Edición Agosto 2007



LUCÍA Y BLAS

Por: Raúl Mejía

 

siriusfem, amor pareja, lucy, blasLuego, con más frecuencia de la que le gusta reconocer, le viene a la mente un poeta y una mujer: Villaurrutia… y Lucía, vinculada siempre al cuadro que le regaló cuando ya ambos luchaban por liberarse uno del otro pero aun amándose. Ella en la cama, esperando que Blas le traiga el desayuno que se empeñó en preparar. Piensa por qué nunca tuvo el valor de decirle que odiaba sus desayunos siempre ricos en grasa e invariablemente huevos en distintas presentaciones: con chorizo, con salchicha, freídos con unas ramitas de albahaca, con jamón, rancheros. Siempre huevos. ¿Era porque al final se había acostumbrado a que el menor deseo suyo era satisfecho por Blas? La trataba como reina: si quería levantarse por un vaso de agua, Blas de inmediato le pedía que no se levantara; él se lo traía. Pero esa vez, gracias a la extraña fuerza que le dio la revelación de que podía vivir sin él le dijo, dejando el desayuno a un lado, la clásica frase de “tenemos que hablar” con todas las implicaciones del caso. Siempre sorpresiva, siempre el mismo significado. Lucía le pidió que se sentara a su lado tomándole la mano. Blas lo hizo y ella le pasó la mano por la cara con ese gesto de profunda tristeza que a veces era capaz de poner cuando algo importante estaba por decirle. Esta vez, sin embargo, se ahorró los rodeos y de inmediato soltó lo que tenía por decir acudiendo al lugar común: “Esto no puede seguir así, Blas. Por diez años he vivido, pensado y actuado como si fuera la versión femenina de ti, mi amor… y quiero saber si soy ésta que parezco o la que me imagino. Ayúdame, seamos maduros. Vamos a darnos un tiempo”.

Eso se lo dijo el día que ella cumplió treinta años y él le regaló un grabado de un tal Talavera. En una parte del marco escribió unas líneas de un poema de Villaurrutia. Blas, obvio, quiso creer que “un tiempo” eran unas horas, unos días y no más, pero Lucía no bromeaba. Lo quería fuera de su vida. De ser posible para siempre…  y lo cumplió semanas después.

“No eres tú el que está en un conflicto, mi amor, soy yo” –fue otra de las frases clásicas que Lucía le soltó. Blas hizo un rápido recorrido por lo que había sido su vida al lado de la mujer. Supo que el asunto era material y que la idea que ya llevaba meses rondándole por la cabeza de irse a Estados Unidos se presentaba inminente si acaso quería retener a su mujer con él. Estaba en la edad justa para emprender… lo que sea, pero emprender.

Lo abrazó como si fuera un niño y llorando le dijo cuánto lo amaba. Le pidió perdón por no saber corresponder plenamente a sus sentimientos pero era necesario ver en perspectiva una relación que tenía muchas cosas buenas y muchas dificultades para fluir. Blas no podía articular palabra. Estaba en shock. “Tenemos que pensar si es lo mejor continuar con esta relación. ¿Lo discutimos en la noche?” –le dijo mientras se levantaba para irse al trabajo. El desayuno se quedó en la cama.

El cuadro de Talavera sigue en la recámara de Lucía, quien tiene una negación genética a ordenar algo en su casa. Es raro que algo esté en su lugar. Ese desorden hogareño ocultaba una revelación.

Blas se lo dijo pocos días después de que ella le dijera “esto no puede seguir así”: “Me voy a Estados Unidos. No tengo nada qué hacer aquí. Estoy hasta la madre de empezar de nuevo siempre”. No le pidió opinión. Le informó. Lucía suspiró aliviada y se prometió a sí misma que las semanas siguientes las pasarían tratando de ser felices.

No hubo drama, pero ella se sintió con la libertad de hacerle caso a un tipo que por meses la estuvo pretendiendo: Carlos. Fue algo extraño porque toda su vida giraba en torno a Blas y ni cuenta se daba de lo atractiva que era para otros hombres. El tipo la invitó a cenar, le confío parte de su vida, se emborracharon varias veces hasta que ya en la madrugada parecían dos viejos amantes. El día que decidió ceder a los embates de Carlos, Lucía preparó la sala con todo lo necesario para pasarla bien: compró velas aromáticas, limpió el tapete persa que le regaló su mamá y esa noche acepto ir a bailar y cenar con Carlos. La velada transcurrió sin prisas, como alimentando el deseo. Lucía no toma pero esa noche decidió que era un buen momento para empezar y desde entonces se hizo aficionada a los vodka tonics. Encendió las velas que había distribuido con la propiedad que aconseja el Feng Shui, escuchó arrobada el humor sencillo de su amigo y más o menos a las cinco de la mañana, con el deseo a punto de desbordarlos se dejaron ir uno encima del otro. ¡Qué diferencia! Se sintió feliz, recompensada, plena. Pudo coger sin mezclar sentimientos justo un día antes de que Blas se despidiera de ella.

La mañana la despertó creyendo que lo había soñado: ¡qué cogida le dio el tipo que dormía a su lado! Lo observó arrobada: joven, guapo, vital… luego sacudió la cabeza y pensó: “No vayas a cometer la pendejada de decir que estás enamorada, pinche Lucía. Simplemente se cogieron”. Pero la realidad es que se la pasaba murmurando el nombre de su amante como si fuera un mantra. 

Se levantó sin hacer ruido, fue a la cocina para prepararle un jugo mientras murmuraba el nombre del hombre que la había ensalmado: “Carlos, Carlos, Carlos y tu cabello hermoso” mientras lo observaba desde la cocina ahí, en la cama que por diez años había compartido con Blas. Charlie era bello por dentro y por fuera. Decidió esperar a que despertara. Sería un buen detalle eso de llevarle un jugo en cuanto abriera los ojos… nada de huevos con chorizo. Todo era tan diferente con Charlie (una de las formas cariñosas de llamarlo). Terminó lamentando que se hubiesen conocido en circunstancias tan complicadas y sobre todo que él estuviera enamorado de otra mujer. Le gustaba mucho su pelo… entre muchísimas otras cosas.
Tomó una pluma y una servilleta. Supo que por más que lo tratara de impedir, estaba deslizándose por el camino de la fantasía pero no le importó y se puso a escribir: “Me hiciste feliz, me devolviste la certeza de que soy joven y eso te lo agradezco porque necesitaba redecubrirme como lo que verdaderamente soy. No te sientes superior a nadie, me haces reír y disfrutamos las bobadas… ¿Sabes? Estoy segura de que mis padres te aceptarían de inmediato… gracias a Dios estamos jóvenes y estamos vivos. Por ti me siento viva”.

¿Le entregaría la nota al dormilón? Lo pensó mejor porque realmente se estaba adelantando a todo: ¿no era un simple acostón de prueba? Guardó el papel en un cajón justo cuando el guerrero empezaba a cobrar vida. Se desperezó y Lucía lo observó arrobada “¡Es tan guapo y tan divertido!”. Tomó el jugo de naranja y se acercó a la cama ofreciéndole la bebida. El hombre lo recibió sólo para colocarlo en el buró. Abrazó a Lucía, la besó y nuevamente cogieron. Confirmó (como si hiciera falta) que esa seguridad tan necesaria que le estaba proporcionando era lo que necesitaba. Se rieron mucho, se bañaron juntos y al final compartieron el jugo de naranja. Se despidieron prometiendo (él) que la llamaría en cuanto ella se deshiciera del tipo que esa misma noche estaría con ella antes de irse “de mojado”. La ironía no pasó desapercibida para Lucía. Eso de llamar “mojado” a su hombre hubiera sido un problema mayúsculo en otras circunstancias, pero cuando se lo dijo el macho que le había satisfecho en todos los aspectos, lo tomó con sentido del humor. Lucía no era capaz de romper el encanto de tanta simpatía: una década al lado de Blas llegaría a su fin esa misma noche. La última que pasarían juntos. Se arregló y se fue a trabajar.

En la noche llegó con su maleta lista. Lucía no había tenido tiempo ni de arreglar la cama que seguramente, si Blas no tuviera el olfato tan limitado, se hubiera dado cuenta de que olía a Charlie y Lucía retozando unas horas antes. Se abrazaron sin prisa, como si no fuera la última vez que lo harían. No hablaron. Despacio se fueron a la recámara que seguía desordenada por el combate de la noche anterior e hicieron el amor como siempre. Con lentitud y (también) riéndose de bobadas. Era, la suya, una cotidianeidad lograda a base de complicidades, conocimiento del otro. La cadencia de la morosidad deteniéndose en cada rincón de la piel conocida y reconocida...

La mañana siguiente Blas se despierta cuando ella ya está en el ritual de vestirse apenas saliendo de la regadera. La observa con los ojos entreabiertos, tratando de llevarse esa imagen en la memoria por siempre. Lucía de un lado a otro, probándose una blusa, luego otra; unos zapatos, luego otros y al final un beso de despedida.

-Nada de hacer dramas, Blas. Lo que ha de ser… será. ¿De acuerdo?
-De acuerdo… no haremos dramas. ¿Sabes que te amo?
-Y yo a ti… de verdad. Pero es bueno que nos separemos así, sin hacer una tragedia. Yo tengo fe en que esto terminará por tomar su camino… es lo que dicen las líneas en el grabado que me diste.

Se besaron con suavidad. Lucía se alejó y desde la puerta lo observó con los ojos a punto de llorar. Le dijo adiós y se fue. Blas recorrió con la mirada la recámara que había sido suya también tanto tiempo. Observó su reloj y decidió hacer algo que ya era normal: arreglarle la casa a su pareja ¿o expareja? Barrió, lavó trastes, sacudió muebles y al final se quedó en la recámara. Acomodó las fotos, sacó un lapíz labial de Lucía. Pensó que sería un “buen detalle” dejarle algo escrito en la pared, para que lo tuviera siempre presente al despertarse. Se acostó imaginándose el momento en que ella abriera los ojos y viera esas palabras. Escribió en la pared que forzosamente ella vería cada mañana: “A ti ya no te queda nada y a mi me queda por lo menos este síndrome incurable de quererte tanto. Te amo. Siempre”. Era un monumento a la cursilería de autor no recordado pero Blas lo sentía desde el corazón: él siempre estaría para ella. Siempre. Eso de decir “siempre” se había convertido también en un mantra que a la menor provocación se decían: “siempre estaré para ti, siempre seré un puerto seguro… siempre siempre siempre”. Quitó las sábanas, las almohadas, las cobijas… y de pronto salió volando una pequeña bolsa. Inconfundible. Se acercó al envoltorio de plástico incrédulo, lo tomó con la mano derecha. Apenas daba crédito al hecho. Se pasó las manos por el cabello y la barba. ¿Cuándo pudo haber ocurrido? ¿La noche anterior?

Se derrumbó. Ya no continuó con lo que hacía. Un alud de imágenes se atropellaban en su cabeza. No es que fuese inimaginable que Lucía se acostara con otro. Es que una cosa es suponerlo y otra que tuviera las pruebas en su mano. No lloró. No la llamó (años después ella le dijo que ese acostón no había significado nada para ella… pero para él sí). Dejó la bolsita del condón en el buró con un recado: “No seas descuidada”. Buscó alcohol para quitar la cursi frase que se iba a quedar en la pared pero sólo consiguió convertirla en una mancha roja como de sangre. Renunció a borrarla y se fue al aeropuerto fracturado, descompuesto, pasmado. Así era: su dulce Lucía no bromeaba. Lo quería fuera de su vida.

 

 

Contacto: rausmejia22@hotmail.com

 

 

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