Edición OCTUBRE 2007

Por: Héctor Suárez Gomís
¿Tienes entre 35 y 45 años? Entonces vas a saber muy bien de lo que voy a hablar. Si tienes menos de 35, créeme, por favor créeme que lo que a continuación leerás es la verdad.
¿Recuerdas esas frases típicas que se repetían una y otra y otra vez en la voz de nuestros padres? Frases que de verdad asustaban y que nos hacían creer por momentos que no merecías haber nacido.
¡Porque soy tu padre! ¡Porque soy tu madre! ¡Porque lo digo yo!
Estas frases son un cliché que todos escuchamos tres veces a la semana. En la escuela para padres de familia se las hicieron escribir un millón de veces, y ya que se las aprendieron, les dijeron que habría que utilizarlas por lo menos el mismo número de veces que las tuvieran escritas en sus cuadernos. Esa fue su primera gran lección.
¡Los niños no pueden opinar! ¡Es una conversación de adultos!
Estas frases vinieron en la segunda lección. Les hicieron creer que los niños son tontos, estúpidos y que su cerebro no puede generar ideas propias.
Mi generación creció creyendo que no se podía hablar delante de los adultos porque era de mala educación. Crecimos con miedo de que nos fueran a acusar. En cuanto escuchábamos la frase: “le voy a decir a tu papá” nos paralizábamos, entrábamos en pánico. Vivíamos amenazados.
Hay frases que merecen una mención especial y hasta honorífica.
Para esta frase los papás aprendieron que debían sufrir para decirla. Preparaban un ambiente de solemnidad y respiraban muy profundamente, dejando salir el aire por la boca para luego hacer un quejido estilo: “AAAAAY”. No confundan esta exclamación con un grito, no, por favor, no lo hagan. La exclamación era grave y hasta un poco rasposa. También tronaban la boca y movían la cabeza de un lado a otro y volvían a exclamar: “AAAAAY”. Se les veía el sufrimiento en los ojos, en el cuerpo y en el tono de la voz cuando decían:
¿En qué te hemos fallado?
Esa frase hace sentir que eres una mierda. Piensas por momentos que tu infancia será más larga que la de Chabelo y que no mereces ser hijo de tus padres. Olvídense del famoso tenemos que hablar en voz de tu pareja o de tu jefe, ahí por lo menos sabes que te van a mandar a la chingada y que no eres tú, son ellos. Aquí lo único que piensas es que no mereces ese pan que con muchísimo esfuerzo pone tu padre sobre la mesa. No mereces ir a esa escuela que con tanto sacrificio pagan mes con mes para que seas una persona de bien en este mundo de mal y que está próximo a vivir un cataclismo.
No mereces la lonchera de metal de la Guerra de las Galaxias en la que llevas el lunch que con tanto cariño, cuidado y amor le pidió tu mamá a la muchacha que te preparara. Y ni pedir permiso para ver “El Hombre Nuclear”, “La Mujer Biónica” (que por cierto vuelve a la televisión), “Los Ángeles de Charlie”, “Los Heart Investigadores” y “Mi Secretaria” en las noches.
Mismo ambiente de solemnidad, distinta forma de respirar y casi lágrimas en los ojos. Te sientan en la sala. Y aquí hago un paréntesis para decir que cuando tus papás se tomaban la molestia de dejarte entrar a la sala (porque era un lugar prohibido para ti, tus hermanos y tus amigos, para eso estaba el jardín o el patio) era porque consideraban que ya habías crecido, que estabas madurando y lo que estabas haciendo no iba de acuerdo con alguien como tú. Se sobaban la cara con ambas manos y dejaban escapar ese aire por la boca acompañado de un leve quejido pero muy sentido, decían:
¿Qué vamos a hacer contigo?
Era la frase perfecta para dejarnos mudos. Nos daban la opción de elegir un “castigo” o de “inventarlos”. Aquí la palabra “I N T E R N A D O” se hacía presente varias veces en la mente, pero bastaba pensar en “Motitas” de plátano de uva, en Helado de Choco Chips de “Danessa 33”, o en las “Palelocas”, e inmediatamente el internado desaparecía.
Después de unos 2 minutos de silencio te preguntaban amenazadoramente:
¿Quieres que te mandemos a una escuela de gobierno? ¿Eh? ¿A una militar?
Y ante tu silencio provocado por el miedo te volvían a preguntar:
¿Qué vamos a hacer contigo?
Silencio.
Como no contestas, entonces…
Y venía el sermón
Al final te decían ellos lo que iban a hacer contigo, y alegaban que hasta se habían puesto de acuerdo con tus maestros de la escuela y la decisión la habían tomado entre todos ¡Qué perdida de tiempo! ¿Para qué te hacían entonces tan difícil pregunta? Es como si en este momento me preguntan en cuántos países se dividieron la ex Yugoslavia y la ex Unión Soviética y cuáles son sus capitales… No sé qué contestar… Total entre ellos ya se pusieron de acuerdo, ¿no? ¿Y la frase por excelencia de la adolescencia?
¡¡Mientras vivas en esta casa, o bajo este techo; se hace lo que yo diga!!
Hay también una para chantajearte y hacer que hagas completamente lo contrario a lo que te dicen por sentirte culpable:
¡¡Haz lo que quieras!! ¡¡Haz lo que te dé tu regalada gana!!
Y si la culpa no te llega a vencer y haces lo que te da tu regalada gana, entonces viene la siguiente:
¡¡¿¿Qué crees que tú te mandas solo y que puedes hacer lo que te dé tu regalada gana??!!
Si eres “adulto contemporáneo” como yo, seguramente escuchaste estas frases cada tercer día de tu vida.
Si no eres un “adulto contemporáneo” por favor no te burles, seguro tendrás en tu repertorio nuevas y mejores frases. Y si acabas de nacer; no, no has nacido con un nuevo chip y no eres un genio por apretar los botones del control remoto de la televisión y del celular. Simplemente te hemos dado tu lugar como persona desde el día que llegaste. Escuchamos tu opinión y la respetamos. Te creemos inteligente desde el momento que empezaste a luchar en este mundo. Tu voz cuenta también, no eres menos por tener menos años, así como nosotros tampoco somos más por tener más años. La verdadera comunicación sólo puede existir entre iguales.
Y tú, ¿recuerdas alguna frase?