Edición NOVIEMBRE 2007


ALAS PARA EL ADOLESCENTE

Por: Alicia Ortiz Magaña

 

siriusfem, alas de adolescentePareciera que la secundaria es la etapa que marca la entrada de lleno a la adolescencia… Ese periodo que provoca un suspiro con los ojos para arriba, ya sea a los padres por ver a los hijos llegar a ella o de los mismos jóvenes temiendo con incertidumbre todo lo que se avecina.

Para uno que ya pasa de los cuarenta, basta ir al cajón de los recuerdos y revivir algún momento de antaño, a lo mejor de esos que no queremos recordar; de soledad, de angustia por un castigo, o la emoción de irse de pinta o hasta aquel amor que nos rompió el corazón por primera vez. Sí, esas experiencias por las que ya pasamos todos los adultos. Cada quien tiene las suyas y es bueno tenerlas en mente para recordar que cuando uno es adolescente justamente adolece… de muchas cosas, y más que nada, de experiencia.

Yo creo que todo es consecuencia de lo vivido; por lo tanto, desde mi punto de vista, la adolescencia se presentará como consecuencia de la infancia, y opino que las necesidades se irán resolviendo conforme se vayan presentando.

Hay dos conceptos muy importantes que son inevitables en el paso de la infancia a la adultez y que vivirá el adolescente: por un lado la confusión y la rebeldía, y por el otro, el abandono del nido.

Empecemos por el segundo: las aves, cuando están en edad de volar, comienzan haciendo viajes cortos y regresan al nido para vigorizar sus alas y aprender las experiencias que requiere el fortalecimiento de la voluntad para emprender el vuelo solo. Cada día hacen viajes más largos hasta que vuelan para no volver y emprenden su propio camino.

Digamos que para hacerlo fácil, de eso se trata la adolescencia, pero con las complejidades que el humano le adiciona, con tanto pensamiento y sentimiento confuso. Así que si podemos ver con simpleza el arte de transitar por la adolescencia, los que somos padres debemos tener la madurez de encaminar a nuestros hijos, dejarlos ir y venir con el fin de generar experiencia que es, de hecho, de lo que carecen y tendrán que aprender, para así, poco a poco, verlos volar cada vez más lejos y luego observarlos irse para no regresar al nido.

En el caso de los humanos es diferente porque seguramente seguirán cerca… y más si la madre o ambos padres tienen miedo de soltar y los retienen. Esta actitud la manifestamos muy comúnmente en nuestra sociedad con el pretexto de darles todo para que sean felices, y, compensado a veces lo que no tuvimos nosotros, nos desbordamos y les resolvemos la vida, a veces por comodidad o por seguir el ritmo que marca la mercadotecnia y que influye mucho en nuestras actividades de la vida, o por el miedo a soltar y perder el control de manejar la vida de los que nos rodean o que creemos que nos pertenecen…

Entonces decidimos qué es bueno y qué es malo para estos jóvenes, queriendo imponer el conocimiento adquirido por la experiencia de lo que nosotros vivimos, sin darles la oportunidad de que ellos mismos exploren generando rebeldía, o hacemos que pierdan la capacidad de decisión y esperen que se les resuelva todo. Así quedan limitados al nido, y con una cuerda relativamente larga pueden volar pero siempre tienen que regresar.

Por supuesto que todo esto se comienza a gestar en la infancia. El control que las madres ejercemos con el pretexto de cuidar o educar a nuestros hijos, se puede volver castrante si no se examina periódicamente. Hablando claro, las madres debemos hacer una revisión de cómo vamos educando a nuestros hijos e hijas; y si es a partir del miedo de que les pase algo, no estamos permitiendo que ellos exploren y aprendan sus propias experiencias que los harán fuertes para la vida… para SU vida.

Por eso es importante que la madre se haga cargo de sus propios procesos y sus miedos antes de proyectarlos en los hijos, para liberar a éstos de los temas de la madre. Y hablo de la madre porque en la mayor parte del mundo las madres son las que educan a los hijos y a las hijas. Es decir, (¡qué fuerte!) somos las que marcamos la pauta de la sociedad porque las bases las hemos puesto nosotras… ¡para bien o para mal!

Y para continuar con el segundo punto, es decir, con el primero, la confusión y la rebeldía que vive el adolescente están basadas en el miedo a descubrir de qué está hecho. Ha venido siendo dependiente a lo largo de su vida y se encuentra en la posición de aprender a volar, y eso… ¡a cualquiera le aterra! Pero se supone que para eso estamos los padres, para decirles que los amamos, que con paciencia podrán aprender a tomar sus propias decisiones y a fortalecer la autoestima y la voluntad para forjar sus propios caminos, que los padres estamos para verlos aprender y equivocarse y que ellos sepan que siempre… SIEMPRE tienen un lugar seguro a donde regresar si se han caído, si la lección fue dura, si la experiencia dolió, o también si hay que celebrar los triunfos que en la búsqueda se van logrando; sin juicios, con amor siempre un lugar a donde volver para lamer las heridas, para festejar el éxito y para tomar un respiro y regresar a la práctica de vuelo y lograr ejercitar las alas de la voluntad y el autoamor para saberse contener y cuidar.

Eso es lo único que los padres SÍ les podemos heredar a los hijos: la capacidad de valerse por ellos mismos, de ser autosuficientes; el reconocer sus capacidades, talentos y, sobretodo, enseñarles el valor y respeto hacia ellos mismos, porque con esta capacidad, los puestos de empresarios, los negocios, los trabajos, o bien, los novios o los matrimonios, cualquier estilo de vida que escojan se darán por sí mismos.

Aprendamos a vivir la adolescencia de nuestros hijos a partir de nuestra madurez. Siempre es un buen ejercicio rectificar y limpiar nuestros pendientes para fortalecer a los hijos.

Hacernos adultos implica un compromiso y una responsabilidad, de asumir la libertad como bandera de vida, pero es algo que debemos elegir y así podemos educar a los hijos y a las hijas.

Volemos y fortalezcamos las alas de los adolescentes para que sólo los lazos del amor nos unan, y de esta forma compartir vuelos y alegrías con nuestros hijos e hijas, en libertad.

 

 

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