Edición Febrero 2007

Y bueno, a petición de Cristina, miembro distinguido (“miembra distinguida”, para no ofender al feminismo) de esta revista electrónica me pongo a deslizar el lápiz (cosa difícil siendo computadora) para ver si sale algo. Lo dudo y me sorprende que me pidan “chorear” sobre algo de lo que es casi imposible hablar con propiedad o con datos irrefutables. ¡Como si yo supiera algo del asunto! Más bien, como muchos y muchas, soy un damnificado de semejante sentimiento. ¡Oh, qué desgraciado soy, por los clavos de Cristo!
Pero sí se siente bonito eso de estar enamorado, hay que decirlo de entrada. No me refiero a ese “estar enamorado” de los hijos, de los padres, de la familia. No. Sabemos a qué nos referimos.
Aunque parezca un monumento a la cursilería, saber qué es el amor es cosa de lugares comunes, por ejemplo “amor es tu sonrisa”… o frases inmortales que les dejo de tarea a los cinéfilos: “Amar es no tener que pedir perdón” o una de verdad matadora en el contexto en que se pronuncia: “Nosotros tenemos Paris…” y la última: “Hay cosas que sólo se sienten una vez en la vida y eso siento por ti”. Eso es el amor y un amor para que pase a la historia personal de manera significativa o pase a la Historia (con mayúsculas) de la humanidad… debe ser trágico o cuando menos un drama pero nunca un melodrama. Ya lo dicen los clásicos: los amores felices no hacen Historia.
Un sentimiento que a todos nos hace felices siempre está permeado por la infelicidad ¿por qué? Ni idea. Pero así es. Como ya lo dijo el filósofo José José, “el amor acaba” y ésa es la bronca: ¿por qué acaba? ¿Acaso antes no acababa y es “culpa” de esta trepidante modernidad o posmodernidad? Más adelante pondré algo al respecto. Digamos que en el último párrafo (no se vayan a olvidar de esta información).
Últimamente he pensado que la “culpa” la tiene la pasión, ese sentimiento del que uno es gozosa víctima. La pasión, ese padecimiento (de ahí nace la palabra) nos hace ver cosas y decir otras que no son del todo ciertas o que están circunscritas al momento justo de esa locura y está bien. Las pasiones, como dijo alguien, no se analizan, se obedecen… y así nos va muchas veces.
Lo malo es que la pasión, que es un vil padecimiento, cumple sus propias reglas: si algo se padece… dejará de padecerse. Ya sea porque uno se “alivia” o se muere. La pasión pues, se acaba. Eso no hay la menor duda. La pasión sólo requiere, para Ser, de un ingrediente: el deseo… y éste para ser deseo también requiere de algo básico: la imposibilidad. Sobre esto hay un chamaco bien picudo que se las sabe todas: Lacan. Es un perro este tipo y si quieren saber más de eso los remito a sus libracos. Yo paso. Demasiado elevado para mis terrenales reflexiones.
La pasión pues, busca satisfacer un deseo, una imposibilidad y cuando el virus pasional nos agarra… Oh my God! Es de lo más satisfactorio porque se establece ese momento mágico de la unidad platónica antes de que Zeus separara a los andróginos… o dicho en palabras del grupo Timbiriche “tú yo somos uno mismo”. El lenguaje de los amantes es exclusivo y excluyente (valga la redundancia) y en ese momento en que el tiempo se detiene y las mentiras, que dicen más que la verdad, fluyen sin control, se está plenamente en el amor, amor, amor.
Pero se acaba, carajo. ¿Saben por qué? Porque el deseo, cuando se cumple, deja de ser deseo.
Yo creo, a mi augusta edad de medio siglo y luego de haber jugado varios partidos en la liga premiere y en la municipal (y haber pagado las consecuencias de tal desacato) que el “problema” está en la pasión: si uno quiere que el amor sea eterno mientras dure, debe hacer algo con la pasión. Aprovechar, digamos, esa magia para construir algo más allá de la carne (pero sin renunciar a ella porque no se trata de una penitencia).
Ahí está lo difícil porque el mundo moderno está en contra del amor duradero. Los roles han cambiado, las mujeres han avanzado de manera descomunal y nos han dejado a la orilla del trayecto amoroso. Parece que ellas están buscando un hombre que todavía no existe y los hombres una mujer que ya no existe. En otras palabras, está cabrón.
Terminajos como compromiso, lealtad, fidelidad, parecen descabellados pero de verdad creo que son esenciales si queremos salir airosos de un mundo al que no le importa lo que hagamos mientras seamos productivos, consumidores, olvidadizos, sin referentes, sin sentido religioso de la vida, plagados de razones y no de sentidos.
Y bueno, la verdad no soy quien para decir algo del amor porque me ha ido como en feria (pero lo bailado no me lo quita nadie, eso sí).
En mi computadora me encontré algo que escribí sobre el amor y que dejo nomás como referencia. No les dejo el texto completo porque estaba (yo) en fase intelectual y eso es insoportable. Creo sirve a fin de cuentas. Así que salud y déjense llevar por la pasión y hagan algo decente con ella… porque se acaba, amiguitos. Se acaba.
La sociedad actual está sobre institucionalizada e impide el proceso de retransmisión de la Ley a nivel de lo simbólico; todo se normatiza. Se desresponsabiliza cada vez más al individuo de sus actos dejándolo dentro de una incertidumbre que dificulta el estar en pareja. “La segunda modernidad, con su individualismo no lineal, es el resultado de la retirada de las instituciones clásicas (el Estado, la clase, la familia nuclear, el grupo étnico). Los roles que en la primera modernidad reproducían individuos y sistemas lineales han sido ahora transgredidos”
El individuo está inmerso en un amor caótico, un amor sin referentes reales que hacen girar la mirada hacia la idealización de un amor posiblemente inexistente (debido a las circunstancias sociales actuales, la búsqueda del amor a partir de una diferencia que pareciera irreconciliable) y nostálgico. Al amor resguardado por instituciones que lo hacían funcionar y en donde ahora pareciera que se ponen cada vez más trabas para su realización: La falta de Ley, de referentes comunes, el individualismo egoísta, la casi nula retransmisión de lo simbólico del padre a los hijos, la inserción de la mujer al campo laboral, la independencia, la libertad... El amor como derecho de réplica, el amor como elección.
Raúl Mejía
rausmejia22@hotmail.com
La individualización. Ulrich ech y Elisabeth Bech – Gersheim. Edit paidós, pag 14.