Edición Abril 2007

Me acostumbré a observarla a diario desde mi ventana. Sus actos, sus movimientos, cada simple detalle de su existencia era siempre observado por mí, pero en un momento todo eso se acabó. Desapareció, así como un día la descubrí. Ahora, desde este frío cuarto en que habito frente al suyo, separado de su alcoba por una estrecha calle, la mucama arregla a diario la cama y espanta el polvo de toda superficie para preservar los recuerdos intactos, cada objeto en el espacio en que quedó, intentando arrancarle pedazos al pasado y al implacable paso del tiempo. Aunque ella ya no visita ese espacio, y las cosas permanezcan intocadas; su recuerdo sigue virgen para mí. Ella no va a regresar, los dos lo sabemos.
Cada inicio de día, desde éste mismo sitio que se volvió mi acostumbrado lugar de espectador, vigilaba su andar por ese cuarto. La puesta en escena de su vida transcurría ante mi mirada inquisitiva, a través del humo de mis interminables cigarrillos y en medio de mis largas cavilaciones. Ese simple acto cotidiano de vouyerismo me hizo saberme dueño de goce ante sus actos, que en algún momento llegué a considerar predecibles. Adivinaba sus movimientos y reacciones con una precisión que llegó a sorprenderme. Sabía todos sus secretos dentro de ese cuarto. Sus escondites, gustos y secretos más preciados eran míos.
Por eso comencé a amarla, por que era más mía y no de alguien más. Me pertenecía desde que abandonaba las sábanas con un suave movimiento de brazos, cuando se postraba frente al espejo para alisarse el cabello, cuando cubría su desnudo cuerpo de mil telas; hasta el momento en que abandonaba ese nuestro espacio, dejando detrás la puerta para ingresar al mundo externo.
Éramos cómplices aunque ella nunca lo supiera y yo no confesara. Las largas horas de paciente observador me habían inmiscuido tanto en su vida, que llegué a sólo vivir para observarla. Hice coincidir sus tiempos con los míos, me volví un ser oscuro y de hábitos nocturnos, utilizando el tiempo cuando bajaba el telón a manera de cortina. Era entonces que me desprendía de mi butaca e intentaba vivir un poco para mí, sabiendo que mi regreso a la ventana coincidiría con el abrir de sus párpados a la mañana que seguía.
Aquella mujer se tornó en la figura materna ante mis ojos. De igual manera, así había seguido a mi madre durante años, perseguida por mis ojos, hasta que comenzó la tos que la tiró en la cama y le hizo escupir sangre hasta el final. Con ojos de inocencia, afianzado a las faldas de un amor filial, seguía a mi madre por todos los rincones de la casa, vigilando por horas en su quehacer.
Mi búsqueda de cercanía hacia ella, a veces llegaba hasta la intimidad, donde se me hacía intolerante la presencia de mi padre. También a ella la quería sólo para mí, para atender todas mis necedades.
Podía disculpar todo tipo de visitantes eventuales en su recámara, sabiendo que ninguno duraría mucho en su compañía. Ninguno sabría tanto de ella como yo. Pero la vida dio un giro brusco con un hombre que llegó a más, y un vestido blanco de encaje perturbando la paz de nuestro mundo. Eso presagiaba su inminente partida, ante la cual con seguridad quedaría vacía mi existencia. Días de insomnio desmejoraron mi salud, mi ánimo, tornándose en ira contenida que de alguna forma tendría que explotar. Con los nervios crispados, sólo vi una opción en mi ánimo nublado. Sólo una vez toqué su piel, con las manos repletas de deseo.
Hoy hace tres días que no me acercaba a la ventana, con un mundo de ideas enmadejadas observo su habitación vacía entre nubes de tabaco. La sigo recordando como lo que siempre fue, y lo que perdura en mí y sólo para mí.
Una imagen diluida que conforman mis recuerdos, camina por entre los muebles de la habitación y sigue el mismo andar de todas las mañanas. Las horas pasan más aprisa que las ideas, y podría seguir observando el ritual de la mujer que preservas los recuerdos, pero un enésimo cigarrillo se consume entre mis dedos hasta llegar a la piel. Una súbita quemada me arrebata del sueño y me recuerda que tengo que levantarme a encender otro. Tal vez aproveche el levantarme y vaya al fregadero para lavarme las manos. La sangre en ellas me ha resecado la piel, y después de varios días no la podré arrancar sólo con el acto de un deseo.
Santiago Rojas Valdivia
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