Edición Abril 2007

CURIOSEAR en los diarios íntimos es un placer. Si son los propios está bien, pero si es el de alguien más es mejor. Yo me puse a revisar uno de los tomos que tengo conmigo de mis queridos diarios y hasta brinco de sorpresa cuando leo lo que era hace cinco años y en lo que pensaba. Creo que deben ser expurgados porque hay cosas que no sería bueno que cayeran en manos indignas.
Por ejemplo, en el 2002, me puse a hacer serias reflexiones sobre el amor y no llegué a ninguna conclusión. Eso está bien porque no soportaría la responsabilidad de pasar a la historia como el baboso que develó semejante misterio. Bueno, si Platón no lo logró en su famoso “Banquete”. ¿Quién soy yo para intentarlo?
Entonces pasé las amarillentas páginas de mi libreta de ese año. Leo pues unas páginas de mi diario que les comparto. Morbosos, absténganse. Se trata de una mujer que ya se murió, no conocí y ni es famosa:
“Un ejemplo internacional de hace más de cien años es Edith Warthon, quien comenzó un amasiato a los 45 (una anciana para la época). Su amante fue Norton Fullerton, un gringo amigo de Henry James, ni más ni menos. Antes de toparse con Fullerton, Edith había pasado su vida entregada al ideal del matrimonio aunque su esposo Teddy (ya desde el nombrecito se adivina que era una hueva de hombre) no levantaba ni la mínima pasión. Es más: una banqueta era más erótica que Teddy… ¡hay tantos casos así!
“Como la mayoría de las mujeres de la época, Edith leía novelas rosas que confirmaban el carácter axiomático de la cruz del matrimonio a la que aluden las abuelas… pero cayó en sus manos Madame Bovary de Flaubert, y casi al mismo tiempo Historia de mi vida de la inefable George Sand. ¿Hay una mezcla más explosiva que ésa aun en nuestros tiempos postmodernos y sin memoria de largo plazo? Incluso muchas mujeres actuales caen en el “Bovarismo” y lo hacen con una cara de felicidad sublime, tierna y quedan listas para la decepción… pero me estoy desviando, por vida de Dios.
“Imagínense a Edith caminando hasta la casa de George Sand (que para entonces había muerto la santa señora) y en su interior paseó la mirada por cada habitación. Por ahí la había rolado incluso Chopin a quien dejó como limón de ostionería: exprimido y tirado en un rincón con todo y sus polonesas.
“Esta mujer que se puso nombre de hombre para poder sobrevivir a ser fémina es todo un caso del que no me ocuparé en esta ocasión. Baste decir que caminando y aspirando la atmósfera de la casa de la Sand, Edith terminó impregnada de la esencia de la George. Este sencillo hecho definió el carácter del amasiato que inició con Morton Fullerton. Más tarde, el mismo Morton describiría a su insaciable amante como la hermana gemela de George Sand.
“Para Edith, Morton fue el amor de su vida. De hecho el Único Amor (con mayúsculas). El amasiato duró unos meses… la relación, casi toda epistolar, treinta años. Toda la vida.
“Me queda una duda: todo amor apasionado que se inmola en el matrimonio ¿termina infelizmente? Por ejemplo, Morton: si hubiera cedido al matrimonio ¿seguiría siendo el único amor? Reconozco unas cuantas pequeñas excepciones a la regla de excepcionalidad, pero incluso éstas luego se tambalean.
“Edith le escribía cartas a Fullerton. Estaba poseída por el amor. Describía la soledad del matrimonio y era tanta la pasión y por ende el sufrimiento (porque las pasiones se padecen de la misma manera que se disfrutan. De ahí viene la raíz de la palabra pasión: del padecer… pero eso es otra historia) que no contenta con sufrir… un momento: ¿contenta con sufrir? Sí. Así es esto. Bueno, sigo: no contenta con sufrir y de expresarlo por carta, decidió un buen día dejarle a Fullerton su diario. Así es: que lo leyera. Que la leyera. Que supiera hasta qué punto era su amor por él. Esto me recuerda a otro personaje femenino entrañable: Sybil Vane, de El retrato de Dorian Gray. Cuando Morton Fullerton lee el diario de la pequeña émula de la George Sand se da cuenta de algo fundamental: sabe que tiene el control de la situación… y esto apresura el final de la historia.
“Las cosas no cambian mucho con el paso de los años ni de los siglos. Por eso digo que estas generaciones actuales y postmodernas (algo que es un contrasentido porque no se puede ser postmoderno… pero eso también es otra historia). Estas generaciones de la crisis de la modernidad (eso sí es posible) sufrirán horrores por su orgulloso desdén por el pasado a edades muy tempranas. Ni modo. Se lo buscaron.
“Pienso por ejemplo en otro caso, pero éste del siglo XVIII y salió de la pluma de Choderlos de Laclós: tenemos en la escena a la tía Rosemonde escuchando a la enferma de amor que se llama Madame Volagnes, víctima de la pasión y el amor juntos cuando Valmont simplemente la abandona a su suerte miserable. La tía Rosemonde la consuela diciéndole lo que todos sabemos pero olvidamos: No me sorprende lo que te pasa, muchacha. Lo que me sorprende es lo poco que cambian las cosas. ¡Y estamos hablando del siglo XVIII!
“¿Podemos estar seguros de la duración del amor? De lo único que podemos estar seguros es de su NO duración. Salvo unas Yoko Ono o Linda Eastman, que algo de brujas debieron tener, creo que es una cuestión menos compleja: llegar a acuerdos o de plano asumir que las cosas ocurren como lo prescribió Platón hace cientos de años y que desde entonces nadie le ha agregado una línea novedosa al asunto: es una ilusión encontrar la otra mitad, o como dice Sabina: que sea eterno mientras dura."
Raúl Mejía
rausmejia22@hotmail.com