Edición Mayo 2007

siriusfem, mi sociedad

 

DE LA REVOLUCIÓN Y OTRAS VAINAS

Por: Dulce Solís

 

siriusfem, la revolucionAl rededor del mundo se ha instituido el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, se realizan festejos, demandas, marchas, eventos, etcétera; cada uno reclamando el lugar que las mujeres se han ido ganando a lo largo de la evolución de las sociedades.

Este año pude observar cómo lo festejaban en la hermana República Bolivariana de Venezuela, justo ese día llegué a la capital, Caracas. La curiosidad de saber cómo las personas de mi mismo sexo gozaban o sufrían la vida en otro país, que además estaba pasando por un momento de cambios, era muy grande, así que me di a la tarea de observarlas y de hacer preguntas.

Un joven de alrededor de 20 años, universitario, revolucionario y convencido de que puede cambiar su realidad contestó a mi pregunta: ¿Cómo son las mujeres venezolanas? Primero, tomando aire y después con un gran discurso y una bonita anécdota: En Venezuela las mujeres son las que mandan- me dijo-  aquí las mujeres han luchado por su lugar y se lo han ido ganando. Ellas son personas muy aguerridas que si quieren algo lo consiguen, son muy trabajadoras, si has notado muchas de ellas laboran.

Yo escuchaba atenta aquellas palabras que salían no sólo de su boca sino también de sus ojos y sus manos que movía constantemente. Prosiguió: Un claro ejemplo de estos valientes seres es mi madre, ella se hizo cargo de la casa, además de mí y de mi hermana, cuando mi padre se fue, ha trabajado muy duro.

La admiración es un sentimiento que todo ser  humano puede sentir por otro, sin embargo, cuando un hijo lo siente por una madre adquiere otro sentido puesto que ambos se vuelven cómplices de sufrimientos y alegrías con más ahínco que dos mejores amigos. ¿Qué más quieres saber?  -preguntó- tú puedes observar más cosas de las que yo te pueda decir. Quizá lo que ya no quería era responder, así que tomé en cuenta su consejo.

siriusfem, las vainasEl cuñado de mi amiga y anfitriona es un militar muy simpático que siempre tiene un chiste oportuno y que a pesar de que habla muy rápido su soltura y espontaneidad te contagian aunque no hayas seguido el hilo de su divertida anécdota. Cuando íbamos de regreso rumbo a la casa, después de una cena que él ofreció a todas la mujeres del hogar, es decir su suegra, sus cuñadas, su esposa y yo, que en ese momento estaba ahí;  me dijo: A mi chaparrita la amo, cuando la conocí mi vida cambió, la adoro, por eso te digo que aquí los hombres hacemos lo que ellas dicen, al menos yo sí.  Intercambiaron una mirada de ternura  entre los brincos que el jeep en el que íbamos daba.

En mi último día en la capital comimos spaghetti con queso, en una pintoresca casa de una parroquia llamada “El Polvorín”, los chamos  y yo estábamos platicando con la efusividad con la que se hace cuando sabes que es tu último día en una ciudad, al menos por esa ocasión. Uno de ellos me dijo: Para mí el hombre y la mujer son iguales. Mi reacción fue de sorpresa; le contesté que era de los pocos hombres a los cuales había escuchado decir eso y creo que él por igual se sorprendió.

Quizá las personas con las que me topé en el camino eran una excepción, pero el observarlas y escucharlas me dieron esperanza de que el fuerte machismo que aún existe en México puede irse erradicando poco a poco, sobre todo en las nuevas generaciones. Nosotros lo jóvenes tenemos esa tarea pendiente, tenemos que crear una nueva cultura  para poder dejar atrás esas  costumbres que diferencian las capacidades de los seres humanos sólo por la diferencia de sexo.

 

Contacto: dulceteatrera@yahoo.com

 


 

 

 

 

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