Edición DICIEMBRE 2007

¡Ah! El tema de la maternidad... Una vez más estoy escribiendo de este tópico un tanto desconocido para mí y que me cuestiono y cuestiono con verdadero ahínco. Tal vez sea porque me toca leer muchos artículos sobre maternidad, o porque tengo madres a mi alrededor... por la edad o quién sabe por qué.
Hace un rato me encontraba en el supermercado bobeando, como muchas veces. Iba muy feliz con mi carrito y en uno de los pasillos estaba una familia parada platicando. Entonces el papá, al ver que me acercaba, le dijo en el peor tono del mundo al chamaquito de unos 12 años, “¡Quítate!” (Claramente yo escuché: “Hazte un lado, idiota, ¿qué no ves que van a pasar?). La verdad me sentí mal de haber sido la causante de tal agresión. Sí, agresión. Unos días atrás hablaba con una amiga sobre el hecho de que los hijos podemos ser muy groseros con los padres, pues total, “es mami” o “es papi”. Pero hoy vi (recordé) que va hacia el otro lado también, “Porque yo mando”.
Pasó por mi mente también el artículo de Alicia Ortiz sobre dar alas a los adolescentes, donde bien dice que un padre tiene que, primero, sanarse a sí mismo para no descargar todo lo que trae cargando en el hijo.
Qué importante es hacerse cargo de uno mismo para, entonces, poder darle una buena educación y ejemplo a los pequeños que se están criando.
Viene a mi mente la película “28 días”, con Sandra Bullock, en la que uno de los pacientes de la clínica de rehabilitación quiere desesperadamente tener una pareja. Entonces el terapeuta le dice que primero debe comprar una planta y conservarla viva y floreciente por lo menos un año. Después, puede pasar a tener una mascota y hacerla feliz por el mismo tiempo. Entonces, si está listo para dar y recibir, puede tener una pareja. Y yo pienso, “si es así con las parejas, ¡mayor razón con los hijos!”
He visto tantos casos de papás y mamás que son muy inconcientes con sus críos. Es decir, los lastiman (obviamente para los demás, pero ellos no lo ven) y ni cuenta se dan. Claro, que es re fácil ver los toros desde la barrera, y sé bien que ser padre requiere de toneladas de paciencia y compromiso, pero por lo mismo me cuestiono, ¿qué se necesita para ser un buen padre, una buena madre?
El fin de semana por mera coincidencia cuidé a un bebito de 8 meses que no paraba de llorar. No sé qué sucedió, pero sentí que podía ayudar. Tuve la sensación de que, además de un berrinche marca ACME, el niño estaba experimentando una tristeza relacionada con el abandono. Tal vez estoy paranoica (después de leer tanto tema sobre niños), pero de hecho funcionó mi abrazo. Claro, no se tranquilizó a la primera, pero al final, el sentir el contacto físico y mi mano sobre su cabecita hizo que, por fin, se durmiera. Los días que siguieron traje un dolor de brazo que para qué les cuento, pero volví a pensar en lo importantes que son esos primeros meses de vida, esos encuentros y desencuentros nuevos; todo eso que están aprehendiendo.
Entonces un padre que no sabe, que no aprendió en casa más que a comunicarse por medio de gritos y agresiones, le enseñará lo mismo al pequeño, con sus respectivas consecuencias: inseguridad, falta de autoamor (“Si mi padre no me quiere, ¿cómo me voy a querer a mí mismo?”)... etcétera. Y si, por el contrario, ese padre, esa madre creció en un ambiente de amor, de respeto y seguridad, se verá reflejado en la educación de los vástagos.
No sé si sea porque me cuestiono muchas cosas, por preguntona, tal vez porque esté en un proceso de trabajo interno, o quizás porque esté buscando un pretexto, pero yo creo que “las ganas” de tener un bebé (ojo: que una siempre se imagina a un tierno e inocente pequeño tipo Gerber, todo amor y dulzura), de darle un hermanito a nuestra “chiquita” (la que en realidad está feliz con el trono de hija única), o la presión social o interna porque “ya es lo que sigue” deben de detenerse un poco. Hacer una pausa. Y analizar. Probablemente lo que veamos no sea muy grato, o tal vez sí. Analizarnos como personas, ¿qué tanto traemos cargando que puede impedirnos el ser unos buenos padres? O como bien dice Alicia en su texto, revisar periódicamente nuestro rol de madre (digo, porque soy mujer).
El ser madre, el ser padre es una tarea de por vida. Sí, uno puede abandonar a los hijos si se quiere (ay, cuántos casos conozco, tristemente), pero pensemos en la opción de que estaremos ahí para los hijos, en caso de tenerlos. No es fácil, pues como bien decimos con las chicas de SIRIUSFEM, “si se tratara sólo de parir... ¡a parir todas!”
Para traer a un hijo al mundo habría que ser maduros y hacernos responsables de nuestros propios procesos, traumas, carencias. Trabajar en nuestras virtudes, en nuestras habilidades y procurar hacernos feliz a nosotros mismos. Sí, la ciencia de ser madre, para mí, es ser una mujer responsable y estar feliz. No me refiero a la felicidad utópica o a la felicidad eterna, sino a procurarnos; en todo el sentido de la palabra.
Y tampoco quiero decir que uno tiene que ser un yogui iluminado para poder ser un buen padre. No. Sólo quiero invitarlos a recapacitar sobre qué tanto estamos trabajando en nosotros mismos; qué tanto nos ocupamos por ser mejores personas, por ser más pacientes, más amigables, mejores vecinos, más humanos.
Se trata de ser concientes de todo lo que la maternidad (y paternidad, claro) implica. Se trata de cuestionarnos y cambiar. Sí, cambiar las cosas negativas. Evolucionar. Crecer.
Claro que se puede. Por nosotros mismos y por ellos, los chiquitos que llegan felices, libres, sanos al mundo. Listos para ser formados.