Edición Mayo 2007


MAMÁ Y MUJER

Por: Cristina Mendoza
A María Cristina Alcázar Medina, mi madre

 

¿Qué son las madres? Podría comenzar con una bella y poética definición, que siriusfem, mama mujer abuelamás que nada me daría flojera y me pondría en un humor cursi que, para ser honestos, no necesito; ya soy lo suficientemente cursi y chillona per se.

Así que quiero comenzar con la neta, es decir, con la realidad suprema. Nada de eufemismos, nada de poesía, nada de Bécquer... Las madres son SERES HUMANOS imperfectos, igualito que uno. Las madres son esas personas a las que les tenemos tanta confianza que hasta nos atrevemos a tratarlas mal. Las madres son quienes nos piden que hagamos las cosas “porque yo lo digo”. A la madre pocas veces se le pide perdón, total, es mamá. Las madres están ahí y siempre estarán, eso consuela, eso da seguridad, eso da confianza. Aunque seguramente tu historia sea un poco distinta o tal vez muy distinta, para mí eso son las madres.

Creo que no he sido una hija fácil; veo a muchas de mis amigas y percibo una relación con su mamá distinta a la mía. Yo soy muy exigente, muy demandante, muy estricta y no creo ser diferente hasta con mi madre. Pero también tengo mis cosas buenas y todo esto, todo lo que soy, se debe en mucho a ella, a esa señora que me parió después de un niño, Fernando, y antes que a unos bodoques en partida doble, Omar y Edgar.

Puede ser que ella no lo sepa (al menos no hasta que lo lea aquí) pero para mí es GRANDE. Tal vez a veces no lo demuestre mucho o me cueste trabajo hacerlo, pues parecería que estoy más ocupada en “tratar de hacerle ver” algunas cosas como yo las veo que en reconocerle todo lo que es.

Cuatro hijos, 61 años, moreliana, alta y guapota, mi mamá creció en una familia bastante grande, de esas de antes: una madre siempre pariendo, un padre trabajando y muchos hermanitos dando lata por todos lados; cero comunicación, poco que decir. Ha roto con muchas cosas, ha sobrepasado barreras impuestas por la sociedad, barreras de educación, ideas que le inculcaron firmemente en la infancia y juventud y ha salido victoriosa.

Ella no tiene una idea de cuánto ha logrado y crecido.

Nuestras madres fueron educadas de manera muy distinta a nosotros. Sí, a ellas les cuesta mucho trabajo entender que sus hijos quieran gozar de tantas libertades, que sus hijos cuestionen tanto, que reten, que propongan, que debatan, porque en su generación no funcionaban así las cosas.

Y llegamos nosotros, “mujeres y hombres modernos”, que tampoco la tenemos fácil porque también estamos viviendo una transición social, que supongo no parará.

Muchas veces nos quejamos de que nuestras madres no nos entienden y, afirmativamente, no lo hacen. Tratan, pero no pueden hacerlo del todo.

Mi madre fue criada para ser, primero, hija; luego, esposa y al final, madre... ¡ah!, y tierna abuelita.  Nadie se sentó y le dijo: “Tú vas a ser María Cristina, única e irrepetible; lo demás, es lo de menos”. Así que a los 50 y tantos que se separó de mi papá se tuvo que enfrentar a esa realidad: su padre había fallecido tiempo atrás, su madre estaba muy mal de salud, su esposo se había ido y sus hijos habían crecido... Es decir, ¿Cuál era el rol ahora? A los 50 y tantos había que enfrentarse a ser ella misma...   

Yo a mis 30 me estoy cuestionando continuamente, buscando mi rol. Lucho por mi independencia espiritual, emocional, económica, social y a veces parecería que no es fácil... ¿podría imaginarme comenzar este camino en mi quinta década de vida? La verdad es que no. Se necesita mucho valor, mucha entereza, muchos “calzones” como decimos los mexicanos.

Nuestras madres crecieron pensando que siempre habría alguien ahí para resolverles muchas cosas: un papá, una empleada doméstica, un esposo... ¿Cambiar un foco? Ahí está el “hombre de la casa”. ¿Arreglar algo en el banco? Ahí está el “hombre de la casa”. ¿La comida? ¿El vestido? ¿Quién da los permisos? ¿Quién regaña?... Aunque al final fueran ellas, las mujeres, las que tomaban las decisiones, siempre el hombre era “la cabeza de la familia”, al menos socialmente hablando.

Nadie les contó que un día tal vez se podían divorciar, o que el marido se iría con otra (o solito), que tal vez serían cabeza de familia y que tendrían que arreglárselas para sacar adelante a los suyos. En esa época no existía esa opción. Las madres solteras eran muy mal vistas y en cuanto al terreno laboral, las damitas sólo podían aspirar a ser las secretarias, dulces maestras o, cuando mucho, guapas cajeras de bancos o enfermeras (¡médicos ni pensarlo!). Así fueron pasando los años y muchas mujeres rompieron con esas imposiciones, ya fuera por elección o por necesidad. Y llegamos a nuestros días, cuando la mujer está ganando un mejor lugar en la sociedad.

En mi casa yo crecí siendo igual que mis hermanos, ni mi madre ni mi padre hicieron diferencia alguna entre sexos. Eso es maravilloso, ahora lo veo claramente. No es que fuera una niña marota, pero no recuerdo haber escuchado “atiende a tu hermano” o “te toca por ser la mujercita de la casa”. Crecimos en un ambiente muy equitativo, en donde mis hermanos aprendieron a hacer el quehacer, a cocinar, igual que yo, y yo a cambiar focos y poner chapas en las puertas. Pero aun así la mamá era la mamá y el papá el papá, cada uno con su rol específico, bien definido.

Ante este panorama, ¿pueden imaginar eso que decía, a los 50 y tantos enfrentarse a ser ella misma? Básicamente el esposo no estaba ya, los hijos ya eran unos adultotes (yo hasta vivía en otra ciudad), no había nietos y poco tiempo después, tampoco papás. Años antes de la separación la situación económica (nada despreciable) había pasado a ser bastante mala. Lo perdieron todo. Había que empezar de cero.  Mi madre comenzó a vender ropa por catálogo y plata, y así, sin querer, descubrió una de sus grandes virtudes: es una excelente vendedora. Pero tuvo que caer muy abajo e impulsada desde el suelo comenzó a levantarse. Pasó por varias etapas: enojo, auto compasión, pedir ayuda, frustración, depresión... Pero no se detuvo, no se dejó vencer.

Comenzó una búsqueda interna, metafísica, espiritual, religiosa. Agarró sus catálogos y salió a las calles a vender “Si no lo hago yo, nadie más lo hará”.

Han pasado ya varios años de ese continuo trabajar en todos los ámbitos. Con la herencia que dejó mi abuela pudo comprar un departamento y cada vez se siente más agusto.

Hoy, a sus 61 años, se sorprende nueva cada día; descubre habilidades en ella, las explota, las disfruta. Ha adquirido el maravilloso hábito de la lectura y ¡hasta sabe manejar su reproductor de DVD y es una experta en enviar mensajes en el celular! A sus 61 años está comenzando poco a poco a dedicarse a ella misma, a disfrutarse, a descubrirse al ritmo de música clásica o a todo pulmón junto a Rafael; compra alguna litografía de su pintor favorito, Monet, y ha arreglado su departamento a su agrado, inventando y experimentado.

Ahora espero que un día de estos se anime y se de la oportunidad de volverse a enamorar.

A los 61 años la madre está descubriendo que también es mujer.

 

Contacto: cristina@siriusfem.com

 

 

 

 

 

 

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