Edición SEPTIEMBRE 2007



LAS AMIGAS PERFECTAS

Por: Regina Merino

 

siriusfem, cuerpo, amigas, relaxMe desperté sola el sábado a las 6:30. Estaba en  Bambudhha, un spa holístico en Acapulco al que había ido a tomar un curso de yoga. Cuatro hombres y 30 mujeres estábamos ahí aprendiendo de las enseñanzas de Michael Gannon, un picudo yogi de Estados Unidos.

Después de hacer yoga por dos horas en la mañana, disfrutábamos un desayuno de fruta, granola, miel y un chai calientito a la orilla del mar. Lo necesario para reponer las fuerzas después de un desmañane y una pesada clase.

Los días que estuve ahí observé lo diferente que podemos ser unas de otras. Había mujeres de todo tipo. Una pintora, una escritora, una maquillista, varias maestras de yoga, una actriz, cuatro amas de casa, dos bailarinas y una golfista. Cada una estaba ahí para encontrar algo más en su práctica de yoga. Unas eran delgadas, otras llenitas. Unas más débiles y otras musculosas. Unas jóvenes, otras mayores. Unas altas, otras chiquitas.

Me tomé el tiempo de conocer a cada una de ellas y me di cuenta de algo que nunca había visto entre tantas mujeres: ninguna de ellas se quejaba de su cuerpo, cada una se honraba y respetaba de una forma muy fiel. Cosa extraña entre tantas mujeres. Acepto que al principio llegué con mentalidad citadina: esa que no te deja en paz. Pero logré acoplarme a su mentalidad: estás bien como estás. Tendré que ponerla más en práctica.

En la autopista de regreso el domingo, pensé en la energía tan agradable que tantas mujeres podían crear. Recordé las pláticas de mis amigas de la ciudad, en donde las dietas, las inconformidades, el silicón y la autocrítica son la base de una charla de café. La energía de esos días en la playa entre mujeres había sido completamente diferente. Nunca, jamás me había tocado convivir con tantas mujeres sanas al mismo tiempo. Mujeres felices con lo que tienen y con lo que son. Mujeres que se aceptan tal cual.

Nuestro problema es que nos desconectamos de nosotras mismas y buscamos la perfección física para aceptarnos. Logrando, obviamente, nunca ser perfectas y criticarnos todavía más fuerte por no alcanzar la perfección. Eso sí, defendemos a nuestras amigas que se juzgan injustamente, pero nunca lo podemos hacer con nosotras mismas. A ellas las podemos ver perfectamente, pero cuando se trata de nosotras mismas, no importa cuánto miramos, jamás logramos vernos claramente.

Sofía, la pintora, es mamá de tres hijos y escribe en un diario local de Querétaro. Güera,  muy blanca, un poco rellenita y con una ternura asombrosa: el hada madrina de cualquier cuento. Me decía que ella toda su vida había luchado con su tendencia a engordar, hasta que había logrado aceptar su cuerpo. Ahora se conoce y se quiere como es. Y con eso, me decía, viene solito el cambio físico porque te empiezas a respetar y a hacer concientes tus necesidades reales. No la había notado rellenita hasta que me confesó su complexión. Es sólo cuestión de actitud.

Así, cada una tenía una historia y una vida diferente. Me parecieron todas hermosas. En el camino, con dos de ellas a lado, cerré los ojos y me puse a pensar por qué la gran diferencia, por qué las mujeres que queremos de nuestro alrededor nos parecen tan perfectas y nosotros no dejamos de encontrarnos detalles que atacar.

Es sólo cuestión de enfoque. Tratarnos como nuestras propias mejores amigas parece una buena solución.

 

 

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