Edición Septiembre 2006

En este mundo actual, en que estamos integrando el mundo del niño en el del adulto, le hemos abierto al infante la puerta principal sin poner límite alguno a lo que puede escuchar o ver y el precio que están pagando los niños por la integración de esos dos mundos es muy alto. El precio es la pérdida de la inocencia.
Antiguamente, niñez era sinónimo de inocencia; pero hoy en día ya ni sabemos como se escribe esta palabra… ¿Inocencia se escribirá con “h”? nos preguntamos.
Cuando arrancamos al niño de su mundo infantil, de ese mundo mágico donde se maneja a su antojo y se encuentra seguro, para incluirlo en el mundo adulto, lo volvemos impotente y desvalido. Lo mandamos a la guerra y sin fusil. Como la fruta que ha sido madurada artificialmente, que conserva su bella apariencia, pero ya no tiene sabor, cuando el niño pierde su inocencia, su alma se encoge y se endurece. El mundo deja de ser bello y seguro para volverse incierto y amenazante. El niño deja de confiar y se protege con cinismo y agresión. Cambia su alegría de vivir por el resentimiento de existir. Que nos sorprenda saber que la depresión infantil va en aumento.
¿Cómo desandar lo andado? ¿Cómo regresarle a un niño su inocencia? “Perdón, me equivoqué, borra lo que te dije y desecha tu miedo”. Si se pudiera, yo sería la primera en crear una campaña para regresarles gratuitamente a todos los niños su inocencia. Sería una labor que beneficiaría a la humanidad completa.
Pero la realidad es otra. Cuando el niño pierde la inocencia antes de tiempo, pierde un tesoro irrecuperable. Rasgamos su alma al enfrentarlos al mundo crudo e incomprensible, que parece lleno sólo de dolor.
Aunque es una fantasía, la película “La vida es bella”, muestra la historia de un padre que en la peor de las circunstancias trata de preservar la inocencia de su hijo, ¿Por qué gustó tanto esa película? Porque apela a ese anhelo inconsciente que tenemos de conectarnos con la parte hermosa de la vida y desechar lo que es injusto, doloroso y nos desagrada.
¿Cómo es este niño inocente? Es espontáneo, ocurrente, fresco y se siente contento de existir. Su abrazo entusiasta es abierto y confiado. Sus movimientos, ligeros y graciosos. Vive lleno de asombro y cada detalle del mundo lo maravilla. Sin esfuerzo alguno percibe y toca lo bueno de cada uno de nosotros. Somos lo que somos y con eso es feliz. No espera nada y espera todo. Si lo contemplamos, veremos que aún tiene estrellas en sus ojos.
EL niño inocente es tan bello, que me pregunto ¿Por qué lo queremos cambiar? ¿Por qué preferimos a esos niños desfasados, desconfiados, de movimientos erraticos y nerviosos que pretenden que nada los impresiona pero en la noche no pueden dormir? Es como la planta que sembramos a la intemperie y crece débil, torcida por los azotes del mal tiempo. En cambio, la que germina y crece con todos los cuidados en el invernadero, se encuentra después, fuerte y bien arraigada, para que, al ser transplantada, pueda soportar cualquier inclemencia. Así, el niño que se mantiene protegido e inocente y que se le permite madurar lentamente, cuando despierta a la vida tiene la fuerza que necesita para enfrentarla.
¡APURATE, MI HIJITO!
El cambio de ritmo de nuestras vidas ha sido la causa más importante en la transformación de la dinámica familiar. Si preguntamos a un niño de doce años cómo se llama, puede que nos conteste: “Apúrate”. “¿Y tu apellido?”, “Mi hijito”. ¿Por qué? Porque son las palabras que más escucha durante el día. La prisa nos invade y se ha convertido en nuestra forma de vivir. El niño desde pequeño aprende que no hay peor cosa que perder el tiempo. Debe aprovecharse siempre y al máximo. Es con este pretexto que hemos eliminado el juego de su vida. Todo nuestro tiempo debe ser empleado de manera contractiva, deberá tener un propósito educativo.
Pareciera que tenemos una cantidad limitada de tiempo que transcurre a gran velocidad y por tanto, amenaza con terminarse. De ahí nuestro terror al desprecio. Pero si obedecemos la ley de la eficiencia y desempeñamos el máximo de actividades en un mínimo de tiempo, habremos entonces encontrado la solución: ¡ahorrar tiempo!
Eso quiere decir que si voy al supermercado es importante que me estacione en el lugar más cercano a la entrada, para ahorrar tiempo, escoger la fila del cajero más pronta para ahorrar tiempo, tener celular para no buscar una cabina telefónica y así ahorrar tiempo. Usar microondas, comprar comida congelada o precocida, para ahorrar tiempo, comprar y pagar mis cuentas en Internet para ahorrar tiempo. Por cierto, hay que emitir una ley que exija que se reduzcan los mensajes de la contestadota telefónica pues nos quitan tiempo. La hija adolescente de unos amigos míos que comprende este ahorro de tiempo, grabó el siguiente mensaje en su contestadota: “Ya sabes qué hacer… ¡biiiiiiiiiiiiiiiiiiip!” Eficiencia total en tres segundos.
Pero lo que aún no me queda claro: ¿Por qué si estamos ahorrando tanto tiempo seguimos tan apresurados? ¿Qué está sucediendo con todo ese tiempo ahorrado? ¿Quién se lo esta quedando? ¿Nos estaremos engañando?
LA ALCANCIA DEL TIEMPO
Necesito una alcancía que me recuerde que hay que ahorrar y que no me permita gastar el dinero a la primera oportunidad. Las cuentas en el banco no me han funcionado. Creo que el problema es que en el fondo soy anticuada.
Así que ahí esta la alcancía. Un recordatorio de mi obligación. Y las tres preguntas que continuamente me asaltan son: ¿Cuándo se va a llenar?, ¿Cuánto dinero le cabe?, ¿Para que lo voy a usar?
Son las mismas preguntas que nos podemos hacer con la alcancía del tiempo que tan diligentemente estamos llenando. Algunos padres se están ahorrando ese tiempo para cuando tengan comprado todo lo que desean: la casa, los muebles, la camioneta, la casa en la playa. El problema es que cuando rompan el cochinito del tiempo ahorrado, sus hijos ya no van a estar con ellos. Si ya son adolescentes van a preferir estar con sus amigos y les van a decir: “Váyanse ustedes a la playa, yo tengo plan con mis amigos”. Para su sorpresa ahorraron tiempo para disfrutarlo solos.
Otros lo están ahorrando para utilizarlo en su vejez o para cuando se jubilen. Algunos son muy buenos para ahorrar, pero el cuerpo no les aguanta y mueren de un ataque al corazón antes de poder gozarlo.
Paradojas de la vida: Cuando el niño está pequeño y ansía estar con sus padres, estos están muy ocupados para atenderlos y todos están muy ocupados para estar con él. Cuando los padres ya tienen tiempo para estar con él, ya es joven y no le interesa estar con sus padres. Ahora prefiere a sus amigos y a la novia.
Cuando olvidamos y confundimos nuestras prioridades, olvidamos el lugar que ocupan nuestros hijos en nuestra vida. Olvidamos que sólo serán niños unos años, que no siempre nos estarán esperando parados en la puerta, que no siempre seremos los primeros en sus corazones, ni a los que busquen para llorar sus sinsabores. Olvidamos que también para ellos transcurre el tiempo y que una vez que esta niñez se despide, ya no regresa. Que su compañía es un regalo para gozarlo en el presente.
En resumen, podemos decir que el precio de la prisa para los adultos es que:
Vivimos atolondrados
Abandonamos el presente
Estamos irritables y de mal humor
Desligamos el pensamiento del corazón
Perdemos el gozo y la alegría de vivir
Dejamos de digerir nuestras experiencias
Olvidamos y confundimos nuestras prioridades
Nos desconectamos de los que queremos
Perdemos el sentido de la vida
PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR
1. ¿Estoy siempre con prisa? ¿Siento que nunca tengo suficiente tiempo? ¿Estoy cansada, irritable, e impaciente?
2. ¿Me quejo constantemente de mis hijos? ¿Los regaño constantemente? ¿Me desesperan?
3. ¿Qué puedo hacer para estar más relajada? ¿De cuáles actividades puedo prescindir para estar menos estresada?
4. ¿Cuáles son mis prioridades? ¿Estoy atendiéndolas? ¿Mi hijo es mi prioridad principal?
5. ¿Estoy dispuesta a dedicarle más tiempo? ¿Qué tengo que hacer para que esto sea posible?
Las siguientes afirmaciones pueden ayudar a soltar la prisa y darles a sus hijos más tiempo y atención.
AFIRMACIONES PARA PADRES CON PRISA
Me detengo para alimentar con atención el alma de mi hijo.
Tomo el tiempo para disfrutar y gozar de mis hijos.
Suelto mi prisa para apreciar las bondades de la relación con mis hijos.
Rosa Barocio
rosa@rosabarocio.com
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