Edición Noviembre 2006

Pues sí, con base en mis experiencias personales, cuando ya varios hombres me habían pateado, llegué a esta conclusión de que “LOS PRÍNCIPES AZULES NO EXISTEN”. En realidad estaba muy decepcionada porque por más que yo intentaba poner lo mejor de mí en una relación, el final siempre era el mismo, terminaba sola y más decepcionada cada vez.
Un día me desperté para salir a trabajar, pero me desperté con ese sentimiento de soledad e insatisfacción; además, estaba lloviendo muy fuerte y parecía que no se quitaría pronto. A mí me chocan los días lluviosos cuando tengo que salir porque mis pies se congelan durante todo el día y generalmente no regreso a casa hasta la noche, “otra vez comencé mal el día”.
Me apresuré a arreglarme y, en contra de mi voluntad, hice todo lo que tenía que hacer. Llegué al trabajo, bajé del coche y sí, ¡tenía los zapatos húmedos! Empecé mi labor molesta, además estaba de “mírame y no me toques”. Transcurrió mi día con normalidad en la oficina, claro, con mis pies congelados y un dolor de piernas que no soportaba, pero bueno, no podía hacer más que esperar a que fuera hora de la salida. Cuando por fin acabó la jornada, mi espíritu descansó un poco, pues eso también significaba que ya pronto terminaría otro día. Seguía lloviendo como si toda el agua del planeta quisiera caer ahí; nuevamente saqué mi sombrilla, respiré hondo y salí apresurada hacia el coche. El chubasco era tan fuerte y con tanto viento que terminé empapada de la cintura para abajo, ¡ay, qué berrinche! Sólo rogaba a Dios que ese día terminara con la esperanza de que mañana fuera mejor. Lo interesante es que ¡Dios sé me escuchó!
Arranqué y, como era de suponerse, había un tráfico de los diez mil demonios, encharcamientos, embotellamientos… Tardé más que en otras ocasiones en llegar a casa, seguía mojada y congelándome.
Finalmente comencé a estacionarme. Al voltear hacia la puerta de la casa me llevé la impresión de mi vida. Ahí estaba él, esperándome con una gran sonrisa y la sombrilla preparada. Me quedé helada, pero ahora de emoción. En ese momento en realidad no sabía lo que sentía, no hubo necesidad de que me dijera nada, me pude dar cuenta del inmenso amor que sentía por mí, me di cuenta lo importante que era para él, me sentí en las nubes, que flotaba por un momento. De pronto, mi interior se llenó de remordimientos, me acordé de tantas veces que habíamos peleado sin razón alguna, de hecho solamente por descargar en alguien mis frustraciones. Mientras todo esto pasó por mi mente, él seguía con su gran sonrisa en la puerta esperando que apagara el coche. En cuanto apagué el motor, se apresuró a ir por mí, NO LE IMPORTÓ MOJARSE LOS PIES POR IR A RECIBIRME CON LA SOMBRILLA. No puede ser, más me remordió la conciencia, durante todo este tiempo, la expresión de su rostro no cambió, entonces se acercó, me abrió la puerta del coche, me ayudó a bajar mis cosas y me abrazó. Me dio el beso más tierno que he recibido en mi vida y me dijo: “Ay chaparrita, qué bueno que ya llegaste, estaba preocupado porque no dejaba de llover y sabía que te ibas a mojar, por eso te estaba esperando, ¿Cómo te fue hoy?”
Entré a la sala y me desplomé en un sillón. Lo que me estaba sucediendo en ese momento era tan fuerte que no hice más que decir, “Bien, gracias por ayudarme a bajar”, y lo abracé. Entonces comprendí lo que es tener un hombre leal a tu lado, alguien a quien realmente le importas, alguien que sí te entrega el verdadero amor, el amor desinteresado.
Fue cuando recibí una de las lecciones más valiosas de mi vida, estaba yo buscando en un extraño lo que realmente tenía en mi casa, ese hombre que jamás se había separado de mí, suena extraño ¿verdad? En realidad yo me estaba enfrascando en situaciones cotidianas que no tienen ninguna importancia, en cosas vanas y superficiales; yo creía que necesitaba encontrar en una pareja todo lo que me faltaba, pero la vida me dio una buena lección: no estaba valorando lo que tengo.
Esta persona de la que estoy hablando llegó hace 11 años a mi vida, y lo hizo en circunstancias difíciles.
Debo aclarar que nunca lo rechacé, pero cuando apareció yo no estaba preparada para un regalo así de maravilloso, yo siempre decía que era lo mejor que me había pasado y que estaba muy contenta de tenerlo, pues llenaba todas mis expectativas, ¡Sí, ERA EXACTAMENTE COMO YO LO HABÍA IMAGINADO Y COMO YO LO HABÍA DESEADO!
Dios no pudo haberme enviado un mejor modelo, siempre me sentía orgullosa de él, y no permitía, por ningún motivo, que nadie intentara dañarlo. Pero ese día mi admiración hacia él creció.
¡NO HAY NADA QUE SE COMPARE CON EL AMOR DE UN HIJO!
Y tú, ¿ya revistaste?, a lo mejor entre las personas que conoces está tu príncipe azul y no te has dado cuenta.
Nadia Nares
nanadany10@yahoo.com.mx