Edición Febrero 2007

William Styron murió hace algunas semanas. Era un jueves y tenía 81 años. Contra todos sus “esfuerzos” no llegó al fin de sus días por propia mano o voluntad sino por una neumonía, según la versión ofrecida por su hija. Es un milagro que así haya sido si nos atenemos a la condición de rehén de la depresión que fue, al menos en las últimas dos décadas de su vida.
Styron fue para mí solamente un nombre distinguido en la literatura al que nunca me he acercado (y me he prometido hacerlo) y del que sabía por referencias de amigos lectores. Apenas nos enteremos de su muerte, no sólo supimos más de su obra, sino de su condición (porque eso es) de víctima de la depresión. No son pocas las cosas que me inspiran miedo, pero caer en la depresión es algo que me aterra porque la he padecido. Styron me motiva a decirlo y sé que hay personas sencillas, comunes, que podrían haberlo hecho pero bueno, así es esto.
La depresión es una enfermedad en franco desarrollo en todo el mundo. Las advertencias sobre este mal apenas si son tomadas en cuenta y sólo se reflejan, tangencialmente, en el número de suicidios que lo acompañan. No parece que le estemos poniendo la atención que merece a una enfermedad incomprendida y mal diagnosticada que frecuentemente se asocia con la tristeza cuando ésta, la tristeza, es algo “natural” en determinados lapsos de nuestras vidas. La depresión es otra cosa. Una furia melancólica que se apodera de su víctima y le impide ver el color del cielo. Una pasión maligna bien correspondida. Un no vivir permanente, sin final; un túnel inabarcable, un tiempo detenido y una necesidad de soledad y compañía silenciosa que seca ya no el cuerpo o la mente: el espíritu. El alma. Es un óxido existencial.
La información disponible sobre la depresión no es como para sentirse menos “deprimidos”. Según Patt Franciosi, Presidenta de la Asociación Mental de Estados Unidos y ex presidenta de la Federación Mundial de la Salud Mental, “el 75% de las personas que padecen la enfermedad nunca recibe tratamiento médico, lo que las lleva a un cuadro de depresión profunda, la parte más grave de la enfermedad donde se puede perder al paciente por suicidio; además, 69% de los médicos acepta que no tiene los conocimientos suficientes para diagnosticar la enfermedad".
¿Qué hacer frente a una enfermedad cuyo combate ha sido frecuentemente errático a través de medicamentos y de terapias psicológicas? ¿Frente a qué “presencia” estamos? Difícil saberlo. Es un “algo” que se desencadena, un tigre que se libera, ataca y acecha permanentemente una vez en libertad. Uno ya no es el mismo a partir de entonces. Hay que andar con cuidado. No tocar ciertos resortes, mantener una distancia, atender las señales de peligro.
Styron, quien a los sesenta años padeció serios desajustes anímicos luego de dejar de beber, cayó en las manos (sería mejor decir garras) de los medicamentos cuyos efectos colaterales lo sumieron en una depresión suicida de la que apenas se recuperó (¿puede alguien realmente recuperarse del todo?) un año después y pasó varios meses internado en un hospital. De esa experiencia surge el libro Esa visible oscuridad y el compromiso de dar a conocer su experiencia y alertar a la sociedad sobre esta infame realidad de la depresión: “valeroso, verdadero misionero de su causa, Styron resucitó una y otra vez para convertir su palabra en advertencia, convocatoria y solidaridad con nada menos que la vida humana como causa y efecto, a la vez, de la salud mental. Pero en su lucha contra las tinieblas, Styron fue dejando la vida. El cuerpo le traicionó cada vez más inflingiéndole una herida tras otra”. (Carlos Fuentes, 4 de noviembre de 2006, periódico Reforma).
Como damnificado de la depresión estoy en contra de la medicación para tratar este mal siniestro pero no sé si existan los terapeutas capacitados o, mejor, sensibilizados para enfrentar esta enfermedad que permite, a costos altísimos, experimentar la muerte sin “vivirla”: ser zombis, esas criaturas que no saben que están muertas y que, según datos de la Federación Mundial de Salud Mental, son unos 340 millones en el mundo.
¿El testimonio ayuda? Para Styron era una de las formas de hacerle frente al problema e incluso, como ya se apuntó, escribió libros y ensayos al respecto además de asistir a conferencias en donde daba su vida como prueba de que se puede sobrevivir a semejante devastación.
¿Cómo llega la depresión? No se sabe otra cosa excepto que llega. Se asienta. Extiende su dominio en lo físico y lo mental. Es El Dolor, la no vida. La desencadena algo a veces irrelevante pero conectado con una cadena de hechos, de acontecimientos que un día, como toda enfermedad, llega a cobrar la factura y a vivir con nosotros. De ahí en adelante es una lucha que no conoce de treguas. Es una “conciencia”, una bestia que apenas admite se le moleste y los casos abundan auque pasen por diagnósticos banales: “anda en el down, qué hueva” o “aliviánate, déjate de victimizar”. Ojalá las cosas fueran solucionables con estúpidas frases de superación personal.
La depresión es un abandono de la vida. De perder sentido, de no dormir, de beber a solas y a cualquier hora, de querer estar acompañado y odiar la compañía, de reconocerse a sí mismo como el principal enemigo de uno mismo y temerse -creo los que saben le llaman esquizofrenia. La depresión empuja a pensar en el suicidio como la única salida decorosa: de meter la cabeza al horno de la estufa y aspirar como si fuera un perfume el gas esperando y no esperando que algo o alguien llegara a impedirlo; de tomar un frasco de pastillas y que no haya forma de volver atrás, de llorar ante la falta de valor para hacerlo y la falta de valor para seguir despierto.
Una víctima de la depresión puede resultar incluso insoportable y lo es. Es tratado como un paria y lo es. Es una carga en el ánimo, un fardo, un fiambre, una mirada sin brillo.
Salir de la depresión, algo que desgraciadamente toma años, lo describe Styron de la siguiente manera:
“Para los que han morado en la selva oscura de la depresión y conocido su indescriptible agonía, su retorno del abismo no es diferente al ascenso del poeta, subiendo penosamente más y más arriba hasta salir de las negras profundidades del infierno y emerger por fin a lo que él percibió como ‘el claro mundo'. Allí todo el que ha recobrado la salud ha recobrado casi siempre el don de la serenidad y la alegría, y esto quizá sea reparación suficiente por haber soportado la desesperación más allá de la desesperación”.
Muchos sabemos de esa agonía y libera un poco decirlo.
Raúl Mejía
rausmejia22@hotmail.com