Edición Marzo 2007

siriusfem, mi sociedad

 

ENTRE SUEÑOS

 

Con las horas de trabajo a cuestas y la púrpura marca del cansancio en los ojos, sin siquiera poder soportar el simple peso de la ropa; Julián cegó la luz de la oficina y salió, no sin antes dejar escapar una mirada al interior. Las columnas de papel sobre el escritorio bajo la escasa luz que escapaba a las persianas, semejaban edificios a punto del derrumbe en medio de un caótico mar de objetos de oficina.  Cerró. Ciento veintitrés pasos contados a la calle, ni uno más. Cinco días a la semana, ocho horas diarias, quince años de repetida trayectoria de vida en que no podían fallar las cuentas.

No había más que dar diez pasos hacia enfrente del edificio, para llegar al paradero. Julián limpió la fría banca de metal con un pañuelo desechable para dejarlo libre de lluvia. Se sentó a la espera del autobús, impredecible, no había itinerario fijo para el transporte, menos a esas horas en que la gran ciudad cierra los ojos para descansar. Con las manos en las rodillas alternaba la mirada a ambos lados de la calle, acostumbrado a la escasa vida nocturna de la calle, se acompañó silbando la tonada de siempre, esa que regresaba a él desde los días en que no había empeñado su vida.  En el reflejo del pavimento todavía húmedo, se arrastró hasta sus pies la luz del autobús. Ordenó el alto con el brazo y fue tragado.

Después de las monedas, buscó un espacio frente a la puerta de descenso y cerró los ojos para apaciguar un poco el cansancio. ¿Cuantas veces se habría mentido con eso del último día, de la última semana o comenzar con un lunes?, siempre terminaba devorado por pendientes hechos torre que ocupaban más horas de las que le retribuye su salario. Siempre esperando una señal extra a avisarle que hay vida más allá de las horas de oficina, pero no llegaría nunca con ese tren de vida, y si llegara, no se percataría. Cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás, reposándola en el frío vidrio del autobús.

El siempre largo camino a casa a veces parecía alargarse más, o se acortaba, dependiendo del ánimo del día, del agobio. Pero los ojos respondían a las vueltas y accidentes del trayecto, a los baches y cantidad de luces que surcaran sus párpados cerrados, y siempre abrían justo una cuadra antes de su casa. Y lo que había pasado por su mente en el camino, nunca eran sueños o ideas dispersas; siempre número y nombres, tablas y oficios. Pulsó el botón, bajó a la acera y caminó pisando las huellas de su sombra hasta la puerta que cuidaba su espacio. Desde la última vez que habría extraviado su llavero, había optado por colgarse el más nuevo con un cordón para zapatos en el cuello. A veces se le enredaba con el crucifijo, último símbolo de fe a la vida que guardaba. Julián había perdido todo sentido del tiempo, sus días se partían sólo en sol y luna, en trabajo y reposo. Pasos sin contar y muros traspasados lo llevaron a la sala, dónde dejó lo que le sobraba y siguió a la cocina. No había más que una hilera de cajas con lo mismo, en el frigorífico un cartón de leche fresca y unos cuantos frascos añejando el contenido. Tomó un plato, una cuchara y se fue a la mesa.

No había nada qué pensar, nada de qué reír o llorar. Los actos de observación se habían convertido en movimientos programados sin sentidos de sorpresa. Julián movía la cuchara hacia la boca, haciendo sumas de las horas que faltaban para levantarse de nuevo y regresar a aminorar las montañas de pendientes sobre su escritorio. No había prisa, ya que hace tiempo había extraviado el sueño en alguna de las cajas de papeles de oficina. Cerraría los ojos una vez más, para dar bandazos entre las sábanas, para echar una mirada al reloj hora tras hora y de nuevo levantarse a laborar.

Aquella noche no encendió el televisor de compañía, no pidió respuestas a la radio sobre el acontecer político del país. Al dejar el plato en el lavadero, la cuchara brincó hacia el suelo y se escondió bajo la alacena. Con pesadumbre, Julián buscó a tientas. Sus dedos encontraron un pedazo de envoltorio que atrajo hacia la luz, surgió la cresta de una veladora envuelta en celofán amarillento. Un intento más, pero la cuchara había encontrado su escondite. El hombre se incorporó apoyando la mano en la rodilla, que después sacudió y masajeó. Desnudó el pedazo de cera que no había tocado el tiempo, no encontró recuerdos de su compra, y aunque lo hubiera hecho no se acordaría. Buscó un vaso de cristal para encenderla.

Julián recordó que en una esquina de su casa, de algún mueble, habría dejado un crucifijo cubierto por el tiempo. Un pedazo de madera y porcelana, tallado y hormado el siglo pasado; recuerdo de su fe en tiempos de niñez. Revivió el pequeño altar con un cerillo, no encontró que pedir ni por qué rezar, su fe se había oxidado hacía tiempo y no acertó a llevarse aunque sea una plegaria a la boca. Formó una cruz en el aire y se fue a la cama, la llevó a su frente para después retirarse a dormir.

Sólo esa noche, después de un largo túnel Julián salió a un basta llanura en que volaba por el sólo impulso de sus piernas. De una nube se formaron rostros conocidos, brincó hasta un puente y flotó por toda la ciudad hasta llegar al campo. El impacto del aterrizaje lo cimbró de cuerpo entero, antes de hundirse en el río. Al salir secó inmediatamente, estaba  a medio prado con un sol que llegaba de todas partes, y en medio de la nada un solo árbol de grueso tronco. Las ramas comenzaron a cantar al mismo tiempo que detrás de la madera se escapaba una risa de campanas cristalinas. Julián se hundió en el pasto y se estiró para alcanzar la risa. Detrás de la corteza se encontraba un niño envuelto en una sonrisa permanente, desnudo como la verdad. De mirada en cárabe y cabello negro, piel blanca y rosa encarnación en las mejillas Después de ser bañado por la vida de los ojos del infante, el hombre intentó asirse al pequeñito, pero este se escapó y corrió por  todas partes hasta disolverse en el blanco de la luz de la mañana. De todo, sólo la sonrisa se filtró al mundo conciente.

Como todos los días, Julián se levantó y se preparó para un día más. Salió a la calle a esperar el autobús. Siempre a esa hora media humanidad hormigueaba por la banqueta, y el asfalto invadido de neumáticos frenéticos. Sin más que esperar, el hombre se sentó al pie de la escalera, victimado por el agobio de una vida ocupada. Bastó un momento de silencio en su mente, para que se colara desde sus sueños la sonrisa de aquel niño, se salió cabeza y comenzó a rebotar por las paredes y ventanas de la calle. Aunque sólo estaba en él, comenzó a abarcar el rededor. El ambiente ensordeció y la película que estaba presenciando, comenzó a rodar con lentitud.

Abordó unos minutos, descendiendo otros después y cruzando varias puertas; ya estaba frente a los rascacielos de papel. La oficina comenzó a poblarse, a saturarse de pláticas entre tazas de café y saludos cotidianos. El olor a gente, a traspaso de papeles, a cables con llamadas entrantes todo el tiempo; no fueron suficientes para descartar las persistencia de la risa infantil en la cabeza de Julián. Dibujaba con la pluma del recuerdo la silueta de un rostro candoroso, que pasando los segundos se tornó en obsesión. Las manecillas se fueron acomodando nuevamente para indicar otra salida.

Fueron varios los intentos de Julián por recuperar el sueño con tal de ver de frente esos ojos que lo habían bañado de deseo.  De una incontenible angustia por saber que había detrás, que lo llevaban invariablemente a un callejón sin luz y con un sentido de pérdida profunda. Ya no había un como sino un por qué, a cada hora y todas las noches intentando encontrar esa puerta y ese túnel que aquel día lo habían tomado de la mano. Comenzó a dictarle preguntas sin respuesta a la mano que con trazos cada vez más abigarrados, intentaba escribir la fórmula, los pasos que había seguido aquella noche que había podido tocar de nuevo el mundo de los sueños. Días partieron arrancando pedazos de papel al calendario, Julián seguía perseguido por aquel infante de ojos ámbar a toda hora, en cada acto de su vida. La risilla juguetona permanecía plagando sus abstracciones, permeando todos sus recuerdos. Fueron muchas las noches de sábanas enredadas y piel bañada en sudor, siempre despertando con la mirada fija en el techo, siempre con el corazón tocando una danza frenética y alimentando la desesperación con hondas bocanadas de aire.

La obsesión se alimentó de Julián, que no acertó más que a sonreír cada que de nuevo regresaba el recuerdo del infante. Deambulaba de oficina a casa y viceversa con una sonrisa absurda, con la lista de pasos de aquél día apretujada en la mano. Una noche más y un regreso a la revoltura de objetos en que se había convertido su morada, la puerta se cerraba con pesadumbre, franqueando los pendientes de oficina pero no los del alma. Julián se desplomó y abrazado por los brazos del sillón, cerró los ojos. El absurdo arrebató algunas gotas de sus ojos, tratando de salirse de ese mundo de rutina que había creado. Se levantó para ofreces una súplica instintiva a aquel crucifijo de la infancia, al que había pedido y agradecido tantas cosas, esas que la vida diaria había borrado.

La esquina del mueble del altar, conservaba lágrimas empolvadas de la veladora que habría encendido hacía un tiempo para no pedir nada especial. Eso que le habían dado. Sopló para espantar el tiempo y limpiar a la figura en cruz. No tenía más qué ofrecer o encender en esa casa, sólo un profundo pedimento, una explicación para salir de la maraña de ideas que perseguía. Habló desde lo hondo y de frente a sus creencias, recuperando fe con sus palabras. Arrancando al tiempo la esperanza perdida de una vida plena. Después de mil palabras, fue a hundirse al colchón.

Julián cayó enrollado en las cobijas, en sus tribulaciones, cerró los ojos. El remolino de ideas lo levó al centro de un huracán, dónde justo al centro había una puerta de madera. Tomó el pomo de la puerta, se desprendió en pedazos de cristal y alas de ave que lo llevaron al largo túnel, siguió el verde resplandor correteado por hileras de papeles que le hablaban. Llegó a la amplia pradera poblada por la risa que ya había reconocido. El hombre, flotando en una hoja de árbol, llegó hasta el grueso árbol y se lanzó hacia su tronco. Ahí estaba de nuevo el niño, que no paraba de emitir esa sonrisa cristalina, la misma que había acompañado a Julián a todas horas. El hombre, agobiado por las largas horas de escuchar lo mismo, tomó al niño de los brazos al que no paraban las mejillas de brincar, guardando una inocente alegría.

Una sacudida y mil preguntas salpicaron el espacio, la desesperada acción hizo cambiar las sonrisas del infante en sollozos. Julián hundió las rodillas en el pasto, con el niño en brazos, los “porqué” se revirtieron para agolparse en su mente por sus actos. Abrigó con su camisa al niño, y le acercó el perdón al alma, a los oídos, mientras el mar se le escapaba por los ojos. Las épocas de su historia en soledad llenaban cada hueco de su alma, de unas manos regordetas se acercó una caricia al rostro de Julián, que poblado de enigmas escuchó un susurro a las preguntas que había querido entender. “Soy tú yo, aquél que has perdido en el tiempo, al que has abandonado en las líneas del deber, al que has matado con rutina y has hundido y condenado a un profundo olvido”

Con la añoranza en los brazos, Julián hundió al niño en su pecho, lo sostuvo ahí hasta que el sol inundó el campo verde con estrellas en cantidad eterna, hasta que parara de llorar y encontrar la luz eterna. Una silla vacía de oficina y un diario andar por las orillas del tiempo, nunca valdrían lo que el hombre acababa de encontrar. Julián nunca quiso regresar.

 

Santiago Rojas Valdivia
sanrojasv@yahoo.com.mx 
http://www.arteimaginador.com

 

 

 

 

 

 

 

Informacion Legal | Publicidad | Directorio
Hecho en México
Sirius Fem, www.siriusfem.com y www.siriusfem.com.mx son marcas registradas, Derechos Reservados.