Edición Marzo 2007

Me comentó una madre de familia que su hija de 8 años, al despedirse de ella para irse de campamento con su grupo de escuela, vio que lloraba y le dijo, “No llores, mamá, acuérdate que los hijos somos prestados.”
Me impresionó que una niña de 8 años pudiera hacer esta reflexión, y me hizo pensar en la lucidez que tienen los niños de la actualidad, cómo nos parecen confrontar a veces con comentarios que nos paran en seco. Y podemos tomarlos como algo personal y ofendernos, o escuchar y tomarlos en cuenta como reflejo de lo que ven de nosotros, o de lo que sienten. Hoy en día los padres tenemos muchas oportunidades de crecimiento si nos tomamos un minuto y escuchamos lo que nuestros hijos nos dicen.
Por lo menos, cuando yo era pequeña pensaba muchas cosas, pero ¡qué esperanzas de decirlas! Sin embargo, ahora vivimos una época muy afortunada, en cuanto a que nuestros hijos tienen la libertad de expresión que nosotros nunca tuvimos. Pero es cierto que tenemos que enseñarles a expresarse sin ofender o lastimar, mostrarles el “cómo”. Porque, por supuesto, que la libertad de expresión no da el derecho de herir. Y aquí está un trabajo difícil para los padres. Tienen que aprender a validar los sentimientos, las emociones de los hijos, pero cuando sea necesario, tienen que poner un límite a su comportamiento. Decirles: “Hijo, te quiero escuchar. Para mí es importante lo que sientes. Pero no puedo permitir que seas grosero. Me puedes decir lo que piensas sin faltarme al respeto.”
“Entiendo hija que estás enojada y sí me interesa platicar contigo. Con mucho gusto podemos conversar pero una vez que las dos estemos calmadas.”
“Sé que lo que hizo tu hermana te enfureció y lo quiero aclarar contigo pero no puedo permitir que le pegues.”
Es importante apreciar esta nueva libertad que tienen nuestros hijos. Qué importante es que puedan expresar lo que sienten, lo que quieren, lo que les molesta, lo que les atemoriza… Al permitírselos, podemos limar asperezas que de otra manera se convertirían en resentimientos y heridas que después cuestan mucho sanar. Al dejarlos expresarse hay un compartir que permite una nueva posibilidad de relación. Sí, una posibilidad de relación como nunca tuvimos con nuestros padres. Pero esto requiere apertura de nuestra parte para tener una verdadera comunicación. Y a final de cuentas ¿qué es lo que más quisiéramos de nuestra relación con nuestros hijos? Que un día, cuando sean maduros, nos busquen porque quieran nuestra compañía, porque disfruten estando con nosotros. Qué diferencia de pensar que un día nos busquen porque es su obligación, porque no les queda de otra, o porque se sienten culpables si no lo hacen.
Conforme pasan los años me doy cuenta que las relaciones significativas son pocas, que la amistad es algo precioso que tenemos que valorar, cuidar y cultivar. Tenemos que empezar a sembrar ahora en nuestros hijos, a través del respeto, la apreciación y la constante comunicación para que cuando sean adultos cosechemos una relación de cariño que perdure a través de la distancia y del tiempo.
Rosa Barocio
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