Edición NOVIEMBRE 2007

Por: Raúl Mejía
Ahí estaba el Staples Center o “Centro Engrapadoras” de Los Angeles, California. Se trataba de “la pelea del orgullo” entre dos hombres del este angelino: el afroamericano Shane Mosley y el mexicoamericano Oscar de la Hoya. El espacio lleno a reventar.
Para mí, el espectáculo empezó horas antes de las hostilidades dirimidas a puñetazos porque, silvestre al fin, jamás había estado en una pelea de box, ni siquiera en las que se hacían en “La cueva de Chucho”, por eso todo me resultaba apantallador. No sé si el boxeo profesional en México tiene el glamour que en el Staples Center. Posiblemente sí, cuando se trata de campeonatos mundiales, pero en Los Ángeles se dio un “ingrediente normal” y caro a la cultura gringa: el exceso, siempre el exceso. En estos guisos soy particularmente impresionable por mi condición de ciudadano no viajado, de ahí que las “limus” siguen apantallándome por su longitud, aunque esa visión empezó siendo barroca, luego churrigueresca y terminó churrigrotesca, pero ya encarrerado, me puse a disfrutar del espectáculo previo a la función de los púgiles y gracias al enmicado, colgando de mi pescuezo, que me acreditaba como periodista de una cadena de televisión gringa. Reconozco mi entrada en “babaria”: el famoso Staples es impresionante y perdón por los adjetivos, pero así es: impresionante. No sabía ni para donde dirigir mis pasos ni dónde quedaba mi butaca. Le pedí a una rubia fuera de lo común (por lo buena y hermosa) me dijera dónde estaba mi privilegiada plaza y supe que estaba a treinta escasos metros del ring, a cuyos lados había diferentes galaxias. Caminé lentamente hasta el umbral y desde ahí mi asombro fue en inglés: “wow” (en español hubiera sido “órale”). Ahí permanecí un rato, viendo el arribo del público. Cada asistente parecía inmerso en una competencia por ser los mejor vestidos, los más heterodoxos; las mujeres parecían indiferentes a su belleza, como si fuera algo natural su atractivo, cachondez y glamour. De todos colores, nacionalidades y culturas aunque predominaba el color oscuro, supongo que por la presencia del Sugar Mosley.
En la tarea de checar al personal femenino me encontraba cuando llegó un grupito: tres hombres y dos mujeres quienes, “oteando” el ambiente, trataban de ubicar su lugar en el universo de las grapas. Oteada innecesaria, pues quienes moran en sistemas galácticos alejados del común de los mortales (una característica igualadora aquí y en alfa centauro) no necesitan saber en dónde es Su Lugar: otros tienen la obligación de saberlo. Para eso les pagan ¿no? Están para servirles ¿no? Es como dijo García Márquez hace años: “ser Premio Nobel sirve para no hacer fila ni esperar a que te den la mejor mesa en un restorán”. Igual los recién llegados: su lugar estaba en los alrededores del cuadrilátero, junto a sus pares. La escala en el umbral del coso pugilístico era sólo para ubicarse, pues hay Novas y Supernovas, claro.
Una de las sensaciones más agradables, gratificantes de un engomado como el que pendía de mi cuello y me acreditaba como periodista, es la del Poder: cualquier puerta se abre como por conjuro. Basta decir “quiero entrar ahí” y ¡zas!, a uno lo dejan entrar. Recordé una película, “El mundo según Wayne”, en donde el personaje central saca partido de su enmicado y “se le hace” conocer a Alice Cooper, añejo rockero que acepta la presencia, en su camerino, del bobo e impertinente Wayne, aferrado de la cultura setentera.
Pues ahí estaba, junto a mí, un tipo idéntico a Wayne. En ese momento llegó junto a mí Fernando, mi hermano, y le dije “Oye, ese tipo es idéntico a Mike Myers”. Fer contestó: “También es idéntico a Austin Powers porque Mike Myers es Austin Powers y Wayne”.
Era verdad, ahí estaba, junto a mí, el actor: bajito –más chaparro que yo, lo cual ya es un decir- con facha austinpowerezca e ignorado por todos. Me sonrió y le devolví la sonrisa. “Oye, Fer, el guey que está junto Powers ¿es Steven Spielberg o se parece a Steven Spielberg?”. Era el mismísimo Spielberg en la misma circunstancia que su amigo: ignorado por todos. Me dije en un arranque de fan irredento “de aquí no me muevo. De seguro en un ratito llegan más luminarias” y sí, tres minutos después llegó el Magic Johnson y entonces un reflector cayó sobre mí (bueno, sobre el exbasquetbolista, pero de que me tocó, me tocó). Lo anunciaron y entonces sí, todo el personal se levantó a aplaudir un rato y volvió a la indiferencia tradicional. Nadie se acercó por un autógrafo ni nada por el estilo excepto una rubia Acomodadora de Gente Famosa. El gigantón Johnson levantó su manota a manera de saludo y agradecimiento con desgano, aburrido de ser famoso y obligado (esa impresión me dio) a asistir. Se dejó conducir a su lugar aunque sólo estuvo unos minutos, los necesarios para “pasar lista” y se retiró.
Nadie que no tuviese colgado del cuello el enmicado “all access” podía permanecer en el lugar en donde estábamos. Por un rato fui parte de la constelación del American Way of Life. Eso me permitió tener la ocasión de pasar, “casualmente” junto a Jack Nicholson y su hembra. Me sentía como cualquier fan de Carlos Fuentes o Fernando Savater... aunque en el caso de los intelectuales, a sus fans no se les llama fans porque se sienten diferentes a los demás: se les dice lectores aferrados, pero actúan igual que los aferrados a Luis Miguel o a Enrique Iglesias, pero bueno, llegó un personaje del cuerpo de seguridad y nos invitó a pasar a nuestros lugares porque la pelea preliminar entre el Terrible Morales y Mike Juárez estaba por comenzar. Acepté con tristeza. El lugar por donde las estrellas transitaban me quedó a treinta metros que eran como treinta millas.
Previo al choque entre los orgullos del Este angelino, el locutor empezó a mencionar a los astros dioses que, como deidades griegas, bajaron del olimpo a convivir con los mortales: arriba a mi derecha (Dr. IQ, dixit) Dustin Hoffman (aplausos mesurados), junto a él, Mel Gibson (aplausos leves). En el centro del ring Mohamed Alí (un rugido y aplausos a granel), pero cuando mencionaron a Kobe Bryant temí por la resistencia del inmueble, igual cuando mencionaron a Shaquille O´Neal. Todo era una locura bien ordenadita, a pesar de todo, nada de desmadres al estilo latino. Nadie molestaba a los mencionados: se levantaban, juntaban sus manos por sobre su cabeza, agradecían, lanzaban besos y se sentaban. El “aplausómetro” definía las vanidades y el lugar en el olimpo mediático, de ahí mi sorpresa mayúscula al escuchar un nombre que es una oda, un salmo a mis oídos: Michelle Pfeiffer. “No mames”, me dije. “Puedo matar por estar junto a Michelle, por tomarme una foto con ella”. Revisé mi cámara, chequé que todo estuviera en orden y me mentalicé como Hugo Sánchez recomienda a los mexicanos: “yo soy el mejor, terminando la pelea voy y le pido una foto conmigo... ¡Oh, Dioses del olimpo, qué cerca está de mí! ¡Uno entre mil, yo ganaré!” (esta última frase la inmortalizó Mijares).
Ahí estaba la bella, la única Michelle y yo como Humbert Humbert al inicio de Lolita: “Michelle, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Mi-chelle: la punta de la lengua emprende un viaje de dos pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el segundo, en el borde de los dientes”. Así estaba quien esto les cuenta y a sesenta pies de distancia (digo, es el sistema inglés) el objeto de mi deseo y de mis sueños. Opté por avanzar antes de lo planeado pero dos amables gorilas me detuvieron al cruzar un umbral invisible y que mi “tarjeta de circulación” no podía franquear porque, aunque el enmicado decía podía rolarla por everywhere, no es lo mismo cualquier sigla que CNN, as a matter of fact, you know. ¿Así será cuando estemos reunidos en las sombras eternas e igualados por la parca? –me pregunté mortalmente angustiado. ¿Será obligatorio un enmicado de circulación especial por esa Comala dantesca y atemporal? –me pregunté esta vez todo rulfiano hasta terminar con dos preguntas pragmáticas: ¿habrá quien me dé ese preciado pase? ¿Será de CNN?
Regresé a mi asiento y la pelea inició. Los tres primeros asaltos de la pelea pasaron por mis ojos inadvertidos: estaba embobado con el rostro, los movimientos, los gestos de mi Michelle, la risa de Michelle, las inaudibles palabras de Gatúbela a un tipo que de inmediato me resultó bastante antipático.
Sexto asalto. Un africano vestido como africano (pero moderno) que ocupaba el asiento de al lado preguntó, muy animado, mi opinión de la pelea y yo le dije en inglés mexica: “De la Hoya is the champion. Do you know that man? He is the best”. El negro me miró con cara de “eso no te pregunté asshole”. Entonces intenté suavizar el tono de la platica parafraseando una rola de Creedence Clearwater Revival: Have you ever seen Michelle Pfeiffer, man? y el baboso me preguntó qué era eso. Yo pensé: Fuck you asshole. Lo pensé, porque si se lo hubiese dicho las relaciones bilaterales entre Ghana y México hubieran sufrido un serio quebranto amén de que la peor parte la habría recibido México.
En “la parte alta” del octavo episodio, la masa se (nos) levantó (levantamos) graznando emocionados con un lance de Mosley. De reojo pude percatarme que el folclórico moreno a mi lado me sacaba, cuando menos, doce centímetros de altura. En cuanto pude le sonreí con la mundialmente conocida cortesía mexicana y le dije que Mosley iba ganando, lo cual era la pura verdad.
Doceavo asalto: los púgiles salen a darse con todo. Han perdido el estilo, sobre todo el mexicoamericano quien nunca se había salido del plan trazado desde su esquina. Tal vez presintió que iba abajo en la puntuación porque salió a partirle toda la face al escurridizo y hábil negrazo quien, menos acelerado, administró sus golpes sabedor del desenlace por puntos: la pelea era suya. Es más: todo el Staples lo sabíamos y al final lo confirmamos.
Fin de la pelea. Desmadre total, pero total, en serio. Michelle a la vista. Pasa cerca de Jack Nicholson y se saludan recordando los fajes que se pusieron en Wolf (¡Dios mío, libérame de esas imágenes por piedad!). Yo me pregunto en dónde carajos quedó ese orden y disciplina calvinista del inicio del show: Eso se había puesto peor que la salida del Morelos con victoria de los Monarcas. Luché contra la corriente humana que se dirigía a las salidas y yo empeñado en un contrasentido ¡Virgen santísima, qué desmadre era aquello! Cero orden. Fer me gritó preguntando a dónde iba y le grité que iba en pos del amor y en la conferencia de prensa nos veíamos. Con un ademán me hizo saber que había “copiado” el mensaje mientras mi diva, apoyada por un comando de morenos de dos metros de altura se acercaba a la salida y su fan número uno blandía el enmicado mágico que, curiosamente, había dejado de funcionar, como si sólo tuviera efecto en el lapso previo a la pelea y durante ésta... ni un minuto más. Su Graciosísima Majestad, Michelle I se alejaba más y más y yo gritando, “¡soy un chico de la prensa, pinches perros, abran paso!” y no pasaba nada, pero nada. Desistí: “No está documentada ni siquiera mi cercanía con La Mujer; no hubo cámara que registrara el histórico momento, ergo, no ocurrió” –me dije, sabedor de las reglas del juego.
Tomé un atajo para reunirme con mi hermano. Me subí en un elevador con otras personas. Todas, por la facha, eran Vip´s sin lugar a dudas. Me acomodé junto a una mujer hermosa, apenas parecida a la de la tele y el cine. De reojo estacioné mi mirada en el par de senos, el universo lácteo de su pecho; levanté la mirada y nuestros ojos se encontraron. Reflexioné: “hoy estoy de suerte”. Tomé aire y preguntele: You´re Pamela Anderson. Right? Pam sonrió artificialmente, como debe ser, sin decir una palabra. Entonces le dije: You´re so beautifu”. Pausa. Contestó un lacónico y (también) artificialmente amable “gracias”. Así, en español. Las puertas se abrieron y salió arrogante.
Llegué a la conferencia de prensa. Luego de atiborrar de preguntas al moreno triunfador, apareció De la Hoya abatido. Le resultaba difícil creer que su rival había sido mejor. Ahí mismo anunció su retiro porque “todo es un show, todo está arreglado y estoy harto de que me usen, de ser un títere”.
Es chistoso todo esto: hasta ese momento se dio cuenta del show, pero todo, incluso las visitas de los dioses del olimpo al pleito de los orgullos del Este angelino; estrellas consumadas y otras consumidas. Les vale madre el boxeo. Van por compromiso o esa impresión dan (excepción hecha de Jack Nicholson que se emocionaba, aparentemente, en serio); van para que los vean. ¿A eso fue Michelle? ¿No es diferente todo en ella? Seguramente no.
“Todo está arreglado”, dice Oscar de la Hoya. “Todo es un show”. Es verdad. Incluso mi actitud frente al firmamento artístico... corrección: frente a una de sus estrellas, preferentemente.
Me salí de la conferencia. Con temor saqué un Marlboro (ya se sabe, en Estados Unidos es casi un delito fumar) y lo encendí. A unos metros de mí estaba un muchacho con aspecto desvalido. Era Mike Juárez, a quien el Terrible Morales había despachado en tres episodios. Alguien se acercó a él. Le preguntó qué hacía ahí (obvio: nadie lo conoce y además perdió el cotejo) y Mike respondió, disminuido por todos los flancos de su ser: “Ps estoy esperando que me paguen, pero se están tardando mucho y ya quiero irme a mi casa”.
Quince mil dólares se llevó Mike. Nada qué ver con los quince millones que el atribulado De la Hoya se embolsó en un espectáculo que recién descubrió es un negocio (¿turbio acaso?) en el cual él, sin duda, es un títere.
...Michelle, ma belle.