Edición DICIEMBRE 2007

Por: Alicia Ortiz Magaña
“En esta ocasión, canto con placer a una mujer, le canto mi canción, mujer de verdad, mujer de corazón, Alicia Martínez… Licha se le dice… como un homenaje yo le canto esta canción, hijos y nietos, siempre le acompañan y le dan su último adiós...”
Hoy quiero rendir homenaje a una mujer que admiro, y quiero mucho; una que ha impactado muy profundamente toda mi vida.
Esa mujer que junto con mi madre me dio todas las herramientas para ser quien soy en este momento.
Mi abuela Alicia es por quien llevo el nombre, igual que mi mamá, lo que hizo que el vínculo de las tres fuera aún más estrecho.
Una persona por la que es digno escribir, porque desde su hogar, como esposa y madre, logró hacer su labor de mujer de sus tiempos: ser una amorosa pareja y una mamá incansable, así como el lazo de unión entre varias familias, ya que siempre permanecieron profundamente cerca las hermanas y todos sus hijos, siendo ella la promotora de esa cercanía, primero de sus hermanas, y más tarde, cuando sus hijos hicieron sus propias familias. Siempre mantuvo la unión en torno a ella.
Y tengo miles de historias que contar para ratificar esa convivencia que siempre se forjó a su derredor; una casa siempre llena de tíos, pláticas y largas sobremesas, horas de juego en el jardín hasta tarde, vacaciones de verano en su compañía, veladas de charla, viajes en tropa, pero sobre todo comida los domingos en casa de “mami” como le decían todos los nietos y bisnietos.
Licha, así la llamaban los que la conocían y querían, fue esposa de un gobernador de Michoacán, lo que la hizo encontrar la forma para ser digna representante y embajadora de nuestra familia. Quedó viuda a los 52 años, tan joven que le sobrevivió casi 34 años a su marido, mismos que ocupó en entregarse a su familia, amigos y sus actividades sociales y de ayuda a otros. Apoyaba a la Cruz Roja, Casa Hogar, formó un grupo llamado Unión Femenina Iberoamericana (UFIA) con las que ayudaron a muchos niños y familias de escasos recursos, y especialmente trabajó mucho por los niños con Síndrome de Down, entre otras actividades filantrópicas.
La convivencia… la unión… creo que son unas de las palabras que puedo reconocer como enseñanza, y se dicen fácil, sin embargo tienen una profundidad enorme desde esta perspectiva: al hacer el recuento de los bienes.
Martín Buber (1878-1965) dijo que el individuo se conoce a sí mismo a través del otro en una relación yo-tú, y se ve en el otro para conocerse e identificarse a sí mismo. Creo que mi abuela esto lo vivió y lo trascendió como legado para toda su familia. Fue digna representante de la relación de convivencia dando un lugar de respeto y admiración en la sociedad en la que ella vivió.
Ser mujer fuerte, independiente, entera, segura: legado que hoy reconozco en mí. Y que agradezco y admiro.
Ella me acompañó y enseñó en la vida… Yo, he tenido el honor de acompañarla en la muerte.
Aprender a vivir con todas las experiencias recopiladas en mi mente y en mi corazón a lo largo de exactamente 43 años es algo que se me agolpa de repente en estos días con tu partida reciente; aprender a vivir sin tu presencia física, sin verte sonreír, o sentarnos a comer. Es algo que por lo pronto no podremos hacer, y eso es lo que duele, aunque al solo mencionarlo se vienen muchos recuerdos de tantas veces que sí lo hicimos y confunde, porque parece muy real.
Deseo que junto con mi abuelito, Chalita, Tata, Chelo, Chucho, Cholita, y todos los que te esperaban y recibían del “otro lado” estés feliz y libre, haciendo todo lo que te gustaba y que tu cuerpo ya no te permitía en este plano.
Desde mis creencias la vida sigue, sólo cambiamos de “traje”. Gracias por todo lo que me enriqueciste en esta vida, por cumplir tu misión de vida, de mujer y dejarme un legado para crecer. Gracias por ser el centro y el ejemplo de unión y convivencia, soy testigo de tantas promesas que hicimos todos de permanecer juntos, y lo haremos por lo hermoso que nos enseñaste que era. Lo seguiremos disfrutando. Gracia por dejarme acompañarte en tu partida, ha sido un honor verte alejarte y saberte en paz. No hay palabras para describir esa experiencia.
Por eso solamente “Gracias por ser”, por dar, por enseñar.
Hasta pronto.