Edición Enero 2007

Otro sábado sin poder dormir hasta tarde. Morfeo como de costumbre se había llevado a mi novio a sus tierras lejanas. Sabía que no pretendía regresar en un buen rato.
Me paré de la cama, me puse sus pantuflas, agarré una cobija, preparé un chai y fui al cuarto de la tele a tirarme en el sillón individual que está justo de frente a la televisión; lo necesario para acurrucarse un fin de semana por la mañana.
“Sex and the City.” Temporada uno, disco dos, capítulo siete: “The monogamists.”
Qué gran placer. Cuatro grandes amigas, glamorosas y solteras, tocan su tema número uno de conversación: el sexo. Mujeres feministas en los treintas. Había todo que criticar y mucho que analizar.
Carrie Bradshaw, una de las cuatro fantásticas, se enamora del señor Big, un patán adinerado y mujeriego. Y tan rápido como Big llega a su vida, Carrie olvida a las otras tres inseparables solteras que la echarán de menos por la próxima hora. Suena familiar, casi todas las niñas en México desaparecen en cuanto un nuevo galán entra en sus vidas. Pero a diferencia de la amistad entre mujeres reales, las tres amigas de la televisión secuestran una noche a su Carrie para echarle en cara su abandono. No tuve más remedio que reflejarme en la situación. Cuando iba en prepa, planté a mis comadres por mucho tiempo, por alguien que resultó tener similitudes con las tendencias mujeriegas del señor Big, aunque mi ex mucho más guapo y carismático.
Entonces me di cuenta que en una época de mi vida, hace unos seis años, funcionaba como una de esas mujeres que tanto odio. Empecé a hacer un recuento del tiempo que abandoné a mis otras fantásticas por un clon del señor Big.
La mitad de mi chai estaba ya frío. ¿Cuándo se nos inculcó que al tener un querido, el nuevo galán y sus amigos sustituirían inmediatamente al grupo de fantásticas?
¿Pueden realmente los hombres con el papel de comadres sacerdotisas?
¿Tiene que ver con la tolerancia femenina al cambio o es un juego machista de control y dominio?
¿Por qué los queridos no se integran al grupo de nuestras amigas con tanta facilidad como nosotras al de ellos? ¿Será natural o los hombres no aguantan el comadrerío? No encontré respuesta.
Mi novio despertó, me di cuenta que quien yo tenía enfrente era alguien mucho más grande que el señor Big, o cualquiera que se le parezca, porque sabe valorar y respetar una relación. A las 12:00 le hablé a Val y Mafer, mis grandiosas comadres chilangas.
Esa tarde estábamos con él en la Condesa hablando sobre los problemas de cada una mientras sonaba Nora Jones. Necesitaba recuperar mis horas sagradas de intercambio entre comadres, hormonas, secretos y un chai latte de Starbucks, y mi hombre se portó de maravilla. No sólo escuchó intrigado, sino que además acabó dándonos consejos. Sólo necesitaba la oportunidad de conocer a mis fantásticas.
Esa noche, me sentí más completa. El conflicto entre sexos se liberó sin obstáculos.
Ahora no nada más yo formaba parte de sus amigos, sino que él también compartía comadrerías con mis amigas. Decidí que de ahora en adelante la banda femenina incluirá también a los preciosos queridos. Será una ley necesaria, sana y obligatoria cada fin de semana. Eso sí, los grandes secretos entre comadres tendrán que esperar a que ningún de ellos esté presente porque la testosterona, en algunos casos, sale sobrando.
Regina Merino
22 años
reginamerino@gmail.com