Edición DICIEMBRE 2007

Por: Rosa Barocio
En una conferencia mencioné que nuestros hijos no nos pertenecen, y al finalizar una persona se me acercó y me preguntó qué quería yo decir. Le dije que cuando pensamos que algo es nuestro, concluimos que tenemos derecho de hacer con ello lo que mejor nos place. Al cabo nos pertenece ¿o no? Si yo soy dueña de una casa puedo hacer con ella lo que guste, la puedo modernizar, cambiar de color y hasta destruir si se me antoja.
De igual manera, si pienso que mi hijo me pertenece, puedo concluir que tengo derechos exclusivos sobre su vida y que puedo hacer con ella lo que me venga en gana. Puedo moldear a mi hijo de acuerdo a mis preferencias, es decir, tratar de cambiar su temperamento; si es tímido y soñador pero lo prefiero alegre y sociable, tiene que ser diferente para complacerme. Mi hijo, entonces, está aquí para hacerme feliz. Para tenerme satisfecho. Para cumplir mis expectativas y realizar mis sueños. Si quise ser abogado, futbolista, doctora o recepcionista y no realicé mi sueño, ahora le toca a él hacerlo por mí. Su obligación también es hacerme quedar bien y cuidar mi imagen en todo momento, porque él es sólo una extensión de mi persona. Por eso tiene que vestirse y comportarse como yo deseo. Puedo exigirle que me atienda y esté a mi disposición, al fin y al cabo yo le di la vida y lo mantengo. Tiene que siempre obedecerme por que yo sé en todo momento lo que le conviene.
Suena aterrador ¿no les parece? Se escucha viejo, anticuado, porque efectivamente así pensaban las generaciones pasadas. Sí, los padres pensaban que tenían derecho de hacer lo que quisieran con sus hijos. Afortunadamente las nuevas generaciones están despertando, y exigen que crezcamos con ellas. Saben que no nos pertenecen sino que han venido a través de nosotros para poder abrirse su propio camino y descubrir quiénes son. Y que nosotros, sus padres, somos la red que los sostiene en ese proceso. Cuando son pequeños, somos un sostén fuerte, siempre presente al que recurren continuamente. Pero conforme van creciendo, nuestra tarea es ir soltando suavemente, para que ellos puedan pararse sobre sus propios pies y empezar a caminar por su cuenta. De esta manera les vamos entregando poco a poco la responsabilidad de su vida.
Querer a nuestros hijos es saber que nuestra tarea como padres es acompañarlos y guiarlos en este proceso de individuación, es decir, en este proceso de convertirse en personas, en individuos. Saber que estamos aquí para ayudarlos a autodescubrirse, y abrirlos a la vida para ellos decidan qué camino quieren tomar. Tenemos que guiarlos pero con un profundo respeto hacia su persona y su destino. Nuestra tarea entonces es la de apoyar sin imponer, de sostener sin asfixiar, de corregir sin desalentar, de conducir sin controlar y de amar y dejar en libertad.
¿Cómo podemos ver a nuestros hijos con una mirada libre de nuestras expectativas limitantes? ¿Cómo podemos liberarlos de vivir a la sombra de una imagen idealizada que podamos tener de ellos? Para que en cambio podamos decirles sin palabras: “Hijo te quiero tal y como eres. Te acepto y te respeto. No tienes que hacer nada para ganarte mi amor, porque mi amor es un regalo que ha estado a tu lado desde el día que tú naciste. Aquí está, es tuyo y siempre será tuyo. Nada ni nadie te lo puede quitar.”
Cuando nuestros hijos tienen ese amor incondicional tienen lo más importante para su vida. Un hijo que se siente querido por quién es y aceptado por quién es, lo tiene todo. Tiene un sostén seguro que le permite ver la vida de frente y encaminarse hacia el futuro con confianza y valentía. Le hemos dado el mejor regalo para su vida.