Edición NOVIEMBRE 2007

Por: Rosa Barocio
¿Se han puesto a pensar por qué niños que todo lo tienen, que parecen tener una juguetería completa en sus recámaras, se quejan de aburrimiento? ¿Cómo es que los niños de hace 30 o 40 años, se divertían horas y horas jugando en el patio, con piedras y palitos, o con juguetes muy sencillos y baratos?
Parece una contradicción. ¿Por qué, a veces, entre más tienen los niños, menos parecen disfrutar y más insatisfechos parecen estar? Quizás porque se nos pasa la mano. Damos demasiado, en exceso y al instante. ¿Por qué lo hacemos? Pues puede ser por muchas razones; la primera, una razón muy válida: porque los queremos mucho y disfrutamos viéndolos felices. “Gracias, papi, ¡gracias!” Nada puede compararse con ese momento, cuando vemos que se les ilumina la cara cuando les compramos lo que les gusta. Pero puede haber otras razones menos válidas. Como por ejemplo:
Digo que estas razones no son válidas porque no toman en cuenta al niño. No están realmente considerando si es algo positivo para él o no. Le estoy otorgando algo por mis razones personales y egoístas. Cuando le doy al niño para evitar un conflicto, estoy buscando mi comodidad, cuando le otorgo para que me quiera, es por el miedo a perder su amor, y cuando lo hago por culpa, para acallar mi conciencia. ¿En dónde entran aquí las necesidades del niño? En ningún lado. Estoy pensando en mi comodidad, mi miedo, mi tranquilidad y mi placer.
Pero quizás la pregunta más importante que tenemos que hacernos es: ¿Por qué pienso que mi amor es tan inadecuado que tengo que compensar comprándole tantas cosas?
¿Cómo es que llegué a creer esto? Porque mi amor y mi atención es lo más importante que puedo darle a mi hijo. Recordemos que la atención es una forma de amar. Cuando damos atención a nuestros hijos estamos alimentando su vida emocional, su alma. Es por eso que el niño se siente tan contento y satisfecho cuando estamos con él. Nada puede sustituir este amor y esta atención. Y si no me creen, hagan memoria. ¿Qué recuerdan ustedes de sus padres? ¿Recuerdan lo que les compraron de niños, o recuerdan los momentos que pasaron con ellos? Les aseguro que recuerdan los instantes que estuvieron juntos y que fueron significativos. Si eso recuerdan de sus padres, lo mismo van a recordar con el tiempo sus propios hijos. No van a recordar lo que les compraron o dejaron de comprarles sino los momentos que pasaron a su lado, las cosas que hicieron juntos.
La vida es muy corta, y los hijos crecen muy rápido. Denles de su tiempo, que finalmente es lo más valioso que poseen. Nunca he escuchado a un padre de familia que diga arrepentido, “Lástima que perdí tanto tiempo estando con mis hijos.” Pero en cambio, sí he escuchado a muchos decir, “Lástima que no hice un espacio para haber disfrutado más a mis hijos. Si pudiera regresar en el tiempo, esto es algo que cambiaría.”
Hagan el espacio para estar con ellos, para compartir, para platicar o para no hacer nada, pero juntos.
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