Edición Julio 2007

 

LOS PLEITOS ENTRE HERMANOS

Por: Rosa Barocio

 

Las peleas entre hermanos son una de las mayores preocupaciones que tienen los padres de familia, y quizás uno de los consejos más difíciles de aceptar es el de no intervenir.

siriusfem, hermanos, peleas, agresion¿Qué pasa cuando se pelean los hermanos? Imaginemos la situación: estamos ocupados terminando algún quehacer de la casa cuando escuchamos unos gritos alarmantes y corremos rápidamente esperando lo peor, para encontrarnos con uno de los niños llorando y acusando al hermano o hermana. Y es interesante ver que cada uno de nosotros ya tiene, en esta novela familiar, asumido su papel: está el  bueno, el malo y el feo, que en este caso el feo es el juez, que invariablemente es el padre o la madre. Como jueces damos en seguida nuestro fallo a favor del que parece más lastimado, del que grita más fuerte, o en su defecto, del más pequeño. Si observamos detenidamente podemos decir que con frecuencia es el mismo hijo el que ya tiene el papel del “malo”, mientras que el otro es el  “bueno” o la víctima. Y el resultado del veredicto es que nos quedamos sintiendo incómodos, por las miradas que matan, por supuesto, del “malo”.

Estamos asumiendo un papel que no nos corresponde, el de jueces, porque ¿acaso somos videntes para saber exactamente qué pasó?

¿Cuántas veces ese niñito indefenso con mirada de ángel es el provocador que cuando nadie lo mira, pica al hermano con algún comentario o lo molesta de manera imperceptible para los adultos; y luego, se regocija interiormente porque han regañado al hermano? ¿Qué ocurre cuando ayudamos a perpetuar estos roles de “buenos y malos”, de víctimas y agresores? Pues que desgraciadamente son roles que nuestros hijos aprenden a asumir para el resto de sus vidas... y no debe, por lo tanto, sorprendernos que cuando van a la escuela se repitan los mismos sucesos.

 El niño que juega a la víctima en casa, juega a la víctima en la escuela. Este hijo llega a casa llorando o quejándose de que los otros alumnos lo molestan, de que la maestra no lo quiere, o de que le pegan o lo maltratan. Simplemente está cumpliendo con el papel que le hemos enseñado a asumir. Y si yo como padre o madre voy a la escuela a quejarme con la maestra o a defenderlo contra todos esos niños, ayudo a perpetuar su conducta. El día de mañana se casa con alguien que a su vez se aprovecha de él o encuentra un trabajo con un jefe abusivo. Así cumple en la vida con lo que aprendió desde niño, a ser una víctima de la vida.

Desgraciadamente todos conocemos a personas que pasan sus vidas como víctimas, siempre quejándose, con el mundo entero siempre en su contra y la verdad es que no la pasan bien.

Sí tenemos que escuchar a nuestros hijos cuando se quejan, pero hay que dejarlos que resuelvan sus conflictos y evitar el primer impulso de ir a salvarlos, de intervenir y sobretodo, de hacerle de jueces. Así, los ayudamos a aprender a enfrentarse a la vida, a resolver sus conflictos, y no depender de nosotros para sacarlos de apuros. Al responsabilizarse de sus acciones, los fortalecemos. Hay que enseñar a nuestros hijos que la vida es una aventura llena de retos, y que vale la pena vivirla.

 

 

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