Edición OCTUBRE 2007

Por: Gisela Díaz de León
Siento que voy a explotar, todo mi cuerpo está constreñido, apretado por una gran fuerza en mi cabeza, mis hombros, mi tronco y mis piernas. De repente un aire frío toca mi cara, salgo disparada por un canal estrecho y oscuro, las manos fuertes de una mujer gorda y de largas trenzas sostienen firmemente mi cuerpo resbaladizo, limpia mi cara con un trapo áspero y lanzo un berrido respirando aire frío y húmedo, con olor a líquido amniótico y a ladrillos rojos pintados de congo y rojo al cemento. Mi cuerpo se estremece de frío, me molesta la luz brillante que entra por la ventana, son las 7 de la mañana.
Apenas Pachita limpia mi cara, me envuelve rápidamente en una manta y me deja sobre la cama para enseguida masajear el vientre de mi madre que sangra profusamente llenando el cuarto de olor a hierro. Mi madre se incorpora un poco para tomarme en sus brazos y Pachita la acuesta, le dice que se espere hasta que salga la placenta, que no se mueva. Se queja de los dolores de vientre mientras Pachita la consuela sobándola y diciéndole que ya, que ya es lo último, ya está saliendo la placenta. Apenas la expulsa en chorro con una masa de coágulos, Pachita le inyecta ergotrate que ya tiene preparado.
-Es para que la matriz se contraiga y ya no sangres, orita se te quita el dolor, ya es lo último -le dice mientras la limpia y le pone compresas de algodón entre las piernas.
La arropa y luego se ocupa de mí: mide dos dedos de cordón umbilical, le amarra con tres nudos una cinta roja y corta el cordón. Limpia con gasas y aceite de almendras mi cuerpo y me quita costras de grasa pegadas, ve mis uñas crecidas y comenta a mi madre que ya me estaba pasando, que tardé mucho para nacer, el parto fue trabajoso porque era un parto reseco.
-Te has de haber asoleado mucho -agrega, -pero tu muchacha está bien.
Escucho una voz débil desde el otro extremo del cuarto que pregunta -¿Qué fue? -Es mi bisabuela Severiana, “mamá Seve”, acostada en su cama rezando con un rosario en la mano.
-Una muchacha -le dice Pachita. -Casi no llora, pero sí está muy viva, muy despierta, tiene los ojos muy grandes, se parece a su mamá -dice mientras me viste y luego envuelve en una cobija que huele a talco Mennen y me deja en brazos de mi madre, que me observa con una mirada de cielo oscuro, lleno de estrellas.
Mamá Seve deja su rosario, toma el calendario Galván y le dice a mi madre: -María, los santos de hoy son San Estanislao y Santa Gisela, tú sabrás cómo le pones, si Estanislavita o Gisela.
-Será Gisela- le dice mi madre. -Iba a ser Teresita del Niño Jesús, pero desde anoche se la encomendé a todos los santos. Si hoy nació le toca Gisela, seguro que ella la trajo con bien. ¿No ha llegado Jesús?
-No ha llegado, pero no dilata, responde mi bisabuela. Ha de estar ocupado todavía en León.
-A ver qué dice -susurra mi madre -Estaba muy ilusionado que fuera un hombrecito y ya es la tercera niña.
-No te preocupes, lo bueno es que tú y la niña hayan salido con bien, dale gracias a Dios. Además, ya ves qué cariñoso es con las niñas, a ésta la va a querer igual. Fíjate que las niñas son más cariñosas, cuestan menos trabajo que los hombres, qué bueno que fue niña… pero ya descansa, duérmete un ratito, con esa noche que pasaste entre puros dolores, has de estar bien cansada.
-Ni sueño tengo -dice mi madre –más bien lo que tengo es sed.
-Ahorita te traigo un atole, no tomes agua fresca, no sea que se te vaya a ir la leche -le dice Pachita.
-Gracias mujer, pero creo que ni leche tengo, con el susto hasta se me ha de haber ido.
-No te preocupes, ya todo está bien, pégate a la niña para que te baje el calostro cuando menos.
Mi madre me acomoda y me ofrece su seno tibio y oloroso a rosas.
-No tiene hambre…no llora…está muy quietecita, parece una niña muy tranquila.
-Déjala ahí un rato, vas a ver que sí agarra el pecho, todos los niños por naturaleza la agarran, aunque no coman nada, el chiste es que te baje la leche.
Mi madre insiste en darme su seno y comienzo a chuparlo hasta quedarme dormida.
Despierto a medio día, la luz es menos brillante, han puesto cortinas más gruesas en la ventana. Me despiertan voces de niñas y jaloneos en la cama, la voz enérgica de mamá Liz les dice: -Bájense niñas de la cama, no ven que su mamá está enferma, y van a despertar a su hermanita. ¿Cómo te sientes María?
-Ya estoy bien Lucita, gracias a Dios y a Pachita. ¿No ha tenido noticias de Chuy?
-Vino pero te encontró dormida y no quiso despertarte, lo mandé a traer unos menesteres que hacen falta, ahorita viene, no te preocupes.
-¿Y qué dijo de que fue niña?
-Que se va a llamar Jesusita
-Pero yo ya le puse Gisela, se la ofrecí al santo de su día
-Pues que se va a llamar Jesusita, eso dijo.
- A mí no me gusta ese nombre para una niña. Sólo que sea Gisela de Jesús, pero no queda ¿verdad?, dice mi madre
-Si tú y Jesús quieren, sí queda -dijo mi abuela tomándome en sus brazos.
Julio del 2007