Edición Noviembre 2006

Muchos padres se quejan de que sus hijos se pasan durante la noche a dormir a sus camas. Otros se quejan de que duermen permanentemente con ellos y están hartos. Creo que ésta es una situación que acompaña a los demás males de esta época permisiva. Para mí es un reflejo claro de ella: es la invasión total de nuestro espacio y el resultado de integrar al niño en el mundo del adulto.
¿Por qué se ha convertido esta situación en un dilema? Hace algunas décadas, esto no era un problema común. ¿Qué ha ocurrido, que ahora parece una epidemia?
Dentro del autoritarismo los padres tenían muy claro su lugar y el de los hijos. Los espacios físicos estaban claramente delimitados, el niño era educado desde pequeño para respetarlos. A un infante no se le ocurría hurgar en la bolsa de su madre como entretenimiento, y si lo hacía no ignoraba que, de ser descubierto, lo reprenderían. El escritorio del padre era un lugar sagrado. El niño sólo exploraba a escondidas y sabiendo que corría el riesgo de ser descubierto y castigado. La recámara de los padres pertenecía a la pareja y era un espacio prohibido para ellos. Si el niño estaba enfermo, como excepción podía permitírsele dormir en el cuarto de los padres, pero todos sabían que esto era una situación pasajera. Una vez aliviado regresaría a su recámara. Los límites para el niño en este sentido eran muy claros; no suplicaba quedarse todas las noches en la cama de los padres ni estos se sentían culpables por no complacerlo.
Pero en esta época permisiva, el escenario ha cambiado. Ahora todo es de todos y el niño se siente con libertad de invadir cualquier espacio sin límite alguno. Es así como el niño termina en la cama de los padres, y ellos se sienten impotentes para corregir esta situación.
Aquí cabría hacernos tres preguntas:
1.- ¿Cuál es la motivación de los padres? ¿Por qué han permitido esta situación? ¿Por qué se sienten impotentes para tomar la decisión de enviar al niño a dormir a su cama?
Los padres suelen quejarse de que los niños se pasan en la noche a su cama, pero se sienten impotentes para cambiar la situación. Convendría que revisaran su motivación. ¿Realmente quieren que su hijo duerma en su recámara?
2.- ¿Por qué algunos padres permiten que los hijos duerman con ellos?
Por comodidad.- Muchas madres, cuando están amamantando al bebé, encuentran muy cómodo que el bebé duerma con ellas. Les evita la molestia de tener que pararse y la madre disfruta de la cercanía de este ser que depende totalmente de ella. La simbiosis en este momento es absoluta y ambos disfrutan del contacto físico. Pero ¿qué sucede cuando el tiempo pasa y los padres se acostumbran a tener al niño en la cama? Si el niño duerme con los padres los primeros años de su vida, cuando tratan de desarraigarlo de su recámara para que duerman separados, encuentran clara resistencia por parte del niño. Es de entenderse. Dormir juntos ya se convirtió en un hábito y todos sabemos lo difícil que es romper un hábito. Esta separación la experimenta ahora el pequeño como un desgarramiento doloroso. Es una especie de destete, que entre más grande es el niño, resulta más difícil y doloroso.
Porque me produce placer.- A menudo podemos observar que los adultos disfrutan hacer cosas con los niños pequeños sin tomar en cuenta, en ningún momento, el efecto que esto puede tener en ellos. Cuántas veces hemos visto a adultos besando, apretando o abrazando a niños cuyas caras de disgusto indican claramente que les molesta. Pero el adulto nos puede argumentar que lo hace porque le da gusto, le da placer. ¿Es esto respetuoso y válido? Tratamos al niño como si fuera un objeto que está aquí para complacernos. Sus sentimientos o preferencias, ¿no cuentan? Hay muchas vivencias que nos dan gusto como padres, como puede ser que duerman con nosotros. Sin embargo, pueden no ser lo mejor para nuestros hijos. Me puede dar un placer enorme ver a mi hijo acurrucado a mi lado en la cama, pero ¿qué es lo mejor para él? En este momento me da placer, pero ¿cuál es el resultado a largo plazo?
Cuando educamos con miopía no podemos proyectar las consecuencias de lo que hoy hacemos a futuro. Pero el tiempo pasa rápido; cuando menos lo esperamos el bebé se convierte en un niño de cuatro, cinco y seis años, y vemos que cada vez le cuesta más trabajo separarse de nosotros. Él paga el precio de mi placer y disfrute.
Porque no quiero que crezca.- Muchas madres que disfrutan su maternidad quisieran que sus hijos se quedaran por siempre pequeños. Sentirse necesitadas les da la razón de ser, y que el niño duerma con ella le da gran satisfacción. No procurarle su propio espacio puede ser resultado de ese deseo inconsciente de que permanezca dependiente de ella. Es ella, como madre, la que no quiere “que la deje”. El niño percibe su necesidad y tampoco la quiere soltar. Expresiones como “mi nene”, “mi bebé”, “mi chiquito”, cuando está creciendo, refleja claramente el deseo de que no crezcan, de que se queden por siempre pequeños.
Porque el niño llena un hueco emocional.- Si los padres no se sienten queridos o aceptados, o se sienten inseguros o desarraigados, pueden buscar que los hijos sean los que llenen esos huecos emocionales. Los hijos responden, aunque de manera inconsciente, y se sacrifican, pagan el precio. Lo hacen por el gran amor y lealtad que sienten hacia sus padres, por su necesidad de pertenecer y de sentirse aceptados por ellos.
Los padres necesitamos, antes que nada, aprender a reconocer nuestras necesidades emocionales, y buscar ayuda para sanar nuestras heridas; aprender a querernos y a confiar en nosotros mismos, para no necesitar que el niño se convierta en un remedio para esas necesidades insatisfechas. Ninguna persona puede dar lo que no tiene. Seguiremos perpetuando eternamente la cadena de sufrimiento de la humanidad: yo utilizo a mi hijo para llenar mis huecos emocionales; pero entonces él tampoco aprende a reconocer y a atender sus propias necesidades por estar satisfaciendo las mías. Cuando se convierta en padre de familia, utilizará de la misma manera a sus hijos para llenar sus huecos emocionales, y sus hijos a los suyos, y así sucesivamente.
Por culpa.- En mis conferencias me encuentro a menudo con padres que dicen estar convencidos de que sus hijos deben dormir en su propia recámara, pero me platican que aun cuando le ruegan al niño que permanezca en su cuarto, invariablemente termina durmiendo con ellos. A este tipo de padres les ocasiona claras molestias esta situación, pero no tienen el valor para tomar la decisión de imponerse. El niño que ofrece resistencia a soltarlos, se da cuenta de su falta de decisión. El niño puede escuchar las órdenes de sus padres, pero percibe su falta de seguridad. Cuando a medianoche el pequeño le ruega al padre que lo deje dormir con él, el progenitor flaquea y el niño entonces confirma su sospecha de que los padres no tienen la fuerza para sostener lo que dicen. ¿Qué impide a estos padres decidir, cuando están convencidos, de que es lo correcto? Muchas veces es la culpa. La culpa corroe nuestras decisiones como el ácido al metal. En esta vida apurada en que los padres se dan cuenta de qué poco tiempo tienen para los hijos, que sus vidas tan ocupadas no les permite atenderlos como quieran; cuando tienen que negarle al niño el permiso para dormir con ellos, aparece la culpa que con voz lastimera susurra: “¿Cómo lo mandas a su cama cuando has sido tan mal padre? ¿ Acaso has estado con él durante el día? El sólo quiere estar conmigo...”
De esta manera la culpa se va infiltrando en nuestros razonamientos, hasta que se apodera de ellos y nos convence de volvernos permisivos. Mientras los padres no revisen sus propias motivaciones, la situación permanecerá igual. Las razones inconscientes –basadas quizá en el miedo a perder el cariño del hijo, a que crezca y los abandone, o en la necesidad de sentirse necesitados, en la culpa de ser malos padres, etc.,- se convierten en bloqueos que no permiten a los padres tomar la decisión de transformar la situación. Entonces, aunque intelectualmente estén convencidos, en el nivel subconsciente boicotean cualquier intento de cambio. Se quedan atorados en la queja sin querer asumir su responsabilidad y culpan al niño de la situación.
3.- ¿Cuál es la necesidad insatisfecha del niño? ¿Por qué necesita dormir con los padres?
El hecho de que necesite dormir con los padres nos está diciendo, de alguna manera, que hay una necesidad subyacente insatisfecha en el niño. Quizá no se siente querido o aceptado, se siente inseguro, tiene miedo, o no se siente parte de la familia. Puede ser que esté estresado o esté resintiendo algún cambio. En el caso de niños mayores, ¿acaso quieren seguir siendo bebés? Si es varón, ¿quiere seguir identificando con la madre y no quiere dar el paso a identificarse con el padre? Si el niño insiste en dormir con los padres sabemos que hay una necesidad insatisfecha que atender. Este deseo es sólo un indicador. Permitirles que duerman con los padres es sólo un paliativo que no resuelve el problema. Hay que averiguar qué le está sucediendo y tratar de atender esa necesidad, para que el niño recupere su seguridad y bienestar.
El padre y la madre tienen que estar decididos, si no, sabotearán las intenciones del otro y no lograrán efectuar ningún cambio. Los padres pueden turnarse para regresar al niño a su cama. Las primeras noches podrá parecerles una danza interminable, pero si se sostienen en su decisión, acabará por acostumbrarse a dormir solo. El esfuerzo bien vale la pena, pues cada uno recuperará su espacio: tanto los padres como el niño.
Afirmaciones para padres que quieren recuperar su espacio
· Yo tengo derecho a mi espacio. Como adulto que soy, tomo las decisiones necesarias para procurármelo
· Yo merezco descansar y recuperarme para ser al día siguiente un padre amoroso
· Cuando yo le procuro su espacio a mi hijo, le permito desarrollar su independencia e individualidad
Rosa Barocio
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