de los otros y las otras.
Raúl Morales
troll_ito@yahoo.com