Edición DICIEMBRE 2007

siriusfem, mi sociedad

 

LAS VENTAJAS DE GOLPEAR A LAS MUJERES

Por: Raúl Mejía

Una mujer es mujer hasta el día que se muere,
pero un hombre es un hombre sólo mientras puede.
Momis Mabley

siriusfem, ventajas, golpes, mujeresSiempre he sido un convencido de los poderes terapéuticos de golpear a las mujeres. También del carácter axiológico que ello entraña: sólo de esa manera entienden las muy tales por cuales. Dicho lo anterior con el debido respeto, claro. Siempre que un tipo me dice que tiene problemas con su pareja, esposa o novia, mi consejo es invariable:

-¿Ya probaste alguna técnica de choque?".
Entonces, invariablemente también, abren tamaños ojotes para preguntar con ingenuidad:
-¿Golpearla?
-Sí –les contesto bostezando con aburrimiento ante lo conocido del tema -darle una calentadita semanal sin motivo aparente, como el viejo chiste de aquél que llegó a su casa en la madrugada, vio a su esposa dormida como un gatito ronroneante y le recetó una dosis de "madrax" vía cutánea. La esposa, adolorida, lo enfrentó con la humildad que sugiere Melchor Ocampo en su epístola famosa: “¿Por qué me pegas si no hice nada?”  El varón, sabio al fin, contesta magnánimo: ‘Imagínate cómo te iría si hicieras algo".

El género masculino debe asumir que las cosas están cambiando de manera acelerada. En un marco de globalización y libre mercado como el actual, nuestro género debe tener los arrestos suficientes como para impedir el desarrollo del magma volcánico (y creciente) del poder femenino: el terror es un camino. Tantas concesiones nos están dejando en la orilla; falta poco para que seamos meros objetos sexuales (eso en caso de que tengamos con qué responder a esa expectativa... la mayoría de ellas exclaman "¡házmela buena!" o peor: "¡quiero!") y las mujeres, en número creciente, sonríen con indulgencia cuando se expresa la posibilidad de devenir simples proporcionadores de placeres concupiscentes ¡ya no creen en nada!

Varios amigos hemos abordado a nivel teórico la cuestión: ¿qué les pasa a las otrora dóciles damitas? ¿Dónde quedaron aquellas abnegadas mujeres que tanto ponderó el ilustre Ocampo? Si se diera una vuelta por este nuevo siglo, seguramente su sobada frase de hablar y no matarse para poder entenderse la cambiaría de inmediato. Vivimos, sin asomo de duda, lo que Gilles Lipovetsky llama "el ocaso del deber".
Somos, mis amiguitos y yo, un selecto grupo de convencidos de la necesidad de cambiar el rumbo de la historia, por lo tanto, sepan cuantas leyeren, que no permitiremos nos quiten El Control. Ni el político, ni el económico... ni el de la tele, para que lo sepan de una vez por todas.

Cada vez son menos las mujeres que se sienten realizadas cuando uno les otorga el apellido. Sí, eso de ponerse Maclovia Pérez de Moreno, por ejemplo, ya no les da la sensación de plenitud de antes. Son piezas de museo ésas que les encanta verse en las páginas de Zoociales como la Tatis de Olmedo, la Cuquis de Olavarrieta. Imagínense si no se tiene un apellido muy acá. ¿Quién quiere ser la Maruca de Pérez?

Desde que empezaron a trabajar ya nada fue igual. Desde que llegaron a puestos de jefatura menos. Urge una reformulación de las relaciones bilaterales entre los sexos que reivindique la supremacía varonil antes de que terminen por descubrir que, en el fondo, nos superan en casi todo. Ya Carlos Fuentes lo dijo en una entrevista hace más de veinte años cuando se refiere a Tlazolteotl, la Diosa Zopilote, que para devolver la pureza al mundo devoraba las inmundicias y era también la señora de las confesiones. Escuchaba las culpas de los hombres una vez en la vida de cada uno: "¿No nos abrimos los mexicanos sólo una vez a una mujer y luego la odiamos porque conoció nuestros secretos? (...) Para defendernos de esas viejas terribles caemos en el machismo, hay que someterlas porque nos dan miedo, conocen nuestros secretos, tienen la osadía de perdonarnos. Son muy fuertes las mujeres mexicanas, me dan un miedo pavoroso, por eso me caso con ellas".

-Lo que pasa, es que “las mujeres están tristes" -dice Marcela Serrano, chilena, autora de varias novelas de tono "femenino". Lo están porque las circunstancias en que se debate el sentimiento amoroso son contrarias al compromiso, de creerse en el otro: "nadie quiere una gota de riesgo ni dolor. Es el signo de los tiempos. ¡Que nada nos toque! Ese es el nuevo concepto de salvación en esta modernidad arrolladora". El puro desencuentro. Por una parte, ya lo dice una frase célebre, los hombres están buscando una mujer que ya no existe y las mujeres un hombre que todavía no existe. En medio, una generación despertando a la búsqueda de su otra mitad, tratando de hacer posible, así sea por breve lapso (cual debe), los conceptos de Aristófanes (consignados en los Diálogos de Platón, el famoso Banquete o de la erótica), según este chamaco, "en un principio", en la tierra sólo había andróginos, seres masculinos y femeninos en el mismo cuerpo, bastante ocupados en sí mismos como para dedicarle un tiempecito a los dioses (¡ah, el amor!), lo cual, dicho sea de paso, les molestó bastante (a los dioses, se entiende) y por ello, Zeus optó por lo sano: los partió a la mitad... Desde entonces y hasta hoy, esos seres, ahora separados, han transcurrido en una errancia sin fin, buscando a su otra mitad. Cuando los amantes se encuentran devienen conspiradores arrogantes: no les importa el tiempo ni los dioses, se tienen a sí mismos; cuando el misterio se acaba -y es justamente el "problema" actual: la brevedad de los misterios- se tiene conciencia de todo nuevamente: la soledad y la búsqueda del otro porque "ahora sí" será diferente.

Estaremos de acuerdo con Marcela Serrano: nadie quiere sufrir, pero sobre todo los machines. Las mujeres son las que proponen -no me refiero a las que se sienten con un entorno protector al asumirse como propiedad del hombre- esperando que algún día se dé el milagro de ese varoncito a la altura de La Expectativa del próximo milenio.

¿Qué hombre sería? Para Erica Jong, a través de su alter ego Isadora, una de las razones por las que ésta siempre ha amado coger es porque durante un rato, ella tiene la atención indivisible del hombre (¿se convierten en el andrógino?), por lo menos en ese lapso dejan caer la máscara con los pantalones, ese "bendito intervalo de cara al descubierto". Menciona a su amante, Lowell Strathmore, personaje en su novela Paracaídas y besos, el más rápido para vestirse que siempre se daba "aquella hora mágica o algo así en que se despojaba de la mansión de Southport, su carnet de socio del club de caza, los dientes de su esposa, el caballo de su hija, su paranoia acerca de ser descubierto... y se comportaba como un ser humano (es decir, como una mujer)".

La mayoría -sobre todo luego que el misterio del otro ha sido develado- ni saben de lo que se está hablando: el tipo llega, se monta, puja, se va (o se viene, según se prefiera) y se pone a ver una película en la tele. ¡Ay, qué bonito!

Y aparece Martha Parada -le mando un saludo hasta el mero Rosarito, en Baja California- la inaguantable Martha para decirme que esta generación a la que pertenecemos (instalados y airosos en los iniciáticos "cuarentas"), esta carne de cañón, "vive con una Doris Day en el interior: obsesiva y terca por lograr la meta de tener la casa limpia, ordenada y perfectamente decorada; un papá que ni nuestras madres ni nuestras abuelas tuvieron, pero que Doris Day sí; unos niños modelo y por supuesto, nosotras rodeadas de amor y reconocimiento. Evocamos diariamente el juego de la casita como un ideal difícil de borrar”.

Algunos recordarán El tigre en la casa, poemario de Eduardo Lizalde. Los amantes de la ópera, sobre todo ellos, impostando la voz dirán: "claro. Sabemos quién es don Eduardo; finísima persona". Bueno, ese autor culto, fino, con clase, poseedor de una de las voces más "aguardientosas" del México contemporáneo, tiene un poema que reproduciré aquí y directamente del apartado Lamentación por una perra.  Va lo siguiente: La perra más inmunda/es noble lirio junto a ella/Se vendería por cinco tlacos/a un caimán/Es prostituta vil/artera zorra/y ya tenía podrida el alma/a los cuatro años/Pero su peor defecto es otro:/soy para ella el último/de los hombres.

Sí, es verdad que las mujeres están agresivas en la actualidad. Ya no piden permiso. Saben de lo que son capaces, ahora somos nosotros los que le sacamos al parche, pero aun así queda una minoría que se empeña en llevar a un lado suyo la tradición de dejarse "basurear" con tal de no perder "respetabilidad". Qué hueva: feministas ortodoxas que se pelean por un gañán; mujeres respetabilísimas que sólo sirven "para traer las cocas" y ser excelentes anfitrionas. Nada más. Damitas capaces de renunciar o traicionar todo con tal de no ser abandonadas por su machito. No confundir estos hombres con el ejemplo que expone Marcela Serrano de Marco Antonio y Cleopatra: luego de una feroz batalla cuerpo a cuerpo en que Cleopatra vio estrellitas, le dice, con voz modorra y agradecida, que no debe tenerle celos ni miedo a César. Cleoptara le perdona todo al Marco Antonio nomás porque se portó a la altura de las circunstancias y a nivel horizontal: "Tiene que ver con el deseo satisfecho -apunta la Serrano-. Siempre hay que relacionar esa idea con las conductas aparentemente inexplicables. Cuando un deseo profundo ha sido satisfecho, una mujer perdona. Si no ha sucedido así, no perdona nunca".

Al menos Cleopatra terminó bien feliz, sin embargo, las mujeres de las que hablo ni eso. Más bien tienen miedo. Miedo a los demás y los demás casi siempre son mujeres. Luego vienen los hijos, la familia, la posición, la respetabilidad. Eso es dejarse "basurear". Mujeres que buscan deseo y encuentran piedad, según Sabina.

Va la contraparte: ¿se acuerdan de Mellors el guardabosques de la villa de Constance Chatterley? El mismo que a la hora de los calambres en salva sea la parte, prefirió poner pies en polvorosa. Van las primeras y las últimas líneas de su carta a Lady Chatterley: "Se ha descubierto el pastel juntamente con unos pastelitos. Como sabrás, Bertha, mi esposa, regresó a mis brazos". Y el final: "puedes tener la seguridad de que los pecados siempre se pagan, sobre todo cuando se está casado con una mujer como Bertha…" ¿Quien pagó el pastel con los pastelitos incluidos?

Platicando con Martha Parada en Tijuana sobre nuestra generación, comentaba, con su clásico nerviosismo, que las mujeres evocan diariamente el juego de la casita como un ideal difícil de borrar, pero que su generación tiene tareas que le descuadran el ideal: el zapatito de tacón mediano "lo perdimos en el zócalo o en cualquier otra manifestación. Desde entonces, cada vez que la vida nos mete un chingadazo nos refugiamos en la búsqueda de ese zapatito. Y no sólo eso: nos recriminamos a nosotras mismas haberlo perdido". Cree sinceramente que las mujeres deben encontrar formas alternativas de vida y no una mezcla entre Doris Day y Betty Blue.

No sé si las mujeres lo permitirán. Son las mejores enemigas entre ellas mismas.

Parafraseando libremente a Malraux cuando se ocupó del carácter religioso de la próxima centuria o su imposibilidad en caso de no lograrse, diríamos: "el siglo XXI será femenino o no será" ¿La pareja podrá ser en esa centuria mujeril? Me cae que no tengo la más peregrina idea. Hace algunos meses me ocupé de los conceptos de Camille Paglia respecto a eso de "la naturaleza femenina". Esta chamaca habla de la necesidad de los hombres por hacer explícita y externa su masculinidad. Desde niños, y al momento de descubrir la sexualidad, hasta competencias hacemos para ver quien llega más lejos las micciones. Las mujeres no necesitan esos desplantes ni recurren a micciones imposibles: ellas se sientan para hacer lo mismo, "riegan" el suelo, echan raíces. Luego recordé a Jaime Augusto Shelley, el mismo de La Espiga Amotinada. Este muchacho dice que las parejas que perduran lo hacen por aceptación. Desearía él que el minuto de exaltación en la pareja durara, pero no sucede así, se acaba: "Es extraordinariamente difícil que una pareja mantenga un mismo camino, un mismo paso. El ritmo es distinto, se producen choques", entonces queda el pasado ("tanto tiempo que hemos estado juntos no pueden terminar así nomás"... suena conocido) que deviene en chantaje. Dice el poeta: "La parte más pragmática en la pareja es la mujer. Una vez establecida la relación, es la que aventura menos, la que menos se arriesga, es la que la hace volver los ojos atrás y no adelante".

No sé ustedes, pero a mí me parece que quienes están demandando cambios sustanciales son las féminas y no sólo por cuestiones referidas a la sexualidad. Shelley opina que una de las razones más importantes de la separación de los amantes es por la indiferencia sexual masculina respecto a la mujer y que la ruptura se da por la indiferencia justamente, no "de motu propio". Yo no lo creo, más bien es por una falta de compromiso que los hombres no sabemos llevar más allá de lo inmediato.

¿Qué sigue entonces? Bueno, pues ya que estoy en un plan de exacerbado Walter Mercado municipal, creo que los astros y diversas conjunciones con la luna hacen propicio, deseable pues, que las mujeres se dejen de feminismos a ultranza y asuman su feminidad. No es poca cosa. Los hombres, por su parte, debemos prepararnos para tratar, en la praxis (¡qué palabra tan high!) de comprender la circunstancia, la naturaleza femenina que hasta ahora sólo ha sido permeada por resentimientos, dolor, abuso... no sé por qué sentí que me mordí la lengua.

Finalmente, como lo apunta Héctor Aguilar Camín con una frase que quién sabe de dónde sacó: el amor se conjuga en presente perfecto, en pasado perdido y en futuro inminente. Bueno sería no hacerla de tos desde este momento.



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