Edición Marzo 2007

siriusfem, mi sociedad

 

“TEPITO, TIERRA SIN LEY”, Crónica de un desalojo involuntario...

 

“Tepito es tierra sin ley, si lo ven a uno solo hasta pasan por encima, pero si ya ven a más de 10, entonces sí, ya respetan”,  me dice un oficial de la policía local.

Es un caluroso miércoles 21 de febrero. El Eje 1 Norte se pinta de azul y no precisamente por algún partido político o de fútbol. Son cerca de mil elementos policíacos que tienen la orden de no moverse de ahí, de vigilar que los habitantes del número 40 de Tenochtitlán y del 33 de la calle de Jesús Carranza, del predio “La Esperanza” se vayan, terminen de sacar todos sus muebles y artículos personales porque sus casas han sido expropiadas. Así se los hicieron saber desde el día del Amor y la Amistad, el 14 de febrero, y desde esa tarde, Tepito, el barrio bravo por antonomasia, vive un ritmo agitado; las vidas de comerciantes, narcomenudistas, clientes, y habitantes en general se ha modificado.

Pero esta tarde el movimiento y la agitación es mayor. Luego de siete días de aviso de expropiación, el gobierno capitalino, en voz de Marcelo Ebrard, puso un ultimátum y les da hasta las 4 de la tarde para abandonar el lugar.

Yo tengo la orden de ir a reportar qué está sucediendo en ese sitio, cómo va el desalojo. Como otros compañeros reporteros llego a la entrada de Jesús Carranza, donde está el principal retén. Y la fotografía es la siguiente: cerca de 50 granaderos armados con tolete, casco y escudo plantados en la entrada de la calle, quienes turulatos por el sol no bajan la guardia y no permiten la entrada a nadie que no compruebe, credencial de elector en mano, que tiene que entrar ahí.

Hay cuatro visitadores de la Comisión Nacional de Derechos Humanos del Distrito Federal. Se les reconoce por sus filipinas blancas con el sello de la comisión. Ellos, igual que una decena de reporteros, se quedan a la espera de que algo suceda, de que el retén abra paso para que puedan acceder al inmueble y observar; hacer su chamba pues. Pero nada, pasan los minutos y las horas y nada.

Yo me acerco a una esquina, le pregunto a uno de los azules si se puede pasar, y muestro mi credencial de reportera. El oficial la mira y su boca se hace forma de trompeta para alargar un “¡¡¡uuuuuuuuuuuu!!!” y rematar con un “No’mbre señorita, la prensa no puede pasar”. “¿Por qué?”, le pregunto, “Son órdenes”, me responde muy serio, muy cumplidor de su deber. Yo insisto, “Pero, ¿cómo entonces voy a hacer mi trabajo?”. “No, pus nadie de ustedes ha entrado”, me replica, para luego aconsejarme: “Si quiere entrar, rodee las calles, pero no saque su credencial, así no, mejor diga que viene a ver a un familiar”...  Yo reto su ingenuidad y le digo “Bueno, vengo a ver a un familiar”... y el oficial muy serio me responde: “No, no puede pasar”.

Me doy la vuelta y unos reporteros del Canal 11 me confían que a ellos una señora les ofreció meterlos si querían. Les digo que me lleven. No lo pienso dos veces. En el camino, un oficial me echa bendiciones y me desea suerte. Yo sigo sin valorar si es peligroso o de verdad es pura ficción lo de ahí adentro, lo que incrementa mis ganas de seguir.

Una señora que vende ropa descarga su enojo y me comenta. “Estábamos mejor con el PRI, el PRD, me cae que nomás viene a mamar chichi y luego ya nos bota”. Se refiere a la campaña electoral y todas las promesas que hizo Marcelo Ebrard para llegar a la jefatura de gobierno. El sentimiento entre comerciantes, taxistas y todos los habitantes es de traición, no se puede leer de otra manera. Me cuenta que el problema es la entrada de la cocaína al barrio, que antes, cuando nada más se vendía contrabando, hasta los maleantes se habían reformado, pero que ahora las cosas se les fueron de las manos, porque hasta la policía le entra al negocio.

Alejandra, una joven de veintitantos, morena, de pelo teñido y sonrisa franca me lleva, en el camino se nos unen vecinos, quienes me adelantan detalles sobre el vía crucis que se ha convertido el mentado desalojo. Entramos por la calle de Aztecas donde la constante son puestos de herrería vacíos, pues esa tarde la venta ha estado floja, nula pues, debido al desalojo. Al paso, jóvenes en motoneta, diablitos conducidos por barrenderos, más barrederos tirados debajo de los puestos en clara expresión de un cansancio agotador. La razón se confirma cuando entro a la vecindad con edificios pintados de color naranja y azul. La mudanza va en serio. Cajas, muebles, ropa, puertas, ventanas, nada se queda. Alejandra me alecciona, “Si te preguntan algo, venimos a ver a mi tía Ana”.

Entramos.

Yo miro todo lo que puedo, hago las veces de una cámara fotográfica, porque efectivamente, ningún reportero está allí. Por una estrecha puerta de herrería blanca entran y salen trabajadores de limpia con todo lo que pueden cargar. A lo largo del corredor hay una tienda de abarrotes y unos altares, uno de ellos ya vacío, donde me dice Alejandra, estaba una virgen de Guadalupe; en el otro altar, todavía de pie un San Judas Tadeo.

Seguimos avanzando y llegamos hasta el departamento de la Tía Ana. Un espacio de 48 metros cuadrados, dos recámaras, una cocina que hace las veces de centro de lavado, un comedor y un baño. Sólo eso en la casa de Ana. Ahí está pues ella con su marido, están en la cocina, la ropa sucia y la cara desencajada. Lágrimas secas, así como la boca de tanto dar órdenes a los cargadores, de tanto subir y bajar para vaciar esos 48 metros de espacio.

Los veo y no sé cómo empezar a preguntar, quiero salir de ahí y ver toda la vecindad pero no se puede. Estoy clandestinamente y hay riesgo de que alguno de los elementos policíacos que están dentro me cachen y me saquen y entonces ya no podría transmitir al programa de radio lo que estoy viendo. Ni modo. Me quedo con ellos.

Suavecito, las familias que todavía quedan ahí, unas 30, se pasan la voz de que una reportera está ahí y suben. Comienzan a contarme las cuitas de su mudanza, las formas violentas y el mal trato por parte de los polis que, con arma en mano, iban y les decían que tenían que abandonar el lugar. El coraje no se puede ocultar y unas lágrimas se hacen presentes. Me quedo sola con Ana y me cuenta que ella es empleada de un Nutrisa y su marido vende juguetes. Su casa no estaba en mal estado y ellos no son delincuentes. Por eso su queja. No entiende por qué se tienen que ir ni las formas. Me dice, “Ojalá que a Ebrard, Dios le multiplique todo lo que nos está haciendo”. Me muestra las escrituras de su casa, prueba de que no es un regalo de nadie. Es suyo y ahora quién sabe dónde van a pasar la noche, quién sabe si les van a pagar lo que valía su casita.

Comienza el programa de radio, me enlazan. Ciro Gómez Leyva anuncia que Fórmula de la Tarde estará en Tepito, dentro del predio ubicado en Tenochtitlán 40. Es mi turno para hablar. Yo inicio y Ana, que está cerca de mí me pide que baje la voz porque nos pueden descubrir. Yo atiendo la indicación y continúo. Estoy detrás de un colchón matrimonial que están a punto de llevarse, pero de cualquier manera puedo ver por la ventana que los “azules”, los polis armados, no están jugando. No dejan de dar vueltas y observan, vigilan y cumplen la orden de no retirarse de ahí hasta que todo esté vacío.

En este momento, los servicios de luz, agua y gas son cortados. La familia de Ana se quería dar un último baño en la que fuera su casa, pero es demasiado tarde, porque ya ni agua hay; ni modo, “mugrosos nos vamos”, se resignan.

Casi dan las cinco de la tarde. El ultimátum está a punto de cumplirse. Puertas y ventanas terminan de ser desmontadas por hábiles herreros. A las cinco, el INVI, el Instituto de la Vivienda del gobierno capitalino, citó a los colonos para iniciar las pláticas sobre los arreglos de sus nuevas viviendas o bien, los montos para que alquilen un lugar. Ana no sabe qué hacer, lo más seguro es que no asista porque faltando unos minutos para la hora, aún no han terminado de bajar todas sus pertenencias, mismas que ya casi no caben en la casa que le prestó una de sus hermanas, a sólo unas cuadras de Tenochtitlán.

El reloj finalmente indica las cinco, termina el programa de radio, pero no la mudanza, se ve que todavía les falta un rato. Yo finalizo mi reporte, mi trabajo de infiltrada por un día. No hay más que decir en ese momento. Ahora lo importante es salir de ahí sin ser vista. El marido de Ana se ofrece a encaminarme. Lleva cargando unas ventanas y así salgo tras de él. Para ese momento, el cerco policiaco ha arreciado. Veo a un camarógrafo tratando de tomar algunas imágenes, pero no lo dejan. Nada como estar adentro para verlo todo, pero yo ya voy para afuera, donde también puedo ver montañas de ropa tirada, muebles y gente pepenando lo que pueda; así como gente salvando lo que pueda. Me pregunto entonces si estoy en México o en algún Ghetto nazi. 

Al día siguiente dejan entrar a toda la prensa. Ya con la luz del día y la autorización, se ven los detalles. Casas blindadas y pasadizos secretos, puertas que dan salida al techo, como emergentes en caso de contingencia. Ante la opinión pública, no queda duda. El inmueble era un medio seguro para vendedores de droga, a pesar de que ahí viviera gente que no se dedicaba precisamente a eso. El jefe de gobierno, el Ebrard al que le desean que se le multiplique todo lo que está haciendo, anuncia que demolerán el lugar y que la misma acción se repetirá con otro predio conocido como La Fortaleza, y que luego irán al oriente de la ciudad, porque saben que los delincuentes migrarán e intentarán hacer nido en un nuevo lugar.

Yo, como gente de a pie, me pregunto si derribando a todo Tepito se acabará el tráfico de droga y las narcobodegas. Al rato quizá tengan que expropiar y derribar media ciudad como medida para que los narcomenudistas no tengan  dónde vivir, y entonces quizá se demuestre si fue o no efectiva la acción del gobierno de la Ciudad de México, si Ebrard los traicionó o de verdad les está haciendo un favor.

 

Adriana Matamoros
naucalpan90210@yahoo.com.mx

 

 

 

 

 

 

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