Edición Mayo 2007

Por: Laura Romero
Era un viernes por la tarde, estaba llegando a casa dispuesta a dar comienzo al fin de semana. El viernes ha sido desde hace muchos años mi día favorito, no sólo porque es el preludio al fin de semana, sino porque ese día el ambiente en el trabajo es especialmente agradable, como si toda la gente, agotada del trabajo de la semana, tuviera un aire festivo.
Paris estaba fresco y como cada tarde al regreso del trabajo, me dispuse a tomar mis 15 minutos de respiro, durante los cuales armada con mi café y el concepto del reposo más absoluto me quito paulatinamente la etiqueta de “Médico Especialista Investigador” para convertirme en “Mamá-Ama de casa” hasta el lunes por la mañana.
Llegué a casa antes que ellos, mis hijos pequeños, de 13 y 15 años; dos de los tres regalos que la vida me dio. El mayor vive más allá del océano en una hermosa ciudad del este de los Estados Unidos. Él vive lejos y cerca de nosotros porque siempre está presente y comparte lo trivial y lo importante de cada día. Somos la muestra viviente de la familia “muégano”.
Me considero una mujer verdaderamente privilegiada. Nací en la ciudad que yo considero la más bella del mundo, Uruapan, Michoacán, México y vivo en el corazón de la ciudad que todos los demás aseguran que es la más hermosa del universo, Paris. Me formé en los mejores hospitales del planeta: Instituto Nacional de Cardiología y el Instituto Nacional de la Nutrición y trabajo en el hospital de más tradición y prestigio de Europa, un antiguo hospital fundado por Luis XIV, el Rey Sol, se llama La Pitié Salpetriere. Mi trabajo es apasionante... soy una médico privilegiada, hago lo que me encanta hacer y ¡me pagan por ello! La única condición que puse cuando me contrataron ahí fue que mis horarios y mis vacaciones coincidieran con los de mis hijos, y lo logré... Sólo por esa enorme ventaja acepté dejar lejos mi México, al resto de mi familia, a mi mejor amiga, mis hospitales, mis pacientes y mi lavadora que tan bien funcionaba y que acababa de comprar.
Se me olvidaba decirles que yo vivo sola con mis hijos y que resulta complicado encontrar la fórmula que permita mantener el hogar, hacer un trabajo de calidad y tener tiempo para estar presente en el hogar y educar a mis hijos y esa posibilidad me dio Paris. Me entiendo muy bien con mis dos adolescentes, siempre los he disfrutado mucho, y confieso que a ratos los estrangularía por detalles que tienen que ver con su edad (y con la mía), en casa el amor, las risas y la firme disciplina van de la mano; aunque para lograrlo, también confieso que se requiere una férrea voluntad, consistencia, paciencia y sí, una condición física maravillosa para realizarlo. En casa existen las sanciones, a veces duras, pero jamás el castigo físico.
Además de lo que ya les he relatado, si me preguntan qué me hace falta en el exilio, les contestaría ¡que tantas cosas!... Por sólo mencionar algunas les diría que el calor y la risa de nuestra gente, la música, los dichos, los albures, la luz del sol, los colores de las flores, las frutas, un chayote, los nopales, los tomates verdes, una tortillería y sobretodo ¡Eréndira! Eréndira, admirable y entrañable mujer totipotencial, mezcla de nana, hada madrina, cocinera perfecta, que mantenía mi casa y nuestra ropa impecable, que compartía mis tribulaciones y alegrías de la rutina diaria, que mimaba a mis hijos de más desde que nacieron y que hacía posible con su labor maravillosa que llegara a casa sólo a disfrutar de mis niños y descansar. Yo sabía que al partir, Eréndira preferiría –como lo hizo- sabiamente quedarse con su marido, que el glamour de Paris... Para ser franca, fue la persona que más echamos de menos en los primeros tiempos... y sí, también cada día cuando me toca “atacar” las labores hogareñas después de mis consabidos 15 minutos de reposo; esas labores que se repiten sin piedad cada día y que no esperan; labores que quedan interrumpidas de 6 a 8, momento en que la pantalla se apaga y solamente queda música suavecita pues son las horas que mis hijos y yo estudiamos y leemos... Más noche cenamos juntos, nos platicamos el día vivido y luego vemos alguna película para después pelear durante media hora, para que se vayan a dormir, sin estar convencidos de mis argumentos sobre la ventaja de dormir por lo menos 8 horas diarias cuando ellos preferirían seguir “chateando” con los amigos o viendo algo en la tele. Mis hijos son buenos alumnos, bien deportistas, chiquillos inquietos y ocurrentes, pero respetuosos y buenos, traen a sus amigos a casa o salen con ellos, al cine o a comer una hamburguesa, su vida es sana y bonita.
Con esos hijos perfectos, de una madre perfecta, médico con un trabajo perfecto, ama de casa bastante imperfecta, dividiendo mi vida entre mis amores: mis hijos y mi trabajo y considerando que mi vida era maravillosa, ese viernes en la tarde no podía entender por qué, sin mediar un disgusto o una discusión, mi hijo de 13 años decidió irse de la casa y alejarse de mí, de su familia y de su hogar ¡TAN PERFECTOS!
Y yo que pensaba autonombrarme “La Madre del Siglo”, y si existiera un premio Nobel a la maternidad, yo me lo hubiera dado... hasta el fatídico viernes del pasado diciembre cuando tuve que preguntarme “¿por qué mi hijo no soporta más estar conmigo, con su hermano y en su casa?” Al principio creí que era una broma, ni siquiera nos habíamos disgustado... poco a poco la incredulidad fue dejando espacio a la ira ante su insensatez de no medir las consecuencias de una fuga y cometí el error de enviarle una amenaza de que lo obligaría a regresar aunque la policía tuviera que encontrarlo... en ese instante corto toda comunicación posible. Eran las 8 de la noche, él no sabía “andar tarde por ahí”... a esa larga noche le siguió el día, yo estaba segura de que aparecería por la mañana, que lo solucionaríamos y todo volvería a ser igual... pero no llegaba y el día avanzaba, yo me negaba a comenzar a buscarlo, a llamar a sus amigos para preguntar si había dormido ahí.
Mi hijo siempre había sido puntual, responsable, respetuoso... Una mezcla de incredulidad y vergüenza me impedían comenzar a buscarlo. Quizás las horas más difíciles fueron cuando comenzaba a obscurecer nuevamente, era casi el principio del invierno y a las 5 de la tarde ya era de noche en Paris. Llegó la segunda noche y yo quise convencerme de que si no regresaba era porque quizás iba a aprovechar su fuga para irse a una de esas tardeadas que tanto le gustan y a las que sólo va de vez en cuando, al final del trimestre como premio a sus buenas calificaciones. Pero a ratos no podía evitar pensar en la posibilidad de que lo que comenzó por una fuga se hubiese convertido en una de esas pesadillas que a veces escuchamos con horror en los noticieros o leemos en los periódicos, en esas cosas terribles que les pasan a otros, pero no a los míos; eso, ¡imposible! Me negaba a pensarlo siquiera...
Decidí aferrarme a la esperanza, y quise pensar que después de la imaginada tardeada llegaría el domingo por la mañana y el lunes nuestra vida volvería a ser la misma de antes...
Sólo que el domingo volvió a obscurecer, y mi niño no llegaba, ni daba señales de vida. No podía más e hice lo que hasta el momento me había parecido exagerado: fui como una autómata a la policía a declarar “desaparición de un menor”. Entregué una foto de mi niño a un desconocido para que la búsqueda comenzara en la calle, en los hospitales, en la morgue. El dispositivo que se echa a andar es admirablemente eficiente y sí, aterrador. El grupo especial que se ocupa de esos asuntos se llama “Brigada de menores de Francia” para ellos, un menor desaparece y todas las posibilidades existen y ponen en marcha todos los medios, pues las primeras horas son las más importantes y hasta yo era sospechosa de la desaparición. Aquellos tipos profesionales y respetuosos eran inquisitivos. Aún no se había cumplido una hora de que había declarado la desaparición de mi hijo y ya estaban en mi casa (un domingo por la noche) interrogándome, buscando indicios en su cuarto, mirando hasta el último rincón secreto de su computadora y echando a andar toda la maquinaria de búsqueda e investigación que yo sólo había visto en películas.
Las siguientes horas me recuerdo sentada con un block de notas y dos teléfonos haciendo mil llamadas, anotando números y nombres, agotando posibles pistas... admirando la ecuanimidad de mi otro hijo, su apoyo invaluable y tranquilizando al enloquecido hermano mayor que moría de angustia en la distancia y que siempre fue tan ecuánime en las situaciones de crisis, hoy estaba fuera de sí de inquietud. Yo quise recurrir a mi optimismo de siempre, preferí la esperanza, yo sabía que el lunes en la mañana él no faltaría a la escuela... él, siempre tan puntual y responsable en la escuela... regresaría ese día. ¡Me aferré tanto a ese momento de las 9 de la mañana del lunes! Eso me permitió sobrevivir a la noche del domingo, en la que ya ciega de llorar, debía parecer un espanto, sin dormir, sin comer, pero aún dueña de mí lograba que la esperanza prevaleciera por encima del horror... hasta las 9 de la mañana del cuarto día cuando me informaron que no se había presentado en la escuela... ahí me derrumbé, ahí creí lo peor, ahí aullaba del dolor pidiendo que me entregaran a mi hijo aunque fuera en pedazos. ¿Dónde estaba mi niño pequeño? Apenas ayer era mi bebé y lo tenía en mis brazos y hoy me lo habían desaparecido... me estaba volviendo loca...
Aún no puedo ni escribirlo de corrido... revivir esos momentos es demasiado cruel, sólo porque las cosas son hoy como son es que puedo hacerlo; la terapeuta que me sigue desde entonces me aconsejó escribirlo, y me sirve de mucho sacarlo del fondo de mis vivencias, sin duda alguna, la más aterradora que he pasado, y espero que para ti que lo lees, sea de alguna utilidad.
No soy capaz de contarles las horas que siguieron sólo sí decirles que el lunes volvió a caer la noche y que como a eso de las 8 supe que mi hijo estaba vivo el día anterior, pues andaba buscando un sitio donde dormir y había contactado a un amigo. La llamada de la madre de ese joven la recordaré como la luz más bella en medio de las tinieblas de mi profunda desesperación. Horas más tarde nos avisaron que lo habían visto cerca de casa; su hermano salió corriendo a buscarlo, tuvo que perseguirlo varias calles y convencerlo de que volviera sin temor a represalias; de que regresara, porque no quería. Mi hijo no había sido víctima... mi hijo se había ido voluntariamente y no quería volver a su hogar perfecto de la familia perfecta, de la madre premio Nóbel. Junto a la maravillosa imagen de saberlo vivo vería la realidad de su huida voluntaria.
Alejandro volvió; traído por su hermano, dijo que iba a volver pero todavía no. Estaba asustado de ver todo lo que su fuga había ocasionado. Como él sabía que estaba bien y que no estaba en peligro, asumía que nosotros también lo sabíamos, miraba con incredulidad y asombro todo lo que había generado y el estado físico y emocional en que nos encontró.
Durante las primeras horas estaba serio y temeroso. Yo era ante mis propios ojos una desconocida, un ser irreconocible mezcla de alivio, de agotamiento con huellas de llanto y de insomnio de tantos días y sobre todo, terriblemente dura y fría con él. Mi actitud no podía ser planeada, ya no me quedaban fuerzas para pensar, sólo para ser; fui como me nació. Le dije que lo adoraba pero que en el momento no intentara acercarse a mí después de lo vivido por sus hermanos y por mí, lo cual iba a ser muy difícil de borrar. Había tanto por resolver.
Generalmente les pido a mis hijos que me hablen y yo escucho, esta vez fue exactamente a la inversa, necesitaba que primero escuchara mi discurso que fue nacido desde lo más profundo de mi sentir, de lo que quedaba de mí en ese momento. Le aseguré lo enorme e infinito de mi amor por él y el de sus hermanos, enseguida le comuniqué cuál era la sanción a la que se había hecho acreedor, que le recordaría cada día haber perdido algo que tenía y que había perdido por un largo tiempo por no medir las consecuencias de sus actos: la televisión, su computadora y su consola de juegos quedaban confiscados hasta el final del año escolar. Enseguida le comenté que yo no podía ni quería poner candados en la puerta para evitar que se volviera a fugar; si quería irse podía hacerlo, pero siendo menor de edad, estaba bajo mi responsabilidad, y como no estaba dispuesta a volver a pasar por lo mismo ni quería que sus hermanos volvieran a pasarlo, si se iba, sería la policía quien lo encontraría y que mil veces prefería saberlo en una correccional que imaginarlo muerto o en pedazos. Asimismo le dije que él no se daba cuenta que era un privilegiado por tener el hogar y la familia que tenía y que si deseaba quedarse era bajo las reglas que en este hogar existían.
El discurso terminó, yo seguí fría y distante por muchos días, pero después, poco a poco se fue dando el acercamiento natural. Entonces, le dije que para poder comenzar a explicarme y explicarse a sí mismo qué había pasado, imaginara por un momento que yo desaparecía de sus vidas voluntariamente durante cuatro días sin que supieran nada de mí... ¿Qué me preguntaría al llegar? Entonces me dijo que me preguntaría ¿Cómo estás? Y ¿qué pasó? Entonces, “Mi niño –le dije- háblame, dime ¿cómo estás? ¿Qué pasó? Y comenzó a contarme que nunca imaginó hacernos tanto daño, que se fue porque estaba cansado de la disciplina de todos los días, de las 2 horas de estudio, de no poder salir más a donde le gustaría, de tener que hacer deporte, de que existieran límites para la televisión, computadora y juegos.
Para poder entender mejor qué pasó y qué hacer, acordamos juntos buscar consejo especializado, desde entonces él asiste a la consulta de un terapeuta para adolescentes y yo a alguien para adultos.
Si el día de hoy les describo un viernes por la tarde, sigue siendo el día más bonito de la semana por las mismas razones que lo era: llego a casa, tomo mi respiro de 15 minutos mientras me cuentan su día los hijos, emprendo con poco entusiasmo las labores domésticas y las dos horas de estudio. Más tarde cenamos y vemos una película... nada ha cambiado y todo ha cambiado.
En mi hogar perfecto, la madre perfecta se tuvo que dar cuenta de que Alejandro estaba sintiéndose terriblemente solo y desgraciado... que había cambiado de escuela y casi no tenía amigos, que su padre estaba enfermo en México y necesitaba hablar del tema, que tenía ganas de salir y gozar de libertades y tenía que entender por qué eran medidas; que no sentía estímulo en la escuela por más que cumpliera con sus horas de estudio... que se sentía solo.
A cuatro meses de distancia y de terapia, Ale se ve muy bien en su piel, se ríe más, comunica mucho más, expresa más, tiene amigos, sale más y tiene excelentes notas; está mucho más integrado en la escuela, feliz de saber a su papá mejorando.
La rutina en el hogar perfecto no ha cambiado, ahora estamos más cerca, entiendo quizás mejor cómo una madre perfecta puede olvidar que la adolescencia es soledad, confusión y rebelión hasta del hijo más perfecto. Le doy gracias a la vida de ver a mi hijo sonreír sano, más seguro, más confiado...
Una película de terror con un maravilloso final.
Contacto: romeroay@hotmail.com