Edición Julio 2007

siriusfem, mi sociedad

 

DE “LA CREACIÓN DE ADÁN” A LOS BORGIA

Por: Lisseth Nava

 

siriusfem, creacion de adan, los borgiaHija y amante de un papa, Alejandro VI; tía abuela de un santo, San Francisco de Borja y hermana de un criminal sifilítico, Cesar Borgia, Lucrecia fue una de las mujeres más hermosa de la Italia renacentista. Sin embargo, dentro de ese glamour meramente italiano la relación que nos lleva de Miguel Ángel Bounarroti a la familia Borgia nos entregará un sinfín de complicaciones y personajes, fantásticos en el acto y culminantes en sus hechos.

En esta ocasión, “De La Creación de Adán a los Borgia”, la conexión no es precisamente directa, no obstante nada ha de fulminar el proceder de causas y consecuencias que parten de los Borgia hasta el fresco de la Capilla Sixtina (cuna de santos, santidades, beatificados y condenados). Por tanto ¿qué relación podrían tener La Creación de Adán, el Papa Julio II y Lucrecia de Borgia en una Italia de exquisitas y depravadas cortes donde, por aquellas épocas, era común servir pócimas venenosas a los invitados con elegante ademán y sonrisa obsequiosa?

Permítanme partir de la exuberante Lucrecia de Borgia (eternizada en pintura, en más de una ocasión, por su hermosura angelical) para con esto dar explicación al inicio de una de las más grandes obras de arte de la historia Italiana.

Así pues, detrás de la época medieval y a inicios del famoso y profuso Renacimiento, la unión de ambas, es decir, por un lado la sublime obra de arte magistralmente llevada a cabo por Miguel Ángel y por otro lado la turbulenta vida de los Borgia, tiene inicio con el papado de Alonso de Borja, mejor conocido como Calixto III. Pontífice que nos une misteriosamente, mediante sus hazañas, con una gran lideresa de nombre: Juana de Arco; la cual gracias a la revisión encabezada por Calixto III fue declarada inocente de la herejía que le atañó la Iglesia Católica del medievo.

Si bien era mucho lo que se decía e inventaba de los Borgia, nada les quita o les quitará su fama por la vida licenciosa y corrupta que solían llevar por aquellos tiempos. Aunado, es mi deber reconocer que este pontífice (Calixto III) fue el autor del título Borgia (adaptación italiana del Borja de origen español), el cual fue engrandecido por su nepotismo y consumado con sus grados de atropello y extravagancia. Gracias a él, su sobrino Rodrigo Borgia (el futuro Alejandro VI) fue elevado al cardenalato en 1456. Y es justamente en este punto en donde comenzó la historia…

La belicosa vida absolutista encabezada por los Borgia parte de esta simple y enorme pauta. Alejandro VI, padre de Lucrecia y César Borgia, determinó su pontificado por las consideraciones familiares, el incremento de las fortunas de sus hijos a través de nombramientos eclesiásticos y políticos, así como los múltiples arreglos de ventajosos matrimonios. Sin embargo, dentro de los aspectos, hipotéticamente, rescatables de su pontificado se encuentran: la publicación de las Bulas Alejandrinas (en donde se establecía legalmente la participación de España y Portugal en el Nuevo Mundo) y el envío de los primeros misioneros a América, asunto de suma importancia para aquella iglesia decadente, cuestión que le sirvió para engrandecer su ya enorme poderío eclesiástico. No obstante, estos aspectos “positivos” quedaron eclipsados por la corrupción y la ambición exaltada con el título Borgista. Así, sin más ni más, murió el 18 de agosto de 1503 dejando un sinfín de complicaciones a sus precoses sucesores.

Esta familia de incontables atropellos era fríamente señalada por la enorme cantidad de injurias en las que se vio envuelta, resaltadas sobretodo por las habladurías de sus múltiples y afamadas orgías dentro de ese mundo meramente autónomo y autoritario; en donde el poder y la fortuna eran los determinantes perfectos y preferidos por cualquiera.

¿Pero qué une pues a lo Borgista, tan embriagador como poderoso, con un personaje de aspecto cabizbajo y depresivo como lo era Miguel Ángel…?

Michelangelo Buonarroti -mejor conocido como Miguel Ángel- estuvo, al igual que Lucrecia, en una lucha continua y en un esfuerzo desesperado y embriagante por no ceder ante los hombres ni ante las circunstancias. La unión (no directa) de estos dos personajes quejosos y encantadores fue efecto de uno de los enemigos más íntimos de la familia Borgia. Su nombre: Julio II.

Permítanme esclarecer el hecho. La lucha por el poder y las infamias para conseguirlo eran el modo de vida de César, eran su rutina, sus anhelos y ambiciones. Es por esto que al año siguiente de la elección de su padre como Papa, César, que entonces tenía 18 años, fue nombrado cardenal; y aún con ese título se hizo sospechoso de complicidad en el asesinato de su hermano Juan y, claro, hay quien afirma que efectivamente lo mandó matar.

Para César pecar, dentro de su magnánimo poderío, era sólo cuestión de tiempo o de diversión; como lo eran las orgías en la cuales adquirió la sífilis. Sin embargo, él no era el único Borgia acreedor de semejantes locuras. Dentro de ese encanto Italiano surgió en el 1501 el mito que posteriormente fue llamado “el misterioso infante romano”, un supuesto hijo, fruto de los amores incestuosos de Lucrecia y el Papa Alejandro VI.

Pero no todo estaba empapado de estrafalarias acciones. En 1501 mientras César era nombrado por su padre Duque de Romaña y continuaba con sus múltiples y muy afamadas conquistas (gracias a las cuales se hizo acreedor de variados enemigos); Miguel Ángel encuentra el punto culminante de su estilo con una gigantesca escultura en mármol: el David.

Buonarroti hizo surgir, de ese pedazo de 4 metros de mármol, al héroe del Antiguo Testamento representado como un joven atleta desnudo y musculoso -en tensión- con la mirada fija en la distancia, buscando a su enemigo Goliat; con tal seguridad, como si la figura se encontrase desde siempre en el interior de la piedra. Eso era Miguel Ángel, era una búsqueda y un afán sin descifrar, como lo era Lucrecia, dentro de esa realidad tan mundana y a la vez tan alta y exquisita. Ambos eran la representación de esa Italia insaciable, de esa exploración exhaustiva por algo más… algo que sólo uno personaje en la historia, hasta el momento, había encontrado: la inmortalidad.

Sin embargo, sería hasta el declive de los Borgia, o gracias a su derrota, cuando Miguel Ángel alcanzaría la inmortalidad y la fama de ese renacer profuso y diáfano que marcó el rumbo del mundo y de las artes.

No obstante; no faltaba mucho tiempo para que ese momento llegara, y mientras eso pasaba en el mundo que Buonarroti se negaba a vivir; César Borgia (hermano de Lucrecia) realizaba las hazañas que le valieron más tarde para ser el prototipo del héroe político descrito en “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo.

Como era de dominio público, dentro de la descarada vida Borgista, César fue el personaje que más lamentos, asesinatos y depravaciones le colgó a su tan galante apellido. Éste Borgia, famoso por sus costumbres licenciosas y su temperamento violento, fue un hombre sin escrúpulos, traicionero y cruel con sus rivales políticos, dentro de los cuales se destacaba justamente el Papa Julio II; el que llegó al pontificado después de la muerte de Alejandro VI (padre de César) en 1503 y gracias al cual de forma directa nos acerca a la sublime Creación de Adán.

A la muerte de Alejandro VI, la vida de los Borgia comenzó a desmoronarse. Partiendo de César, sus malestares con la sífilis y posteriormente su muerte, hasta Lucrecia y su desaparición social por más de diez años, siendo a causa de un indescifrable aborto su entrega al Dios que tanto amó y dudosamente comprendió o respetó dentro de su cortesana existencia.

Julio II, enemigo jurado de los Borgia, subió al papado y se consagró a cumplir sus muy enormes sueños, a continuar el poderío del pontificado que le entregó Alejandro VI y a llenar el Renacimiento de renacieres artísticos.

Fue hasta el 1508 que Julio II le confirió la Capilla Sixtina a Buonarroti, como compensación por no haberle dado su monumento funerario, pese a las especulaciones que recibió de sus interesados y allegados consejeros.

Dentro de dicho espacio, Miguel Ángel comenzó los trabajos totalmente solo al grado de enfermar pese al esfuerzo que requería pintar durante horas y horas recostado en las duras tablas y con poca iluminación. Pero no era sólo el esfuerzo lo que le preocupaba a Buonarroti, también la constante insistencia por parte de Julio II  (dado a que sentía el fin de sus días cada vez más cerca y no deseaba morir sin ver terminada la obra). Miguel Ángel culminó el fresco cuatro meses antes de que el papa falleciera, y se coronó como icono en las artes y el mundo, llevando a su Italia a ser madre del renacer y propiciando los más grandes cambios políticos e históricos gracias a la idea de comenzar por medio del arte a descubrir el cuerpo y la mente… a encontrar las ideas.

Y es justamente la Creación de Adán lo que nos ha dejado –Buonarroti- en su legado por este mundo; es esa sublime obra de arte que luce radiante en su espacio y sus mediciones excéntricas, que nos demuestra lo precioso del espacio y lo increíble y necesario del vacío para recuperar lo ocupado… en ese nulo vacío que se deja entre el dedo del Dios y la pretensión constante del mortal por acercarse a ese cepo y ser más.

Los Borgia, considerados los dueños de la hermosa Italia, de su esplendor y su arte, de sus cortes y diversiones, nunca midieron su exaltación pero con ellos, al igual que con Miguel Ángel Buonarroti, moría toda una época y concluía ese portentoso momento histórico que conocemos como Renacimiento Italiano.

 

 


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