Edición OCTUBRE 2007

 

ACTITUD EQUIVOCADA: EXPECTATIVAS CERRADAS (PARTE II)

Por: Rosa Barocio

 

Retomando el tema del mes pasado respecto a que los padres esperan ciertas cosas de sus hijos, comencemos preguntándonos ¿por qué tenemos expectativas cerradas con respecto a nuestros hijos?

Porque pensamos que nos pertenecen

siriusfem, actitud compasiva parte 2Tenemos expectativas cerradas porque insistimos en ver a nuestros hijos como nuestras pertenencias. De la misma manera que pensamos que tenemos el derecho a cambiar la fachada de nuestra casa o el modelo de nuestro automóvil, porque están pasados de moda o ya nos cansaron, pensamos que podemos transformar a nuestros hijos para que cumplan nuestros gustos, nuestros sueños o nuestras expectativas. Si pensamos que somos sus dueños, entonces, creemos equivocadamente que tenemos derecho a disponer de sus vidas a nuestro antojo.

“¿Ya se inscribió Samuel en la universidad? ¿En cuál va a entrar por fin?”, pregunta la tía María Luisa. “En la Universidad Anáhuac, por supuesto”, contesta la madre orgullosamente.  “Pero él me dijo que quería entrar en la UNAM a estudiar arquitectura…”, comenta desconcertada la tía. “Cosas de Samuel, que no sabe qué le conviene. Ya hace tiempo que su padre le explicó que los arquitectos se mueren de hambre y que la UNAM no es una universidad para su nivel…”

Porque pensamos que son nuestra extensión y afectan nuestra imagen

O quizá, más que pertenencias, pensamos que nuestros hijos son nuestra extensión. Cuando los vemos de esta manera, o sea, como parte de nuestra persona aunque estén separados físicamente, queremos mantenerlos a raya para dar la mejor impresión posible, porque afectan nuestra “imagen”. Esa imagen es la impresión que los demás tienen de nosotros. Para algunas personas, mantener y cuidar esa imagen es su primordial interés.

“Por favor, Renato, te suplico que no te pongas esos pantalones de mezclilla hoy que vamos a la iglesia. Estarán todas mis amigas y el jefe de tu padre. Van a pensar que eres un pordiosero y que no tenemos dinero para comprarte algo mejor. Me vas a matar de vergüenza”, le dice la madre a su hijo adolescente, que está acostado en el sofá viendo la televisión. Con cara de desenfado el hijo voltea y le contesta: “Pues entonces no voy. Si no me puedo vestir como yo quiero, mejor me quedo”. “¡Haz lo que quieras, pero así no te presentas con la familia!”, le grita la madre.

Si todo lo que hacen afecta nuestra imagen, necesitamos controlarlos cuidadosamente.

“¿Ya saludaste a la tía Pepita? Habla claro y fuerte, si no, no te escuchan”, le susurra la madre a Mara de 17 años, que le está ayudando a servir el té a su grupo de amigas invitadas. Sin perderla un segundo de vista, cuando se acerca le dice: “No te cruces por enfrente. Falta que le ofrezcas algo de tomar a la señora Menéndez”. Cuando Mara se vuelve a acercar, la toma del brazo y la conduce a la cocina: “Jálate la falda, la tienes torcida. Recuerda ser muy amable y simpática con la señora Rugarcía, es la señora del vestido rojo, la esposa del socio de tu papá. Me gustaría que te presentara a su hijo el mayor”. Mara tuerce la boca. “¡No me hagas caras!, es un excelente chico y sé que te va a encantar”.

Cuando los padres quieren que un hijo sea perfecto en su afán de que corresponda a la imagen que tienen de la familia, lo obligan a perder su naturalidad, su espontaneidad y se convierte en una copia de los deseos de los padres. El mensaje que recibe la hija es: “Te quiero si eres como yo deseo: bonita, delgada, inteligente, obediente, estudiosa, simpática, cariñosa… etcétera”.

Porque espero que mi hijo llene mis huecos emocionales

Las expectativas cerradas tienen la función de llenar los huecos emocionales de los padres, como ya les mencioné en “El niño invade el espacio de los padres”.

Anselmo y Cynthia están teniendo problemas matrimoniales. Ella se entera del amorío de su esposo con una colega de trabajo. Aunque él le asegura que sólo fue un filtreo, ella sospecha que la relación persiste. A los pocos meses, Cynthia le comunica que está embarazada y Anselmo recibe la noticia sin entusiasmo. Durante el embarazo él se esfuerza por atenderla y ser cariñoso, pero su desinterés es evidente. Cuando el bebé tiene cinco meses de nacido, los abandona.

En este caso la madre tiene la expectativa de que el hijo arregle los problemas que tiene con su esposo. En vez de afrontar la situación, manipula a su pareja a través de tener un hijo cuya llegada espera cambie la situación. Cuando esto no funciona y el padre los abandona, la madre se llena de resentimiento y puede tener la tentación de desquitarse con el hijo que la defraudó.

A veces se busca que el hijo llene el hueco emocional, que sean la razón de vivir. El hijo, por amor y lealtad, acepta por años este papel, pero cuando siente el impulso de desprenderse para realizar su propia vida, no tiene la fuerza para soltarse. La manipulación y el amor enfermizo de la madre le han cortado las alas. Ella está dispuesta a morir antes que permitir que el hijo la abandone.

Debido a estas circunstancias, algunos hijos aprenden desde muy temprana edad que ellos existen para hacer feliz a otros.

Las personas que son educadas para complacer a otros, pierden contacto consigo mismas, con su identidad. Con tal de pertenecer y ser aceptadas, subordinan sus deseos y preferencias para atender a los demás. El precio que pagan es muy alto. Se vuelven incoloras, transparentes, y los demás las utilizan para su conveniencia. Pero esas necesidades ignoradas por tantos años, terminan convirtiéndose en una herida que supura resentimiento y que, poco a poco, acaba enfermando emocional y físicamente a la persona.

Sería interminable la lista si intentara mencionar todos los casos donde los padres tienen expectativas de los hijos para llenar sus propios huecos emocionales. Basta ver la exitosa película mexicana Como agua para chocolate, para tener un ejemplo más de cómo utilizamos a los hijos para satisfacer nuestras necesidades como padres.

Estos vacíos dentro de nosotros claman ser atendidos, pero equivocadamente buscamos llenarlos, desde afuera, a través de nuestros hijos. Esto es un espejismo, pues sólo nosotros podemos aliviar esas necesidades. El ser humano sólo puede sentirse completo y satisfecho cuando es capaz de amarse a sí mismo, en vez de depender del amor del otro, como un náufrago sediento que demanda ser salvado de perecer. Cuando sé que valgo y me quiero a mí mismo, entonces el amor que recibo de los demás es un regalo. Regalo que puedo recibir con gratitud, pero sin exigencias.

Así, cuando aprendo a atender mis propias necesidades, como bien sabemos, no podemos dar lo que no tenemos. Afortunadamente, hay muchas terapias, cursos y libros que, si deseamos, nos pueden orientar para sanar nuestras heridas emocionales, y no tener que caer en la tentación de utilizar a nuestros hijos como paliativos.

 

 

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