Edición Junio 2006

Vivimos una época muy interesante, pero difícil. Tenemos acceso a tanta información que el sentido común ha quedado relegado, olvidado, a tal grado que, incluso, nos cuesta trabajo resolver cuestiones muy sencillas. Sobre todo en relación con nuestros hijos. ¿Por qué? Porque todo se complica cuando nos dejamos invadir por el temor a equivocarnos y a lastimar, a ser anticuados, autoritarios, a no ser queridos, a ser criticados..
Nuestros padres y abuelos la tenían más fácil. “¿Puedo ir a la fiesta?” “No”. “¿Por qué no?” “Porque no”. Ahí acababa el asunto. Dormían tranquilos, no se quebraban la cabeza, ni cargaban un costal de culpas. Ellos estaban en contacto con su sentido común, aunque, debemos decirlo, la reflexión sobre la educación no era parte de su vida. Todo era más sencillo, pero los hijos no tenían derecho a expresarse, a defenderse ni a contradecir a los mayores por injustos que fueran.
Los padres de familia actuales están viviendo algo distinto y la tentación de encontrar un libro que les ofrezca la solución para resolver los problemas que enfrentan con sus hijos puede ser muy atractiva. Sí, encontrar la fórmula que les resuelva el complejo problema de educar. “¡Olvídense de los detalles, vayan al grano y díganme cómo! ¡Explíquenme qué debo hacer con este muchacho y ya!”.. Como si educar pudiera ser una simple receta de cocina.
Es cierto que las recetas de cocina son maravillosas. Nos garantizan el éxito si seguimos cuidadosamente los pasos enlistados. Sólo es cuestión de comprar los ingredientes y seguir las instrucciones del “modo preparar” al pie de la letra. Un inexperto con un buen recetario puede preparar una buena comida.
¡Cómo quisiéramos hacer eso con nuestros hijos! Comprar el “recetario para el niño ideal”. Pero como en gustos se rompen géneros, tendría un índice largo para poder escoger el tipo de niño que deseamos. Cada pareja de padres podría elegir una receta de acuerdo con el tipo de hijo que quisiera. Por ejemplo, ésta podría ser una opción:
Receta para el niño “Terror del barrio”
Ingredientes:
Niño fresco y tierno, de preferencia menor de 3 años.
Padre o madre de temperamento colérico.
Escuela autoritaria y represiva , o sin disciplina.
T.V., nintendo y juegos de video agresivos.
(Opcional) Clases de defensa personal.
A un niño como éste es importante educarlo con mano dura. Es necesario explicarle desde pequeño que el mundo es de los fuertes. En ningún momento se le deben permitir demostraciones de debilidad o flaqueza, y debe saber que el llanto sólo es permitido a las mujeres. Deberá fomentársele todo tipo de competencias y hacerle saber que lo importante es ganar y que el fin justifica los medios. Los padres deberán aprovechar toda situación cotidiana para enseñarle a defenderse: un mal modo de algún dependiente, un incidente automovilístico, son oportunidades invaluables para enseñarle a intimidar a otros.
Es importante que desde pequeño se sienta el vencedor en riñas callejeras y escolares, por lo que, si es necesario, el padre o la madre podrán intervenir para asegurar la victoria. Si hay quejas del colegio o de los vecinos por su agresividad, siempre defiéndalo diciendo que seguramente fue provocado y que él no tiene la culpa de ser tan fuerte y valiente. Asegúrese de que su hijo lo escucha y siente su apoyo incondicional. Explíquele después que los niños como él tienden a despertar envidias y enséñele a culpar siempre a los demás. No se sorprenda cuando dejen de invitarlo a las fiestas infantiles; su hijo seguramente es demasiado maduro para ellas. Si es necesario cambiarlo de escuela, véalo como motivo de orgullo, pues es demostración de su creciente poder.
Es indispensable que vea, en un mínimo de tres horas diarias, programas o caricaturas violentos. Recomendados especialmente las japonesas y que las vea antes de dormir, para que las imágenes penetren mejor en su subconsciente. No se desanime si tiene pesadillas y no puede dormir. Con el tiempo se acostumbrará y dejarán de impresionarlo. Nunca lo retire de la habitación cuando vea con usted programas de adulto en la televisión, pues esto ayudará a endurecerlo. Cuando sea posible acompáñelo al cine, especialmente si es después de las diez de la noche y la película es de calcificación C. El niño deberá acostumbrase a todo. Observará que cada vez necesitará que las películas aumenten de violencia; ello es parte normal del proceso para insensibilizarlo al dolor de los demás.
Cuando se divierta con juegos de video, anímelo: “¡Muy bien, hijo, ya mataste a cinco, sólo te faltan dos!” Cómprele todos los disfraces de guerreros y asegúrese de que juegue a diario con pistolas, ametralladoras y demás juguetes bélicos. Tapice las paredes de su recámara con carteles de monstruos y héroes de batallas, prefiriendo siempre los de colores oscuros y fosforescentes.
Apodos como Atila, El garras, o Destroyer, pueden ayudarlo a identificarse con su temeridad. Pronúncielos con énfasis y con mucho orgullo.
Contraindicaciones: Niños como éste pueden convertirse, de adultos, en psicópatas, asesinos o golpeadores de mujeres.
Pero si el niño “Terror del barrio” no es de su agrado, podría escoger entre muchas otras opciones.
Las recetas para:
Niño/a: “Osito de peluche”: simpático, cariñoso, y complaciente.
Niño/a: “Cascabelito social”: graciosa, platicadora y siempre alegre.
Niño/a: “Nerd”: muy estudioso, inteligente, beca garantizada.
Nos puede parecer gracioso, pero cuántas veces no pensamos que educar es eso: aplicar una receta a un “producto”, como llaman los doctores al niño antes de nacer. El problema surge cuando nos damos cuenta de que ese “producto” es único, diferente en cada caso y que por eso no debemos sorprendernos de que cada hijo resulte distinto, aunque lo hayamos cocinado, según nosotros, con la misma receta.
Pero no hay recetas para educar, aunque hay autores que nos quieren vender esta ilusión. Si las hubiera, eliminarían una parte muy importante de nuestras vidas: poder crecer a través de una relación inteligente con nuestros hijos. A veces como padres pensamos que tenemos hijos porque tenemos tanto que darles, y no nos damos cuenta de que tenemos hijos para aprender juntos.
Nuestros hijos tienen mucho que aportarnos, siempre y cuando estemos abiertos a recibirlo. Un día, al llegar del trabajo. Me preguntó uno de mis hijos cómo estaba, y le dije: “Cansada”. Me contestó: “Claro, tú siempre estás cansada”. Reflexioné y me di cuenta de que, efectivamente, siempre estaba cansada y que esa cantaleta era parte de mi vida diaria. También pensé en lo terrible que ha de ser vivir con una madre que siempre está agotada y que sólo puede transmitir su fastidio. Una persona cansada no puede sentir entusiasmo, pasión, ni alegría por la vida. Me di cuenta de que iba a pasar a la prosperidad como mártir. E imaginé el epitafio de mi lápida:
Aquí yace una mujer cansada,
Demos gracias a Dios de que
¡por fin! Descansa en paz.
Empecé a cambiar mi estilo de vida. Ahora cuando digo que estoy cansada con voz de gemido, me escucho, y se prende interiormente una luz de alarma. Recuerdo que sólo yo soy responsable de mi bienestar.
Este aprendizaje mutuo no siempre es placentero. Cuando era maestra siempre me admiraba cómo, al final del año escolar, podía sentir tanto cariño por aquellos niños que me habían dado tanto trabajo. Dentro de ese cariño pienso que también había un profundo agradecimiento por todo lo que aprendimos juntos. Convivir con algunos niños es como estar constantemente frotando dos piedras de donde salen chispas. Estas chispas producen calor. Calor que se puede transformar en amor, si lo permitimos.
La tarea de ser padres es quizá la mas difícil y de mayor trascendencia, que jamás tendremos. Estamos tratando con seres humanos, y lo que hagamos o dejemos de hacer va a marcarlos para toda su vida. Sin embargo, nadie nos entrena para ser padres. Existen las pláticas matrimoniales para las futuras parejas. Me pregunto por qué no hay orientación para las personas que quieren ser padres. Están surgiendo las “escuelas para padres”.
Desafortunadamente, muchas veces, estamos tratando de remediar lo echado a perder. Imagínense lo que significaría que nos pudiéramos preparar antes de tomar la decisión de tener hijos, en vez de buscar ayuda cuando ya tenemos problemas con ellos.
En pocas palabras, los invito a dar un salto en conciencia por medio de reconocer el potencial de crecimiento que puede aportarnos la convivencia diaria con nuestros hijos. A recuperar la dignidad de ser padres al darnos cuenta de la oportunidad única que se nos ofrece de crecer a través del amor, la alegría y el sentido del humor. Nuestros hijos no quieren padres perfectos, quieren padres que en su búsqueda interna aspiren diariamente a ser mejores personas.
Rosa Barocio
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