Edición Agosto 2007

Por: Santiago Rojas Valdivia
Martín sintió un fuerte hundimiento en el estómago en el momento en que la maestra mostró a la clase la diapositiva del corazón. El niño no podía imaginar que aquella masa de carne, tubos y tripas; fuera el centro de sus emociones, de sus afectos. Imaginaba algo más bello, no precisamente las figuras que dibujan en cartón para el catorce de febrero. Algo más.
Transcurrió la clase y se encendieron las luces del salón, comenzó la ronda de preguntas para acallar las inquietudes de la clase. Y Martín, a pesar de ser el que siempre tenía una duda para cada tema, no alzó la mano. La tenía tomada de la otra y clavando los ojos en el pupitre, recorriendo uno a uno los rayones de la banca. Ni el timbre de salida sacó al niño de sus pensamientos, permaneció estático y recorriendo ideas. Los otros alumnos habían corrido buscando la libertad de la tarde, dejando a la maestra que con calma guardaba sus apuntes. La mujer salía del aula con la satisfacción de un día más de cumplir con su deber, revisó con una rápida mirada las bancas para evitar olvidos. Sus ojos se trabaron en un niño pálido y cabizbajo.
Martín no se percató de la presencia de la maestra hasta sentir una tibia mano que le levantaba el rostro, de la mirada del niño escapaba una tímida corriente de agua del alma. Le explicó a la maestra lo que pensaba, lo que sentía; a lo que ella dio mil explicaciones, ninguna que lo convenciera. La maestra lo ayudó a guardar sus cosas para después encaminarlo a su casa.
La mochila contaba una a una las piedras del camino, raspando su panza contra el suelo, víctima del cansancio y el ánimo de su dueño. El tiempo de vientos hacía unos días había llegado, y se hacía presente meciendo el cabello de Martín, alborotando las hojas que se soltaban del aire de las ramas, formando una cama blanda a los pasos de la gente. La mochila hizo un surco entre piedras, tierra y hojarasca por en medio del parque de la colonia que el niño partía en dos a diario para llegar a su casa.
Con un empujón de la cabeza crujió la puerta de madera y Martín tomó el sendero hacia la casa, pasando al lado del cuarto de tablones que ya tenía años sirviendo de taller para su abuelo. Desde ahí dentro, el viejo lo vio pasar mientras sacaba pedazos a la madera para darle forma a una silla. Acomodó sus lentes, se sacudió las virutas de la ropa y siguió los pasos del nieto. Justo antes de franquear la puerta de la casa, un brazo tomó a Martín del torso y lo levantó con todo y mochila. El olor a roble fresco y resina dio un poco de paz al corazón del niño, que se dejó llevar como muñeco de trapo.
Con la mano libre, Don Guillermo se hizo de una silla y la puso justo frente a la que estaba a medio hacer y ahí depositó al niño. La accidentada mochila quedó a los pies y entre virutas, raspada y dejando escapar algunos lápices de color. A pesar de ser un hombre corpulento y serio, a Martín no le intimidaba la presencia de su abuelo, conocía muy bien su lado apacible y bueno, callaba casi siempre, pero cuando tenía una razón para abrir la boca, lo hacía con toda autoridad y verdad. El viejo roble acomodó otra silla de madera bruta frente al niño y lo interrogó con la mirada, Martín comenzó a desmadejar la idea, le habló a su abuelo de la abominación de tripas que decían que todos tenemos dentro. Pero eso no podía ser el centro de sus afectos, de ahí no podría salir lo que sentía por su madre, por aquel señor que lo miraba de frente, de ahí no se escapaban sus sonrisas cuando miraba al sol de todas las mañanas.
Mientras el niño soltaba todo lo guardado y lo mandaba a sus oídos en palabras, Don Guillermo se levantó y despejó una mesa, tomó algunos trozos de carrizo y una caja de pequeñas herramientas. Acercó un trozo de rojo papel ligero y lo cortó, mientras las frases inconformes de Martín comenzaron a llenar el aire, se metieron por todos los huecos del taller y se escaparon por los hoyos por los que alcanzaba a entrar el ámbar de los rayos de la tarde. El viejo anudó, pegó, cortó y puso alma a una cometa con la cola hecha de trozos de tareas pasadas de su nieto, para ayudar al equilibrio y dar peso en donde el papalote requiriera. A Martín se le agotaron las palabras cuando vio un rectángulo de vivo color y perfecta cuadratura, salido de los años de experiencia de aquel viejo artesano. La cola era más larga que él, el cordón era suave y atado por un extremo a la cruz del centro del cometa, y por la otra un rollo que rodeaba una crayola.
El abuelo extendió la mano hacia el niño y salió del taller hacia la calle, hacia el parque, con su nieto de una mano y la gran cometa roja en la otra. Por un segundo Martín olvidó su conflicto y se llenó de curiosidad, seguía a su abuelo observando su rostro que no perdía el gran prado del enfoque. Un conejo empezó a patalear dentro del pecho del nieto, que veía repetidas veces al abuelo y luego al cometa. Llegaron al centro del parque, Don Guillermo se detuvo en seco, soltó al niño y se metió un dedo a la boca para humedecerlo. Sintió que el flanco de su dedo se enfriaba con el viento y giró un poco a su derecha. Martín contemplaba el ritual con curiosidad y paciencia, había visto alguna vez esas figuras de papel surcar el cielo, sin saber cómo llegaban tan alto hasta casi picar las nubes con sus puntas.
Una ráfaga de viento bastó para que el rombo rojo se posara por encima de la cabeza del abuelo. Este, domando el viento con tirones de cordel soltaba poco a poco la distancia entre su mano y el cometa. La cola serpenteaba impaciente por subir al azul más claro de la tarde, a posarse lo más cerca del sol que era el lugar para el que estaba hecho. A tirones y soltando poco a poco, se fue achicando la figura carmesí por encima de todas las cabezas, Martín no dejaba que sus ojos parpadearan para no perder momentos de aquel glorioso lanzamiento. Cuando más lejos no podía estar el papalote, el viejo tomó la mano del niño y lo acercó hacia sí. Puso el trozo de crayón con vueltas de cordel entre sus manos, e hizo que los pequeños dedos lo apresaran firmemente.
Los brazos del niño se adaptaron a los pequeños jalones del hermoso papalote, él no perdía de vista los movimientos zigzagueantes de aquella figura que comenzó a danzar en medio de las nubes, del profundo lienzo celeste, de los trozos de borrego que paseaban entre rayos de sol. Martín sonrió en el momento en que aquél cometa se acercaba al lejano círculo de fuego y le coqueteó con unos giros, sintió algo enorme en su interior, algo que no cabía y se le escapaba con la vista hasta arriba, hacia el otro lado del cordón. La sonrisa del niño explotó en sus labios y dejó salir un mar de carcajadas, era feliz. Fue entonces que supo que su corazón no era otro más que un trozo de papel rojo convertido en cometa, surcando en lo alto un inmenso cielo azul del cual nunca bajaría.
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