Edición DICIEMBRE 2007


HOY ME DESPIDO PARA CRECER JUNTOS

Por: Ludmylla Romero

 

siriusfem, despedidaHoy es el día que decido despedirme de ti de manera definitiva, ya no sentiré ese sentimiento de abandono, culpabilidad y el dolor agudo en mi corazón. Me has pedido que te deje para crecer ambos. pues tú te convertirás en ángel y yo seguiré aprendiendo a ser madre con una hermosa princesa que decidió estar aquí y ahora.

Tú no estabas preparado (me dijiste) y yo te deseaba con toda el alma, sin embargo, hay razones más allá de mi entendimiento humano… y partiste antes de siquiera conocerte, dejándome en una tristeza jamás experimentada… Pero hoy estoy más fuerte y siguiendo tus deseos.

Comenzaré mi historia desde el principio.

Todas mis amigas (las que me conocen a profundidad) sabían que para mí lo más difícil de una vida en matrimonio era tener un bebé… Siempre respondía: “Esta ca… amar a un individuo pero todavía más ca… tener un hijo con él”. No me cabía en la cabeza que pudiera existir algo así, no entendía cómo encontraban el punto exacto para ser padres de una criatura que dependiera totalmente de ellos.

Era como meter un círculo en un cuadrado (que sí cabe pero bajo qué circunstancias); pero como dice mi mamá, la vida se encargó de darme lecciones para callarme la boca.

Pasó el tiempo, me casé y al principio él quería tener hijos (cosa que por supuesto yo no quería), ¡¿Cómo?! Sí, para mí era algo fuera de contexto, me defendí lo mejor que pude; tras algunas ofensas y detalles (cosas que no vienen al caso) lo convencí de que no era el momento, pues había que hacer muchas cosas antes de pensar en procrear.

Como toda historia llegó el sentimiento, las sensaciones y una calidez jamás conocida y una pregunta flotaba en el aire: ¿Quién era yo para impedirle a un pequeño conocer el sol, las estrellas, el aire, las golondrinas, el cielo; escuchar la brisa del mar, sentir el dorso de la mano de su mamá…?

Cuando empecé a sentir esos deseos tan extraños fue como una alerta y me descubrí: tenía ganas de abrazar a un bebé mío, con la ternura que yo fui criada y las caricias más maravillosas que pudiera crear para ese pequeño ser. En lo más profundo de mi corazón siempre soñé que mi primer hijo sería varón.

No tenía idea de lo que iba a pasar…

Me decidí y fuimos a ver al ginecólogo, le planteamos la situación y nos dijo: “Pues muchachos, hay que hacer la tarea”. Efectivamente nos pusimos a hacerla y al cabo de un tiempo me empecé a sentir muy rara; me incomodaban muchas cosas que no tenían sentido lógico, pero no les presté atención.

Fue más bien la ausencia de la menstruación la que me hizo caer en la cuenta. ¡¡¡¡Sorpresa!!!! Estaba embarazada. No podía creerlo, tratamos de no hacer mucho alboroto y decidimos realizar un examen de sangre para comprobarlo.

Al lunes siguiente nos dirigimos al laboratorio, me sacaron unos frasquitos (¡ay! con lo que duelen esas agujas) y nos comentaron que tendríamos que esperar unos días más. ¡¡¡Mmmm!!!

Por fin llegó el día en que había que recoger los resultados. ¡¡¡¡SÍ!!!! Estaba embarazada. Nos dirigimos al ginecólogo nuevamente quien nos felicitó e hizo recomendaciones de todo tipo: sobre los cuidados, la comida, las vitaminas, la ropa, la tranquilidad, etcétera.

La noticia corrió como reguero de pólvora (éramos los únicos de la familia que no teníamos hijos, ¡ja!... como si fuera requisito). Amigos, familiares y uno que otro colado nos felicitaron y desearon que todo marchara muy bien.

Yo estaba muy contenta y me dediqué a cuidarme. Me preguntaban que si tenía mareos o nauseas, pero yo nunca los sentí; eso sí el sueño era increíble; pesado, pesado a más no poder, me quedaba dormida sentada. La felicidad no duró mucho…

A las 10 semanas comencé con un ligero sangrado después de tener relaciones. Preocupada llamé al doctor y me dijo que estuviera tranquila y en reposo, que era normal, no pasaba nada, sólo necesitaba más quietud.

Para mi bien el sangrado paró a los dos o tres días y se convirtió en un pequeño goteo que aumentaba con el calor insoportable que hacía en el Distrito Federal, donde vivía en ese entonces.

Así estuve casi una semana. El fin de semana teníamos un bautizo. Llegué a la iglesia sin contratiempo pero en la fiesta me sentí nuevamente rara; lo atribuí al calor, a la gente que me preguntaba todo y quería enterarse del más mínimo detalle y simplemente no tenía ganas de soportar eso; pensé “Ojalá que pronto nos vayamos”. Mi deseo se convirtió en realidad y partimos a la casa.

A partir de este momento, trataré de escribir con objetividad, de cómo sucedieron los hechos tal cuales… pero no sé si pueda… mas sé que debo y quiero hacerlo como un homenaje, porque así debe de ser.

Pasé la noche más o menos tranquila y al día siguiente todo parecía “normal”, a excepción de que el sangrado se había tornado un poco más oscuro. No le presté mucha atención aunque sí me sentía incómoda. Me quedé en casa disfrutando de la cama y la televisión, en compañía de mis perritos…

Un fuerte dolor en el área abdominal me levantó del lecho y me dirigí al baño preocupada ya que sentía como una fuerte diarrea. Para mi sorpresa no era eso, sino un coágulo de sangre que me asustó por su tamaño. Se escurría hasta cubrir mis piernas. Llorando trataba de limpiarme pero no podía pues otro pedazo de “mí” se resbalaba en mis piernas… Por un rato estuve así. Cuando vi que se paraba, corrí a cambiarme de ropa y colocarme una toalla sanitaria… Temblando le hablé al ginecólogo que enseguida me ordenó que me fuera al hospital para ver qué estaba pasando. Me dio instrucciones para dirigirme con el encargado del área mientras llegaba él. Nuevamente el dolor me hizo ir al baño, para ese entonces yo era un mar de lágrimas y una gelatina en acción, no paraba de temblar y no atinaba muy bien a lo que hacía. Me senté en el excusado y seguía llorando… sin querer se me salieron las palabras: “Ay a mi bebé no”. Creo que estaba hablando muy fuerte porque una vecina tocó a mi puerta y como pude le abrí, me preguntó si necesitaba ayuda pero yo ya había hablado con el papá de mi hijo y venía en camino…

No sé cuánto tardó pero sentí que era una eternidad y yo seguía desangrándome. Quise hablarle a mi mamá pero sabía que sólo la iba a asustar y no me podría ayudar; ella se encontraba en Morelia (a  cuatro horas de la ciudad de México). Mientras tanto, seguía insistiendo con el papá, pero me decía que estaba en la fila para pagar, que estaba atorado en el tráfico… Y mientras yo sentía que me ahogaba entre el llanto, el sudor, la sangre, mi angustia, el dolor, los ladridos de mis perros (yo creo que entendían a su manera lo que estaba pasando) y la desesperación de que mi esposo no llegara.

Por fin y después de lo que pareció un siglo, llegó y bajamos rápidamente al estacionamiento para arrancar a toda velocidad al hospital. El camino fue largo, manejaba rápido y yo sentía que íbamos a chocar; por un momento pensé en decirle: “Oye sí quiero llegar viva al hospital”, pero me quedé callada pues creí que no venía al caso.

No recuerdo cómo bajé del auto cuando llegamos al sanatorio, sólo que cuando entrábamos por el área de seguros o algo así, yo venía a paso muy lento y una enfermera se me acercó para preguntarme si me encontraba bien. Al tratar de responderle se me salió un quejido que más bien parecía un grito y al mismo tiempo salió de entre mis piernas un chorro de sangre con pedazos extraños (como algo parecido a lo que venden en las carnicerías), el dolor me dobló y no me permitió levantarme, la señorita muy amable pidió una silla para transportarme al interior, mientras me sentaron en una sillón ubicado en esa sala (cosa que me dio mucha pena pues seguramente lo dejé manchado).

Una vez en la habitación y después de hacerme varias preguntas, me dijeron que necesitaban hacerme estudios para ver qué estaba pasando con el producto y controlar la hemorragia ya que podría ser algo externo al feto y tenían que asegurarse.

Me llevaron a otra sala y me realizaron un ultrasonido vaginal (introducen un aparato a la vagina para checar interiormente cómo se encuentra todo), es un poco doloroso pero yo me encontraba un poco más tranquila pues sabía que estaba en buenas manos para que mi bebé y yo estuviéramos bien. Sin embargo, al estar acostada escuchando a los médicos comentar cómo se veía la situación; oí algo que me heló la sangre e hizo correr lágrimas abundantemente: el feto no había crecido desde la sexta semana, no había latido fetal…

Ese instante fue como si se hubiera paralizado el tiempo, no atinaba a otra cosa que llorar pero de manera ahogada, callada; en silencio… Quería gritar, decirme que no era cierto, que estaba en una pesadilla, pero no pude.

Finalmente tendrían que hacerme un legrado, ya no había vida dentro de mí… Y mi vida era la que ahora peligraba. Mi ginecólogo trataba se darnos explicaciones no del todo científicas, de darnos ánimos pues seguían saliendo mis lágrimas a borbotones. Pero de él, el papá, nunca vi una lágrima ni un gesto de apoyo hacia lo que estábamos viviendo (hasta el momento nunca he sabido si realmente sintió esa pérdida o no; supongo que sí porque era parte también de él pero, reitero, yo nunca vi ninguna manifestación de nada).

Me comenzaron a preparar para el legrado: suero, preguntas sobre si era alérgica a algún tipo de medicamento, sondas… Confirmaron que los pequeños trozos que había arrojado eran parte de la placenta.

Todo pasaba lento y rápido, con una gran tristeza y una incertidumbre sobre lo que vendría después: avisar a los parientes y amigos lo que había sucedido (de nuevo repetir la historia).

Al poco rato vinieron por mí para entrar al quirófano. Yo estaba muy asustada, recuerdo que sólo me despedí del que era mi esposo… Me dijeron que iba a sentir calor y… desperté en la cama del cuarto. Me quería a casa (realmente nunca entendieron las personas que me acompañaron a qué lugar quería ir, dicen que hasta en la inconciencia de la anestesia estaba necia con irme). Para no hacer más larga la historia, salimos del nosocomio al filo de la una de la mañana.

Nos dirigimos al departamento en silencio. Él se encargó de limpiar todo el desorden que se había quedado, a mí me recomendaron reposo.

Yo creo que por dentro cada uno traía su infierno pero nadie dijo nada. El día siguiente fue peor, teníamos que dar la noticia… ¿Alguien me puede explicar cómo dices que las ilusiones, expectativas y esperanzas no existen más; cómo dices que no quieres saber ya nada porque aquello está muerto?

No supe o no recuerdo cómo fuimos comunicando a los familiares la noticia, sólo la manera que se lo dije a mi mamá. Ella me colgó el teléfono y yo pensé que se iba a desmayar, pero no, simplemente ella “ya lo sabía”.

Después de hablar por teléfono a casi todos, él se quedó conmigo arreglando cosas en la casa y yo acostada tratando de no ahogarme en una depresión; pidiendo a gritos que alguien llorara conmigo, alguien que me dijera que estábamos bien, alguien que me abrazara y me hiciera sentir segura.  Nunca llegó ese alguien.

Pasó el tiempo y a los pocos días me di cuenta que estaba comiendo sólo cuando él llegaba; se lo comenté porque pensé que era importante el decirle mi estado de ánimo para que me ayudara, pero recibí un regaño inimaginable: “Ay Ludmylla, no me salgas con esas cosas, te parece poco lo que estoy pagando como para que me vengas con cuestiones psicológicas”.

Ahora entiendo el porqué de sus comentarios… y puedo ver que yo simplemente buscaba afecto.

Poco a poco la herida fue sanando pero recuerdo una invitación a un babyshower que me dio mucha tristeza, tengo grabada la imagen de mí misma cruzando el umbral de la puerta de salida de los departamentos, con la mirada al vacío y el corazón igual.

Decidí que era tiempo de ir a fortalecerme con mis amigas y mi mamá en mi terruño. Así lo hice y al observar mi madre el comportamiento que tenía me aseveró lo que deseaba y a la vez temía: “Estás embarazada de nuevo”. Yo simplemente respondí sin ilusión: “Ay mamá, no es cierto”. El tiempo le dio la razón: sí tenía una vida en mi interior.

Los cuidados fueron extremos, más las angustias, infinidad de exámenes, y un sinfín de sentimientos tan diversos como contrapuestos fueron tejiendo la vida de mi aún no nacida nena.

Hoy, mi niña ya está conmigo y doy gracias a esa experiencia que me enseñó que la vida tiene mucho más de lo que yo pueda sufrir por el pasado… existe un futuro y ella está conmigo y yo con ella.

A ti que decidiste no venir te agradezco la oportunidad que le diste a mi hija de acompañarme y me despido con todo el amor que generaste en mi ser.

Te quiero mucho, ángel mío.

 

 

 

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