Edición Abril 2007

La mañana del sábado despertamos en Acapulco. Mi novio no estaba en la cama como de costumbre. Se había despertado temprano para no desperdiciar el sol.
Hace un mes llegó a mi casa la invitación para la boda de mi mejor amiga de la prepa. Tenía tiempo que no la veía y a pesar de saber que llevaba ya mucho tiempo con su prometido, me sorprendió la noticia. No estaba segura de su relación con el presunto buen partido, pero no podía perderme el festejo a la orilla del mar.
Aun cuando el sol me esperaba en los camastros junto a la alberca, me enrollé pensando en la boda que sería en pocas horas. Imaginé lo que estaría pasando por la mente de mi amiga en su gran día.
Cómo saber si escogemos a la persona adecuada. A falta de un chai, salí del cuarto por un jugo de naranja y regresé a escribir. Había cosas sobre las cuales especular.
Mi novio, impaciente por bajar a la playa, se adelantó para apartarme un camastro junto con otros dos amigos. Sentada en cama ajena y con la vista al mar, me acordé cuando la novia y yo criticábamos a las estudiosas de “MMC” (Mientras Me Caso). Jurábamos ser independientes y autosuficientes aún cuando nos casáramos. Filosofías que tomábamos de nuestros papás. En su caso, un español con dos hijas, autosuficiente desde los 15 años, que llegó a México en 1967. En el mío, un economista progresista con cuatro hijas.
Ahora la historia era diferente. Llevaba con su prometido cerca de seis años y por los últimos chismes que escuché de mis amigos de preparatoria, la nueva novia no salía sin permiso de su celoso galán, que más bien parece guardaespaldas.
Confirmé el chisme un día tratándola de convencer para que fuéramos a bailar como en los viejos tiempos. Me fue imposible. El permiso había sido negado.
¿Con quién nos casamos entonces? Salimos de nuestras casas para casarnos con un segundo papá, que nos revise la agenda y nos dé permisos para cualquier aventura descabellada. Error garrafal. Creo firmemente en las relaciones de pareja alejadas de la dependencia.
¿Qué pasaría con mi amiga? Si seguimos los patrones de los cuentos de hadas, vivirá felizmente con su nuevo padre.
A las siete de la noche mi novio y yo llegamos al lugar del evento. Jardín enorme, palmeras kilométricas, una alberca alumbrada y enfrente, el mar. Estrellas de mar adornaban la mesa y nos entretenían con un helado y un saxofonista. Antes de cenar, localicé a mi gran amiga. Besos, gritos y abrazos entre nosotras expresaron el gusto de volvernos a encontrar. Después cenamos un elegante manjar con langosta y camarones y más tarde bailamos toda la noche.
De regreso al departamento me atacaron las dudas.
No podía imaginar en qué momento mi amiga había entregado su poder. Tampoco entendía si seguiría con sus visiones de independencia o si le entregaría su vida a su guardaespaldas. Sobretodo trataba de descifrar lo que haría con sus sueños, con su profesión, con toda su vida.
Al regreso de su luna de miel, sabré si es mi amiga independiente o una mujer con nuevo papá.
Regina Merino
reginamerino@gmail.com