Edición Agosto 2007

Texto Homenaje A María Luisa Puga
5 Diciembre 2003
Por: Nuria Forcadell
Con un enorme gusto, y agradeciendo la invitación de Siriusfem, comparto el texto que elaboré para el homenaje que se le hizo a María Luisa Puga en diciembre de 2003. Apenas un año después, en diciembre del 2004, dejaría de escribir. Lo cual hasta el día de hoy nos llena de una profunda tristeza. Su pasión por escribir solamente fue detenida por el cáncer linfático que le detectaron, así, de repente, como yo la encontré aquí en Morelia. Sin embargo sigo escuchando su voz, sigo viendo su rostro y sigo leyendo su obra.
Invito a los lectores de esta página a que conozcan a una de las más grandes escritoras de América Latina y, si me apuran, a una de las más grandes escritoras del siglo XX, quien con devoción inaudita dedicó cada instante de su vida a la escritura, porque “para entender la vida hay que ponerla en palabras...”
UN HOMENAJE
Todos aquellos que hayamos leído algo de la obra de María Luisa estamos participando en este homenaje, que no necesariamente es exclusivamente aquí y ahora. El homenaje a una escritora de la talla de María Luisa, se da siempre en el encuentro de cada una de sus novelas, de sus cuentos o ensayos. En la lectura de cada línea, de cada palabra certera. Certera siempre. Que marca. Que deja huella. Que acierta en el blanco. Despertar las emociones y los recuerdos más íntimos del otro para quien escribe. Desde quien escribe.
El homenaje entonces, ha sido, es y seguirá siendo continuo. Mientras la sigan leyendo los personajes de sus novelas, que somos todos los que ha conocido y que andamos por ahí, transitando sus ciudades inventadas, sin saber que somos protagonistas y que aparecemos en un primer plano en alguna de sus páginas.
Por ello al haber sido invitada a esta pausa del homenaje, me di a la entusiasta tarea de escribir un artículo periodístico para promover la obra de María Luisa y dar probaditas de algunas novelas… para que se les antoje y nadie se quede sin leerla. De verdad. Créanme, no se la pueden perder, dije, en algo que titulé: María Luisa Puga, Una obra... un descubrimiento... un taller... un recuerdo... un homenaje. Lo rescribo hoy, 5 de diciembre del 2003, fecha por alguna razón mágica entre María Luisa y yo.
Frente a mi flamante porta-lapiceros, ahora uno de mis más preciados tesoros, (firmado por ella) conteniendo lápices de punta chata y sin Mont Blanc, lo reinicio pero, ahora, a la inversa. Primero lo del homenaje, que ya quedó dicho. Sigo con el recuerdo. Cierro lo ojos. Evoco imágenes... de inmediato: una melena rojiza con rayos dorados, que vuela de lado a lado, sobre el rostro de su dueña, al ritmo pausado de sus miradas, que van de tiempo en tiempo de su cuaderno a nosotros, sus entrañables tallerandos. Unos ojos color miel, café claro. Ojos que contienen su pasión por mirar. Mirarse y mirarnos. Mirando hasta el fondo. Hasta el cansancio... mejor sin cansancio, hasta la escritura infinita. Recuerdo un rostro bronceado por todos los soles imaginables. Soles que la hicieron confundirlos con los suyos y los nuestros. Soles que la fraguaron desde Acapulco hasta África, pasando por el venido a menos sol del D. F. y desde hace muchos años el de Zirahuén. Soles que han quedado brillando, ahí, en la calidez de su escritura. Recuerdo unas manos, trabajando, siempre con una pluma entre sus dedos, que, cuando no escribían en el cuaderno en turno, ahora sabemos, propiedad, todos, de Elena Poniatowska, inventaban laberínticos dibujos al margen de sus notas.
Recuerdo que una vez me tocó sentarme justo a su lado, muy cerquita y nunca supe si poner más atención a lo que decía o a lo que dibujaba. Ambos ejercicios me resultaban fascinantes. Por eso no aprendí. Pero otros muchos días estuve atenta. Atenta a su voz. Ese es otro de los recuerdos que me calaron hondo. Esa voz que dice las palabras, que “las hace bolita y las guarda debajo de su almohada”. Que es siempre franca. Que hace su enorme presencia, sencilla. Que invita a estar cerca. Cerca de la escritura. No sé qué más se pueda decir de una voz como recuerdo, pero la recuerdo y esa voz, entonces, me salvó del naufragio que suele ser la vida en algún momento... entonces cuando ingresé al taller.
UN TALLER
Los talleres de María Luisa nos sucedieron como un accidente, de esos que “cambian el sentido de las cosas”, como dice ella de los accidentes. Fueron el encuentro de golpe y sin pedirlo, con su vocación de explicar, desmenuzando palabra por palabra, coma tras coma, lo que era “eso” de ser escritor. En sus talleres fuimos testigos de su amor por el oficio. Justo como un oficio que ella ejerce, bordando, tejiendo y volviendo a coser. Remendando desde su pasado, para traerlos dignos al presente, fragmentos de sentimientos pegados a objetos cotidianos, sabores o formas del entorno de las ciudades y de sus personajes.
En los años ochenta ya María Luisa Puga era considerada una de las mejores escritoras de nuestro país y de América Latina, por ello fue como si la montaña hubiera venido hasta Morelia, no por obra de magia, sino por obra de un programa conjunto de ISSSTE-Cultura, la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y Casa de la cultura, que nos permitió el lujo de encontrarnos ahí, frente a ella, mirándola pasmados como miran sus personajes. En ese entonces éramos un puñado de seres con un común denominador: todos atraídos desde distintos ángulos, por esa cosa intangible y poco explicable que resultaba ser nuestra vocación de escribir. Y ahí, en esos talleres María Luisa, nos enseñó a tocar, esa vocación. A pulirla, a cincelarla y a deletrearla. Y nos explicó el oficio de escribir llevándonos por paseos inolvidables siempre de su mano, por la aventura, para ella vital, de la escritura. Esos paseos nos dejaron además presencias muy importantes y queridas en nuestras vidas. En lo personal pude ser integrante y fundadora de otro taller, “Pi (3.14l6)”. Con Silvia Ordóñez, Lupita Maldonado, amigas hoy, amigas siempre, Rosa María Duarte, Socorro Galván y hasta Martha Parada, otra enorme escritora desde entonces. Pero además se gestó y permanece el afecto con todos y cada uno de los compañeros de aquellos talleres: Raúl Mejía, Isaac Levín, José Manuel, Lourdes, Fernanda, Manuel del Postigo, Lalo, Toño y perdón si olvido a alguien.
UN DESCUBRIMIENTO
Y entonces viene el descubrimiento… Mi primera lectura de la obra de María Luisa fue su novela “Las Posibilidades del Odio”. Quedé, por decir lo menos, impactada por el manejo que a través de la escritura, se puede hacer de los sentimientos más profundos de cada personaje. Asombrada, porque a pesar de ser africanos, la mayoría de los personajes de la novela, su miedo era el mismo miedo que yo había sentido. Miedo, que además tiene la posibilidad de convertirse en odio. Y además lo podía tocar y oler. Eran sus personajes como yo misma, además de ser ellos desde la fascinación de lo desconocido. En esa novela María Luisa nos muestra su avidez por atisbar muy de cerca, como si se hiciera invisible, los secretos de seres que debieran antojarse inalcanzables. Nos narra historias de mendigos, víctimas de guerras intestinas. Imposiciones, colonizaciones, que acabamos por reconocer como propias. Porque también desesperanzas como las africanas nos pertenecen. Los mismos personajes pasan a nuestro lado. Están al alcance de nuestra mano. Sólo que las más de las veces, los más de nosotros, no queremos mirar. Menos entender. Menos ser ellos. En cambio María Luisa ensaya a ser sus personajes. Hace suyos los objetos y los seres que la rodean. A través de su obra ha sido capaz de explicar magistralmente, cómo anida y florece un sentimiento en el “paso a pasito” del caminar de sus personajes. Desde su ser de niños hasta el final de sus historias.
En otras novelas nos hizo palpar LAS FORMAS DEL SILENCIO. Pudimos diferenciar entre PÁNICO O PELIGRO, como elección de vida. Nos hace enfrentar aquellos ACCIDENTES que “cambian el sentido de las cosas, burlándose de uno y despojando al tiempo del espacio que creíamos nuestro para decidir.” Y a últimas fechas se dedica a inventar ciudades enteras, en su último libro publicado…
Cualquiera de sus novelas puede resultar un manjar, digno de ser saboreado, así como dice ella, despacito. Poquito a poco. Transportarnos al encuentro de presencias de nuestro siempre. Que andan por ahí medio extraviadas sin acordarnos mucho de ellas, ni del bien que nos hicieron por el simple hecho de ser compañeras de existencia. Un Radio RCA Víctor. Un barandal. O bien, del transitar por una ciudad. Otra ciudad distinta y reconocer “algo” que nos recorre el cuerpo como un vacío, pero que a la vez nos llena de presencias conocidas. La pertenencia que adivinamos en la ciudad ajena. En la tiendita de la esquina de cualquier pueblo olvidado por todos. El murmullo de nuestros pasos en el silencio iluminado de otras calles. La pertenencia, así nombrada por Maria Luisa Puga, queda plasmada magistralmente en su ensayo, ITINERARIO DE PALABRAS. Ahí explica lo que es ser País: “…y a mí se me ocurría que ser país es eso. Ser cultura: esa costumbre de pedir café, lo que pese al plástico, a la falta de belleza estética, ofrece un rito, un lazo invisible, pero concreto. Pensaba: estos cuates de Sonora pese a todo, son etnia, un lenguaje; una comprensión del mundo.”
Cito un breve fragmento de su novela “La forma del Silencio”, solamente para tener un pretexto y terminar: “No me acordaba como era todo en la casa; tantos días oyéndola existir desde mi cama imaginándomela sin mí. Extrañándome. La figura de mi madre parecía muy alta, ancha y severa cuando me alzaba la cara por la barbilla para repetirme: no vayas a salirte a la terraza. Me tapaba la visión que estaba a punto de tener: la sala, el comedor, el aparato de radio tan grandote y pesado RCA Víctor. Tenía ganas de irme a ver en el espejo de cuerpo entero que había en el cuarto de mis padres. Cuando nos servían panecitos fritos con la sopa de habas, corría a ese espejo para tratar de verme el sonido craqueante que hacen cuando uno los mastica. Imaginaba ahora que iba a poder ver mi ausencia de la casa. Ver sobre todo, la terraza con su balancín gris en el extremo izquierdo... también quería ver el hotel que había enfrente. Ver si había turistas, para impresionarlos. Según yo los impresionaba con mi agilidad, con mi aire misterioso o con frases que sonaban bonito, que no podían oír, ya que estaban lejos, y tampoco entender, ya que no eran mexicanos, pero según yo, se fijaban de inmediato en mí y quedaban marcados para siempre.”
Y así fue María Luisa, nos quedamos marcados para siempre. Por ello es un enorme gusto estar aquí contigo y demostrarte, escribiendo, esa huella que nos dejaste y el cariño que a través de los años hemos tenido al recuerdo de tus talleres y a tu obra, todos aquellos que como nos dijo una vez Martha Parada terminamos “bien Pugas” después del accidente maravilloso que significó tu descubrimiento y que cambió un espacio que creíamos nuestro para decidir vivir de otra manera... escribiendo. Hoy aquí en Morelia, 5 de diciembre del 2003. Ayer, hace algunos años, al terminar una sesión de taller, María Luisa me dedicó su novela “Pánico o Peligro”: “Para Nuria, amiga y colaboradora de taller, que nos esperen muchas aventuras literarias, con cariño María Luisa Puga, Zirahuén, 5 de diciembre de 1987.”
De esa fecha, hasta el 2004, María Luisa escribió varias novelas, entre otras: Antonia, Las razones del Lago, La viuda, La reina, Nueve madrugadas y media, y su ultima novela publicada: Diario del dolor, que inició, cuando por un proceso e artritis reumatoide, estuvo postrada en silla de ruedas por varios años. La última vez que la vi, en agosto del 2004, pocos meses antes de su partida, había terminado el libro y estaba grabando con mucho entusiasmo un disco compacto, que sería llevado a clínicas para ofrecerlo a manera de terapia, a enfermos desahuciados. Se había recuperado increíblemente, ya caminaba con andadera y nos mostró orgullosa sus últimos adelantos.
El homenaje no ha terminado María Luisa, quienes te conocimos seguimos escuchando tu voz y los demás seguirán leyendo tu obra. Gracias.
Contacto: forcanur@hotmail.com