Edición diciembre 2007

Por: Reyna San Juan
Esto ocurrió hace casi 3 años.
Una noche de tantas en que hacía la rutina de revisar mis senos, encontré en la mama izquierda un absceso, bueno al menos esa fue la impresión que me dio. Se la mostré a mi hermana, tratando de darle la menor importancia posible; creo que no quise “paniquearme”, sin embargo, intenté de averiguar qué es lo que debía de hacer ante la posibilidad de aquella idea que mi cabeza fraguaba.
Indagué en Internet sobre el cáncer de mama. Está por demás decir que toda la información que encontré, fotos, datos médicos, experiencia de otras mujeres, sirvió para que me deprimiera, lo que es muy raro en mí.
Decidí manejarlo sola, fue mi elección no escandalizar a nadie. Mi madre había salido de viaje así que me enfoqué en tratar de estar conciente de que cualquier cosa es posible, de pensar positivo, pero al hacerlo… las lágrimas me salían.
Como buena empleada, fui a hacerme una revisión al IMSS; mi sueldo iba destinado a pagar el auto y la gasolina, no había muchas opciones. El médico y la enfermera detectaron la misma bolita, así que me mandaron a hacer un estudio para dentro de dos meses. Por salud mental no podía esperarme tanto tiempo, entonces recordé que unos amigos de la universidad colaboraron en proyecto de tesis para “Grupo Reto” (Asociación Civil sin fines de Lucro-http://www.gruporeto.org/).
Me armé de valor, mi miedo pudo más que mi pena y solicité una cita. Lo que me dio más confianza para asistir a ese sitio fue que los médicos que te atienden desde la primera vez son oncólogos (especialistas en cáncer), así que mis dudas y mis miedos podrían ser despejados de inmediato y con el especialista adecuado.
Llegué al lugar, un grupo de señoras muy amables me atendió. El tema se trataba de la manera más normal; mujeres de todas las edades estaban sentadas llenando su ficha de ingreso, otras esperando entrar a consulta. Durante un poco más de una hora de espera las escuchaba comentar sus casos y es entonces cuando te das cuenta de verdad de la fortaleza del ser humano. Algunas estaban tratándose de nuevo, otras decían tener muchos abscesos y que han sido constantes sus apariciones aún después del tratamiento, otro grupo buscaba prótesis… Una sensación de admiración mezclada con miedo había en mí, juro que por más que trataba de no pensarlo no podía quitarlo de mi mente, a eso súmenle que en el programa de radio en el que trabajaba un joven llevó información para una entrevista con mi jefe porque se estaba manejando “La semana del cáncer”.
Entré con el oncólogo y después de una entrevista médica, procedió a la inspección física. Efectivamente, encontró esa bolita que se estaba convirtiendo en un verdugo mental, así que, como primera medida, me ordenó un ultrasonido mamario. El estudio se realizaría dos días después.
Llegué al lugar de nuevo. Esas caras sonrientes me dieron la bienvenida otra vez. Pagué los estudios, me dieron la bata y me formé. Las conversaciones de las mujeres eran intensas, sobre todo aquellas que esperaban la mastografía; me decían que no me preocupara, que era muy joven para pasar por esto, que seguramente no era nada… ¡Sí!, era muy joven, a mis 27 años no podía pasarme eso.
El ultrasonido no indicaba algo grave, así que pude relajarme un poco. Aparecía esa bolita, tan pequeña y tannnnn, tannnnnnn…
Ese día no pude más, sola en mi casa llorando no podía sacarme de la cabeza la idea de tener cáncer. Escuché a mi hermano llegar y corrí a refugiarme en sus brazos. Entre lágrimas le dije lo que estaba viviendo, que no quise preocuparlos y que aparentemente todo estaba bien. Me abrazó y me dio su apoyo; me dijo que por favor siempre contara con ellos, mi familia. Ya el mundo no parecía tan pesado.
El 22 de febrero salió el sol; brillaba por la tarde mucho más. Estaba empezando a familiarizarme con el lugar, las caritas sonrientes, las historias de fortaleza que me hacían crecer...
Entré con el especialista y me comunicó el resultado del estudio: “Quiste simple de 4.2 milímetros en mama izquierda". Todo normal, con carácter benigno y la causa fueron cambios hormonales. Me dieron cita en un año. Salí agradecida con Dios, con la vida y con la conciencia de que debía cuidar mi cuerpo.
No puedo describirles la manera como todo ese tiempo se convirtió en un calvario en mi mente. Comprenderán que por más que buscaba el optimismo no podía encontrarlo; que me era inevitable no pensar en cáncer porque la idea se estacionó ahí; que las lágrimas y la opresión en el corazón, el nudo en la garganta y la soledad parecían no desaparecer porque te das cuenta de que te puede pasar a ti o a alguien cercano. Y sólo rezas porque no ocurra así.
Algunos se preguntarán por qué no dije nada a mi familia desde el principio, cosa que, por supuesto, volvería a hacer. La desesperación que viví no la compartiría con mi familia, ya que no resistiría verlos sufrir ante la idea de que yo pudiera estar mal, lo cual, a su vez, hubiera acrecentado mi angustia.
Después de esta experiencia aprendí a observar mi cuerpo de pies a cabeza, sin morbo; a maravillarme de él y conocerlo lo más posible: sensaciones, apariencia, todo; estar pendiente de los cambios por los que pasa. He aprendido que si se está a tiempo hay esperanza. He conocido casos de personas cercanas que lo están padeciendo y quiero recalcar que la familia es muy importante, la fortaleza y el cuidado es imprescindible.
Duele la idea, duele la experiencia, pero esa lección sirvió para que les diga: cuiden su cuerpo, cuiden su vida, porque aunque lo duden, hay mujeres de mi edad que nunca en la vida se han hecho un papanicolaou y sólo porque les da pena.
La vida es bella, vale la pena luchar por ella.