Edición Mayo 2007

Por Rosa Barocio
En uno de mis cursos una madre me preguntó si estaba yo de acuerdo con dar recompensas a los niños. Ella me platicó que acababa de mudarse de ciudad y sus hijos estaban insoportables. Al mayor, de 10 años, le había dado por hablar como niño pequeño, al de en medio por pelearse, y al más chiquito
por hacer berrinches. “La verdad,” me dijo, “ya no sabía que hacer, así que se me ocurrió comprar una bolsa grande de dulces y les dije que si cada uno hacía un esfuerzo, el mayor de hablar correctamente, el de en medio de no pelearse y el pequeño de no emberrincharse, les daría un dulce cada 15 minutos.”
Me preguntó mi opinión y tuve que decirle lo que pienso acerca de los premios. A mí me parece que tener que ofrecer una recompensa a un niño, es tratarlo como a alguna especie de animalito. Me parece muy adecuado si estamos entrenando a un perro, o a un caballo. Eso hacen en los circos para amaestrar a sus animales con excelentes resultados; pero hacer esto con un niño es faltarle al respeto. Le estoy diciendo que no lo creo capaz de hacer lo que pido a menos de que le dé algo a cambio. También le estoy dando el mensaje de que aquello que le pido no tiene valor por sí mismo, y por lo tanto, como le estoy pidiendo algo tan absurdo o carente de sentido, le tengo que ofrecer una recompensa.
Y me van a decir, “Pero las recompensas sí funcionan”. ¡Claro que funcionan! pero hay que recordar que hay muchas cosas que funcionan a corto plazo pero pagamos un precio a largo plazo. Cuando se trata de educar al niño siempre tenemos que preguntarnos “¿Lo que hago hoy, cómo afecta a mi hijo a futuro? ¿Cuál es el precio?” Porque también amenazar y golpear funcionan, pero pagamos un precio muy alto: lastimamos la autoestima del niño.
Los premios tienen otro peligro: aparte de tratar a los niños como animales de circo, iniciamos una carrera sin fin. Hoy le doy un dulcecito, mañana una muñeca, pasado un reloj ... y es el cuento de nunca acabar. Y luego decimos “¡Esos niños son insaciables, no se conforman con nada!”
Pero no, no son insaciables los hacemos insaciables. Un niño que necesita un regalo para estudiar y sacar buenas calificaciones tiene la idea de que estudiar no es algo que vale la pena, es algo tan inútil que le tienen que ofrecer algo para que lo haga. ¿Por qué ofrecerle un premio al niño que estudia cuando es un privilegio el poder estudiar? ¿Cuántos niños en el mundo quisieran tener esa oportunidad y a nuestros hijos que la tienen hay que dales algo para que la aprovechen? ¿Para quién estudian, para mí o para ellos? Distorsionamos la realidad cuando los premiamos para que estudien.
Y si te quedó la duda de qué le respondí a la madre del principio, lo primero que le dije es que su dentista iba a estar feliz, que sus hijos estaban encantados con los dulces pero pronto se iban a hartar, y que si sus hijos corregían su conducta por los dulces, quería decir que lo podían también hacer sin ellos.
Hay que recordar que estamos lidiando con seres humanos que merecen ser tratados como tales. El niño es un ser digno de respeto, si lo tratamos así, lo enseñamos a valorarse.
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