Edición septiembre 2007

Por: Cristina Mendoza
Nuestro cuerpo, ¡oh! capilla de conocimiento, de perfección. Nuestro cuerpo, “Máquina perfecta”, “Centro de poder”…
Alrededor del cuerpo humano existe un sinfín de cuestionamientos, de misterios, de descubrimientos, de temores. Los científicos nos han dicho qué es, cómo funciona, cómo debería de funcionar y cómo remediar lo que va mal. Y siguen habiendo numerosos grupos de científicos frente a un microscopio, frente a aparatos gigantes experimentando con personas, con animales.
Recuerdo que desde muy jóvenes en la escuela nos daban clases de biología, lo que más tarde se convirtió en la materia de “Anatomía”, durante la preparatoria. Nos teníamos que aprender los nombres y funciones de cada partecita, cómo funciona hasta la célula… ¿para qué? No nos lo decían. Pocos profesores te contagiaban el ansia de conocimiento, de saber. Todo lo tomabas literal y ya, te olvidabas del asunto. Así crecimos sabiendo que existían claras diferencias entre “los niños” y “las niñas”, más allá de vestirnos de azul o rosa. En las clases de biología nos explicaban que uno de los principales distintivos entre géneros era la capacidad de ser madres de las damiselas, y todo comenzaba con un evento no tan feliz: la menstruación.
Como buen colegio de niñas, donde yo me eduqué era un lugar “seguro” ante este tema, es decir, si una llegaba a mancharse el uniforme no era causante de gran escándalo, aunque sí de un poco de morbo. Total, todas éramos mujeres. Y el típico “fíjate si no estoy manchada” era de lo más común entre amigas.
Cuando cumplías 11 o 12 años, el evento estaba latente: próximamente te “iba a pasar”. Y te daba un poco de curiosidad, miedito y hasta cierto punto, flojera (si es que estabas enterada de lo que te “iba a pasar”). Te vendían la idea de la menstruación como: el evento que te cambia la vida, te conviertes en mujer y te tienes que olvidar de andar trepando árboles. “Ya eres una mujercita”… ¿que no éramos ya mujercitas?
Entonces nos dicen: cada 28 días vendrá “tu amigo Andrés”, y empiezas a contar los días y si no funcionaba, inmediatamente algo andaba mal.
Todo continuaba estando bajo un velo de misterio, de secreto, de preocupación. Y no era para menos. El evento de la regla tiene una marca profunda, que poco a poco está desapareciendo, pero sigue ahí. En mi labor de investigación, encontré un texto muy claro que explica este fenómeno:
“Desde tiempo inmemorial la menstruación ha estado rodeada por el mito, la superstición y la ignorancia. En casi todas las sociedades ha sido objeto de tabúes que provienen del miedo ancestral a la sangre, desde ciertos grupos africanos que no comen algo cocinado por una mujer que está reglando por miedo a enfermar, hasta los patrones que creen que el menstruo afecta el trabajo de la mujer. La misma palabra “tabú” probablemente derive del nombre que los polinesios daban al periodo. Pero no todos los mitos son negativos; algunos pueblos celebran la menarquía porque significa que la joven puede empezar a procrear. A la sangre menstrual se le ha atribuido propiedades mágicas, sobre todo como antídoto de la esterilidad. El estudio del síndrome premenstrual y la lucha del movimiento feminista han ayudado a deshacer muchos de estos mitos y tabúes, pero tan cerca ya del siglo XXI todavía hay mujeres que consideran la regla como un castigo.
“Durante la primera menstruación, las niñas de la tribu Naskapi de Canadá usaban un velo de piel de caribú. La lengua hebrea tiene una palabra para designar a la mujer que está menstruando: Niddah. Como se la consideraba impura, la ley judaica regulaba estrictamente sus actividades durante el periodo. Al terminar, tenía que esperar siete días y luego purificarse con un baño ritual, el mikvah. Algunas judías ortodoxas todavía siguen este precepto.”
No es de extrañar que ya en pleno siglo XXI se conserven muchos de estos temores. También algo con lo que nos encontramos es la falta de empatía, no se cree que una se sienta mal. En lo particular, lo que más me afecta es el SPM o Síndrome Pre-Menstrual. Estas molestias antes del periodo han sido también puestas en duda, muchos opinan que es algo más bien psicológico y hasta se les da el nombre de “pretexto” para no acudir a clases o a trabajar.
Pero investigaciones arrojan los siguientes datos: “Alrededor de un 40 por ciento de las mujeres sufren alteraciones premenstruales leves que incluyen cambios emocionales impredecibles, ligera depresión, aumento de peso debido a una mayor retención de líquidos y dolor al tacto en los pechos. Se calcula que en un 5 por ciento de las mujeres estos síntomas se presentan exacerbados constituyendo lo que se llama Síndrome Premenstrual, que puede manifestarse por arranques incontrolables de cólera, berrinches, antojo de alimentos más raros, migrañas, depresión severa y accesos de llanto.
“Algunos médicos consideran que estos síntomas revelan una personalidad inestable o un ambiente conflictivo, pero hay otros que los atribuyen fundamentalmente a los cambios químicos que se producen en el cuerpo de la mujer antes de la menstruación y que son mucho más marcados en unas mujeres que en otras.”
Les juro que no es invento. No sucede cada mes, pero es muy común que note un incremento en mi masa corporal. En serio, antes de mi periodo mi ropa me queda más apretada, también estoy mucho más sensible (tanto física como emocionalmente) y no es un pretexto. Entre amigas decimos: “Ah, es que ya me va a bajar, con razón”, al referirnos a etapas “sentimentaloides” que enfrentamos y, de alguna manera, nos parecen extrañas.
Ante todos estos mitos y temores nos quedan varias opciones: informarnos, aceptarnos e investigar de tradiciones ancestrales, como las que hemos ya mencionado en este espacio.
Cada organismo funciona de manera única, pues somos seres individuales. Lo importante es aprender a conocernos, a escucharnos, a querernos como sea que funcionemos. La menstruación es parte importante de nuestras vidas de mujeres, más allá de que lo diga un libro de texto escolar o de que tengamos que comportarnos de tal o cual forma. La llegada de la menstruación nos recuerda, cada 28, 30, 35 días o los que sean, que podemos ser capaces de dar vida, y a eso yo no le veo ninguna parte peligrosa o terrorífica. También significa una madurez en todos los sentidos y no es un anuncio fatal de “no estamos embarazadas” o como ya decía, un pretexto barato para estar refunfuñonas.
Simplemente es un proceso de nuestro cuerpo, otro al que le tenemos que quitar un estigma y darle su valor. Su lugar.
Fuente: “Los porqués del cuerpo humano”, Selecciones del Reader´s Digest, 1986.
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