Edición Octubre 2006

 

EL PRECIO DE LA PRISA PARA UN NIÑO

Como hemos estado aprendiendo en ediciones anteriores, la educación de los pequeños en esta época es particularmente difícil. Se ha quedado atrás la educación prohibitiva para abrazar la permisiva.

siriusfem, el precio de la prisa para un niño, mama-mujerEl niño desde que nace está tratando de hacer dos conexiones: una con su cuerpo, al cual, por medio del movimiento, está aprendiendo a dirigir y, por lo tanto a dominar; y otra, con el mundo que lo rodea, al que con sus sentidos quiere explorar, conocer y experimentar. Por eso toca todo, lo huele y se lo mete a la boca.

Estas dos conexiones permiten al niño, por un lado, integrarse como persona, desarrollar su individualidad y sentirse un “yo”, separado e independiente de su entorno. Por otro lado, le permiten sentirse parte de un todo, parte del núcleo social y relacionado con la naturaleza que lo rodea. Separado, pero unido como ser físico, emocional y espiritual al cosmos. Esta es la paradoja de todo ser humano: ¿cómo puedo mantener mi individualidad a la vez que me conecto y me siento parte del mundo?

Aunque podemos resumir este proceso de manera muy esquemática, no podemos dejar de reconocer que hablamos de algo complejo. Cuando este proceso no se realiza de manera adecuada en el niño, nos encontramos con problemas de todo tipo: autismo, síndrome de déficit de atención, hiperactividad, depresión infantil, etc. Aunque sabemos que en algunos casos puede haber razones genéticas para estos males, la vida poco saludable que llevan los chiquitos en la actualidad está contribuyendo al aumento desmedido de niños con estos problemas. Visitando un colegio privado en Estados Unidos, hace ya diez años, me comentaba la directora que cerca del 30% de los alumnos de esa institución necesitan de algún tipo de ayuda, ya fuera física o emocional.

Tenemos que preguntarnos ¿qué ocurre cuando apuramos al niño y él está haciendo estos intentos por autodescubrirse? ¿Qué ocurre cuando por nuestra prisa y excitación interrumpimos sus intentos por relacionarse con el mundo que lo rodea?

Aarón, de 2 años, está absorto viendo cómo llueve. Escucha el ruido de las gotas que golpean el techo y observa cómo se deslizan por el vidrio recorriendo lo largo de la ventana. Fascinado por el brillo del agua que se escurre, acerca su dedito, cuando se sobresalta al escuchar a su madre “Aarón, ¿qué haces? Te he estado buscando para que te cambies, pues en unos minutos llega tu tía y saldremos de compras. ¡Apúrate!” Aarón, desconcertado, se resiste cuando la madre trata de jalarlo del brazo, “No tengo tiempo para tus payasadas, te vistes porque te vistes ¿me oyes?

El niño intenta conectarse, pero nosotros lo desconectamos. Tendemos a pensar que lo que queremos hacer como adultos siempre es más importante que lo que hace el infante.

La madre está subiendo las bolsas del mercado a su automóvil. Aarón ha descubierto el borde de cemento de la jardinera a la orilla de la banqueta. Con toda su atención y cuidando no perder el equilibrio, se sube y empieza a recorrerlo poniendo un pie frente al otro para no caer. La madre cierra la cajuela del automóvil. En dos pasos alcanza por detrás a Aarón, lo alza de las axilas y lo mete al coche. El niño, sorprendido, protesta: “¡Déjame!” “Ya se nos hizo tarde, Aarón, y tenemos aún mucho que hacer”.

Caminar en un borde guardando el equilibrio es una tarea muy importante para Aarón y requiere de toda su concentración. Podemos observar cómo el niño con toda su atención trata, mediante su movimiento, de conectarse con su cuerpo. Quiere convertirlo en su instrumento que pueda con toda facilidad manejar y dirigir. Por ello disfruta tratando de vencer todos los retos que le presenta la vida. Esta tarea que se presenta durante los primeros años, ocupa todo su tiempo. Pero en vez de ayudarlo, obstruimos su trabajo con nuestra insensibilidad.

Cuando constantemente interrumpimos sus intentos de conectarse con su medio ambiente, con los que lo rodean y consigo mismo, el pequeño empieza a volverse nervioso, pierde su atención y se torna disperso, o se retrae y se deprime. Muchos niños que presentan estos problemas sólo son el resultado de la vida apresurada que llevan, que no se les permite anclarse en la vida de la manera adecuada. Se sienten perdidos en un mundo desconocido y exigente, a merced de las corrientes que lo arrastran.

El precio de nuestra prisa es muy alto ¿Por qué pagar con terapias y medicamentos algo que podemos prevenir dándole el espacio y el tiempo que necesita para crecer? Espacio y tiempo que le permitan ser niño, sin parámetros absurdos que alcanzar, ni competencias que ganar. Espacio y tiempo para jugar, para explorar, para disfrutar.

Cuando, como padres, les damos a los hijos el cuidado y el tiempo para que crezcan sanos, emocional y físicamente, les abrimos las posibilidades para que desarrollen su máximo potencial. Porque cuando el niño, en estos primeros años, logra estas conexiones vitales con su ser y con su medio ambiente, le damos la posibilidad de crecer y convertirse en el autor de su propia vida. Puede afirmarse y construir a través de sus elecciones y decisiones la vida que desea y merece. ¿Qué mejor regalo podríamos darle?


Rosa Barocio
rosa@rosabarocio.com
www.rosabarocio.com

 

 


 

 

 

 

Informacion Legal | Publicidad | Directorio
Hecho en México
Sirius Fem, www.siriusfem.com y www.siriusfem.com.mx son marcas registradas, Derechos Reservados.