Edición Julio 2007

Por: Santiago Rojas Valdivia
Contesté el teléfono para enterarme de que mi vida ya no sería la misma a partir de ese momento, mi futuro estaban condicionado por el tiempo que me quedaba. El cálculo del médico variaba de una a tres semanas, dependiendo de cómo viviera. Terminé la llamada y apagué el teléfono con un sentimiento de catástrofe y nostalgia. Todos mis planes futuros se abalanzaban frente a mis ojos pidiendo prioridad. Deseché los más banales y traté de concentrarme en lo importante, respirando pausadamente.
Asumí que me llevaría más de un minuto tomar con calma la noticia, así que decidí tranquilizarme y seguir en lo que estaba. Del escenario del teatro comenzaron a sonar unas palmadas rítmicas y un conteo en pares, ordenando a las bailarinas a moverse al compás. Los sonidos reverberaban por todo el espacio negro, y llegaban a mi lugar multiplicados. Justo al centro del grupo de cuerpos contorsionados logré identificar el rostro que buscaba, a la mujer por la que estaba ahí. Ella continuó su rutina mientras me miraba de reojo. Busqué mi libro para hojearlo. Una página bien leída se lee donde sea, pero con el tiempo encima y cada segundo pesando en mi espalda, pasaban las letras por mis ojos sin sentido alguno.
Levanté la cara regresando al escenario donde alguna vez me había presentado con un cuarteto de músicos. Ese día el foro se había llenado, aunque nunca pude distinguir al público con los reflectores dirigidos hacia mí. Ahora, el mismo espacio era una enorme boca oscura y silenciosa. Regresé a la lectura esperando que mi amiga terminara su rutina, pero fue inútil tratar de comprender el texto, las palabras seguían pasando frente a mí sin lograr ser entendidas. Siguieron en mi mente los planes truncados, me concentré en los inmediatos y salí a buscar un café.
En el lobby del teatro encontré una cafetería semidesierta, con una mujer instalada en la pereza y un periódico en las manos. Pedí un americano mientras buscaba la mesa más apartada. El primer sorbo invariablemente me quemaba la lengua, no fue la excepción pero no hubo queja, pensando en un futuro en que ya no pasaría. Me acomodé la silla para meditar un poco, tomaba las cosas con mucha calma. Traté de armar un itinerario en una servilleta, terminé rallando tres. Seguí sorbiendo de la taza, mientras pensaba en la manera de darle la noticia a mis seres más queridos. La vida de la calle transcurrió por el ventanal del teatro, la tarde oscureció hasta el gris. Seguí esperando.
Una mano en mi hombro y un beso en la mejilla me regresaron la cabeza al cuerpo. Ella se sentó frente a mí, acomodándose el cabello húmedo después de un baño. La veía sin reaccionar, pensando en la vitalidad de sus gestos y en las frases que había pensado decirle durante una semana. No podía pensar ya en un nosotros, omití lo que ella y yo queríamos que pasara. Le conté de la llamada, de la bomba de tiempo en mi cabeza en forma de coagulo, del plazo que se me agotaba en cada segundo. Mientras le explicaba pude ver como dejaba escapar algunas lágrimas, sabía que nuestra historia tenía un fin más allá de toda ilusión.
Instintivamente vi el reloj. Sin importarme la hora lo arranqué de mi muñeca para echarlo al arrollo vehicular. Había decidido quitar los calendarios de mi vida. Ella hablaba de planes imposibles, me ofreció estar a mi lado hasta el desenlace. Acepté y tome su mano para acercarla a mi boca. Callamos mientras nos mirábamos de frente, ella sonrió con suavidad. Veía en sus ojos una situación desesperada.
Sus palabras rompieron el silencio, regresó al pasado para contarme una historia que ya conocía pero no había escuchado de su boca. Quedé con un sentimiento de amarga alegría, nadie había descrito como ella, ese momento en que había entrado al bar buscando no sé qué y me había encontrado a mí copa en mano mirando al suelo. Cada palabra de ella se clavaba en mi espinazo a manera de alfiler, me helaba las manos y provocaba en mis mandíbulas tensión. La escuché hasta donde pude, hasta donde le pertenecía mi historia. Ella comenzó a llorar mientras atraía mis manos a su rostro.
Tres meses atrás fue, que después del bar habíamos caminado por reforma entre las luces blanquecinas bajo el fondo de un cielo casi negro. Yo miraba hacia las estrellas pensando en cómo se vería el resplandor de la ciudad desde el espacio. Ella desmadejaba con pasos tranquilos la historia de un año pasado de desamor con otro hombre, hablaba de miedo, de precaución, de tiempo para pensar. Tal vez le dije cosas mientras pensaba, reflexiones en voz alta que la hicieron sentirse entendida. La similitud de nuestras experiencias, pero desde el lado contrario, comenzó a hacernos sentir cercanos y confortables. Ese día terminamos en mi departamento.
La mujer del mostrador dejó el periódico y se levantó cafetera en mano a ofrecerme más café, pedí otra taza para María. No tenía palabras para ofrecerle explicaciones ni consuelo, me entró la sensación de haber vivido ese momento con anterioridad, haciendo más confusa la escena. Después de dos tragos, María alejó su taza y me atrajo hacia ella para besarme. Un beso que pasó desapercibido para mí, respondí por instinto. Me sentí molesto por su sorpresiva entrega después de haberse negado durante dos meses a ser mi pareja, pero ya sabía que ella siempre esperaba a que las cosas llegaran al extremo para reaccionar.
María comenzó a enfrascarse en mis problemas, decidió que me olvidara del pago de los impuestos de mi carro y la última renta, que pidiera mi liquidación en el trabajo. Ella se iría a mi departamento, recortaría al máximo sus actividades para estar conmigo. Habló de un viaje lejano, de una playa, de visitas urgentes a mis familiares. Después de que había puesto distancia entre nosotros, con cada palabra acortaba el espacio desesperadamente. Sacó una hoja para enumerar mis prioridades. Con cada palabra suya, la vida que se me iba más rápido, aceleraba su agonía para dejar de ser mía y pasar a ser de su incumbencia. Mi pie comenzó a golpetear el piso nerviosamente, sentí tensión en las falanges.
La lista llegó al número veinte, ella no dejaba de inventar actividades, de crear un futuro instantáneo para mis no sé cuantos días restantes. Alcé la mano para pedir la cuenta, la mujer que atendía reaccionó con pereza y lentitud. María no paraba de hablar, fui víctima de la desesperación ante tal acometida de planes que no contemplaban los míos. Saqué un billete de la cartera y lo dejé en la mesa antes de que llegara la mesera. Salí con prisa y sin rumbo de la cafetería, antes de María me arrebatara lo que me quedara de vida con esa lista interminable de planes.
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