Edición Agosto 2007

Por: Alberto Zúñiga Rodríguez
Hace unas semanas vi en un ultrasonido al que es mi bebé. Las sensaciones fueron tan caóticas, apocalípticas, fuertes y abruptas, como una inyección de adrenalina en el corazón o un estado de ansiedad crítico. Miedo, felicidad, éxtasis, tristeza, esperanza, amor y cualquier clase de sentimiento desfilaba por mi mente, como en un carnaval donde el leit motiv es el festejo de la vida (y también de la muerte y del propio ciclo natural del humano). No es que nunca me haya imaginado padre, progenitor o papá… ¡No!, pero definitivamente no es la misma situación cuando estás ante una prueba de embarazo de farmacia (el fin de semana previo a la confirmación en la sala del ginecólogo) que te dice: “Señor, su pareja está embarazada”, que cuando una máquina te muestra la semilla –en una bolsa orgánica- que crece en el vientre de tu pareja. No, francamente no es la misma situación.
Al sostener la prueba de embarazo, mi mente viajaba por la vida de mi hij@ hacia el futuro, lo veía en escenas cinematográficas (en cámara lenta y diferentes escenarios con tonalidades de colores muy saturados y acorde al momento per se) por preescolar en algún evento teatral, en primaria cargando una lonchera, de fiesta salvaje en la secundaria, con sus novi@s en la preparatorio o incluso asistiendo a una universidad… Lo sé, quizá son eventos tremendamente vistos en el cine, pero eso imaginé. Mi mente en ese momento hacía un montaje paralelo y me arropaba como protagonista dentro de la cinta del canadiense David Cronenberg, La Mosca (1986), y la piel se me ponía “chinita” y sentía que de cada poro emergían una especie de ramas que me atarían a la vida, a la posteridad y a la ilusión de esperar la mezcla del amor de tu sangre materializada en un nuevo ser humano… en una panza, la de mi Liliana.
Definitivamente, ahora que sé que seré padre y reflexiono sobre esto de la paternidad, invariablemente pienso en mi adorado viejo (mi apá) y en mi fallecido abuelo (su apá). Dos seres completamente distintos, diferentes, divergentes y entrañables… pero muy Padres (con mayúscula).
La banda sonora de esas imágenes es una canción nostálgica del cantautor argentino Piero, con la que mi viejo recuerda a Gabino, mi abuelo, y con la que yo recuerdo a José Luis, mi papá. Es tanto el amor que tengo por ellos que sólo saberme sin ellos me cierra la garganta y me revuelve las entrañas hasta los conductos lagrimales… al abuelo, hace años que lo enterramos.
“Es un buen tipo, mi viejo… que anda solo y esperando… tiene la tristeza larga… De tanto venir andando… yo lo miro desde lejos, pero somos tan distintos… es que creció con el siglo, con tranvía y vivo tintooooooooooo… viejo, mi querido, viejo. Ahora ya camina a Lerdo, como perdonando el viento…
Yo soy tu sangre, mi viejo… soy tu silencio y tu tiempo…”
Sólo de tararearla, la piel nuevamente se eriza. Pero me permite ver lo importante que han sido ambos para mí. Uno siempre presente, aún el día de hoy, el otro en mis recuerdos y ambos en el frente de mis luchas cotidianas.
Rememoro mi vida con una especie de conteo de momentos y siempre mi padre ha estado en él y pienso si seré tan papá y efectivo (con sus aciertos y errores, claro está) como él lo ha sido conmigo. Las escenas son nuevamente brutales e implacables. Incertidumbre y una felicidad se hilvanan con una línea muy delgada. Recuerdo cuando vino del trabajo con dos bicicletas de rueditas para mi hermano menor y para mí. Cuando me llevaba y traía a los entrenamientos de baloncesto, o en los partidos desde la grada, siempre ahí, presente y a la espera, con las clásicas porras y sus comentarios de aliento u orientación. Estas imágenes son justo de las que les hablaba antes, de las que hacen un nudo en la garganta. Pero también me acuerdo de sus terribles regaños, que en más de una ocasión deambulan por mi mente cuando me hizo comprender que me había equivocado y de lo cual ahora tomo en cuenta al caminar por los días. ¿Seré como él? ¿O cómo diantres será Beto papá? ¿Tan obstinado y necio? ¿Dormilón y noctámbulo? Lo insisto y no dejo de pensarlo...
Dicen que uno repite los patrones conductuales y que mamamos desde el lecho (no sólo materno) la forma en que forjamos nuestra personalidad… y muy probablemente la de nuestros hijos. El transcurrir del tiempo no se equivoca y en mis hermanos he visto reflejados a mis padres, como probablemente me refleje en mi bebé con actitudes inconcientes y similares a mi viejo.
Este día no escribo sobre mi madre o mi pareja, porque lo he reservado a la sensación de ser padre y a lo que implica para mí desde una perspectiva personal, individual y como un compromiso de dos: el bebé y su servidor. Ellas, indudablemente son imprescindibles en este proceso y muy importantes en mi vida, pero hoy dedico estas entrañas escritas a lo paternal, a lo que a mí como persona representa saberme ligado (de por vida, infinito mientras viva) a ese hij@ que viene en camino…
Entiendo que este proceso nos supera en lo colectivo y en lo que se refiere a nuestra relación de pareja de Lilita y su servidor. Lo digo de esta forma porque nunca he escuchado hablar a un padre o madre sobre su “ex hij@”, por la naturaleza misma que implica la continuidad de tu sangre en alguien más, en alguien tuyo e irrenunciable. Tu núcleo primario familiar. Tu hij@...
Hace ya algunos años comencé a festejar mi cumpleaños con mucha euforia y les decía a Jairo, Tanner mi hermano, Raúl, León, Bernardo y a Chucho que me encantaba la idea de envejecer; sí, de hacerme más viejo. De pasar la vida junto a la gente que aprecio, de degustar los instantes de ella junto a ellos, mis amigos, mi familia, mi pareja… y ahora comienzo a disfrutar de esa senectud (naturalmente irremediable) con mi bebé que viene en camino.
Así es, el principio de mis ramas y de mi futuro comienza con este advenimiento tan inefable e indescriptible. Recuerdo ver a mi amigo Chucho cuando esperábamos juntos en el quirófano a Mateo (su hijo). El que escribe tras una cámara de video y él con la aguda percepción de un padre primerizo, como lo seré en algunos meses. ¡Wow, qué increíble sensación fue la de ver el nacimiento de la vida, del hijo de mi amigo!, de sus raíces…
También proyecto por mi cinematógrafo neuronal cuando los hijos de mis hermanos llegaron a mi familia. Montserrat y Dante transformaron la dinámica cotidiana y todos perdimos la razón con su llegada. Pero aún así, aunque son mi familia (Mateo Barragán por añadidura), ahora el estado por el que transito es distinto porque el bebé que espero vendrá a vivir conmigo, a mi casa.
Dice el proverbio chino que hay que escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo para trascender en esta vida, pero de ello siempre me he preguntado si realmente el humano necesita trascender o dejar una huella de algo que no verá y quizá algunos más olviden. ¿No se trata acaso de un instinto de rebeldía contra el paso del tiempo? ¿No es sabernos el centro del universo y no soportar la finitud de la vida? ¿Cómo trascienden los animales? ¿Quieren trascender? Sin entrar en más discernimientos filosóficos o en las profundidades de la psique humana, creo que la trascendencia de nosotros como padres, como hijos, abuelos, etcétera, deberá anclarse en lo cotidiano, en la construcción de un presente pleno, pero sobre todo, en la presencia permanente de un padre hacia su hijo…
No quisiera seguir escribiendo sobre lo que debe o no ser un padre, porque próximamente lo seré y tendré que experimentarlo en carne propia y hasta que deje de respirar. Así que serán nuestros hijos quienes hablen por nosotros, por nuestra sangre y sobre todo, por nuestro espíritu... Lo que sí me queda claro es todo lo que quiero compartir con él o ella. La pasión por el cine, los libros, la fotografía, la música, los cuadros de Miró; que conozca a mis amigos y podamos caminar por las calles de Madrid, emular una escena que mi entrañable amigo Adrián recuerda de nuestra visita al Museo Reina Sofía, donde un papá le explicaba el significado de la pintura del Guernica de Picasso a su hija; respirar el olor del campo después de la lluvia y sumergirnos en una buena ola o el atardecer del mar, el gran coloso azul… Hay tantas cosas que compartir, que ansío que venga y me permita conocer lo que también él o ella, poco a poco, decida y quiera compartir conmigo, su papá… su silencio y su tiempo.
Dedico con mucho amor estas líneas a todos los padres del mundo, sin distinción étnica o social, política y cultural, pero especialmente a aquellos hombre que aprecio con tanta irreverencia y amor incondicional: A mi papá, su papá, mis hermanos, mis amigos padres o no aún, y por supuesto, a la mamá de nuestro bebé que nos espera en su preciosa barriga: Liliana.
¿Será Iñaki o Aintza? Ya lo veremos y decidiremos...
Morelia, Michoacán. Julio de 2007.
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