Edición SEPTIEMBRE 2007

Por: Rosa Barocio
En el momento en que sabemos que vamos a ser padres, dejamos volar nuestra imaginación y empezamos a soñar con ese ser que aún no
ha nacido. Nos lo imaginamos de acuerdo con nuestras preferencias o sueños no realizados. Si soy intelectual y voy a tener una mujer, quizá la imagino muy lista y asertiva, toda una ejecutiva exitosa. Pero si soy abierta y muy sociable, sueño con una hija bonita, simpática y muy popular. Si alguna vez deseé ser danzante y mis padres no me lo permitieron, ahora que voy a ser madre me la imagino como una gran bailarina de ballet, talentosa y envidiada por los demás.
Si va a ser hombre, y si en mi familia disfrutamos del deporte, quizá lo imagino como un destacado futbolista. O siguiendo la tradición de la familia, sueño que es un prominente ingeniero, abogado o médico. Si algún día soñé con ser músico y me obligaron a tener otra profesión, ahora lo imagino como un reconocido violinista.
Cuando nace este niño, por unos momentos soltamos nuestras expectativas y nos acercamos a él con ese amor que nada espera, pues percibe la perfección de lo que “es”. Con ese amor más libre que acepta plenamente.
Josefina, rodeada de su esposo y abuelos, recibe por primera vez en sus brazos a su hija recién nacida. Con lágrimas en los ojos la destapa cuidadosamente “¡Nunca he visto a una niña tan hermosa! ¡Está preciosa!”, dice la abuela mientras los demás asienten con la cabeza. Unas horas más tarde llegan los sobrinos a ver a la niña en el cunero. La enfermera sostiene al bebé en brazos para mostrárselos a través del cristal. El niño la observa y le comenta a su hermana: “Está horrible, ¿por qué diría la abuela que está bonita?”
¿Por qué decimos que son hermosos estos pequeños recién nacidos de pelos parados y piel arrugada? Quizá porque los percibimos a través de un amor más puro que nos abre el corazón y permite que ante la perfección del recién nacido nos llenemos de asombro. Es en estos momentos que trascendemos lo físico para ver más allá de lo material, y ante el reconocimiento del milagro de su existencia, nos llenamos de admiración.
Pronto nos alejamos de estos vislumbres de amor menos condicionado. Dejamos de percibir lo intangible y nos atoramos en el cascarón. Perdemos la conexión con aquello que es sagrado en el niño, para querer imponer de manera egoísta nuestras preferencias y deseos. Aparece un amor lleno de expectativas y condiciones.
Estas expectativas cerradas de los padres generalmente no se presentan como un problema en los primeros años del pequeño:
Baltasar, de 3 años, patea una pelota en el jardín. El padre orgulloso lo admira desde la ventana. “Mira, Rosalinda, ¿qué te dije? Baltasar va a ser futbolista. ¿Ya viste con qué agilidad le pega a la pelota? A ver quién dice lo contrario ¡es igualito a mí! Deja que cumpla seis años y me lo llevo a que entrene en el equipo”.
¿Quién va a decirle a este padre que a todos los niños de esa edad les gusta patear una pelota? El padre puede todavía quedarse varios años con la ilusión de que su hijo será lo que él espera.
Sueños frustrados…
Pero, ¿qué ocurre cuando los años pasan y el niño no realiza los sueños de los padres?
“Señora Rodríguez, quisiera en esta entrevista aprovechar para decirle que su hija es un encanto. Es muy sociable y muy cariñosa, pero creo que aunque tiene varios años en mi clase, no le interesa realmente el baile. No todas las niñas son para clase de ballet, estoy segura de que encontrará otra clase…”
La señora Rodríguez, por supuesto, ya se había dado cuenta de que a su hija el ballet no le interesaba, pero se había negado a aceptarlo. Hacía meses que los días de clases se habían convertido en batallas campales. Sólo con chantajes y amenazas lograba convencerla de que asistiera. Sin embargo, había seguido insistiendo apoyada por el sueño de tener una bailarina en la familia. Ahora, después de la entrevista con la maestra, se siente defraudada, pues le queda claro que su sueño no se va a realizar.
Una madre sociable y abierta no puede comprender que su hijo sea tímido y solitario. Le parece increíble que prefiera jugar en casa con el perro que asistir a una divertida fiesta. Las preferencias de su hijo le parecen aburridas y sin sentido; si no comprende las diferencias en sus temperamentos, insistirá en tratar de cambiarlo. Esto sólo traerá frustración a ambos.
Pero ¿qué del niño brillante?
“Señora Sánchez, hace varias semanas estoy teniendo dificultad con su hijo Rubén en relación con la lecto-escritura. Quisiera pedirle que le hagan una pequeña evaluación…” “Cómo, ¿una qué?”, interrumpe la madre alarmada. “Una evaluación, un reconocimiento, pues creo que tiene problemas de aprendizaje”. “Mire, maestra, Rubén es un niño muy inteligente, mi esposo y yo lo hemos constatado desde que nació. En mi casa reconoce perfectamente bien las letras, lo que sucede es que aquí en el colegio no han sabido estimularlo. Con toda razón nos dice que no quiere venir ¡y que se aburre!” La madre, claramente molesta, se marcha. La maestra la ve retirarse y desanimada, suspira.
Los padres quieren un hijo intelectual y no están dispuestos a que alguien los contradiga. Probablemente cambiarán primero al niño de escuela antes que admitir que se necesita ayuda especial. En el nuevo colegio se toparán con la misma dificultad y, si el caso es severo, finalmente se verán obligados a admitir que tiene problemas de aprendizaje. Entonces, tendrán que contemplar la opción de meterlo a terapia, los padres seguirán en negación en insistirán en que sólo es problema de flojera y cuestión de que le “eche más ganas”. Este niño crecerá presionado, sintiendo que “no da el ancho”. Su autoestima se verá muy afectada, pues lo tacharán de tonto, lento o flojo.
En mi trabajo, como directora de escuela, he tenido casos en que los padres han escogido cambiar al niño a otro colegio antes que admitir que necesita ayuda. Otros han preferido que el niño siga sufriendo toda su educación escolar con sus problemas de aprendizaje, antes de aceptar que asista a una terapia. Es realmente triste ver a niños a los que se pudo haber ayudado, pero que por la necedad de los padres de sostener sus propias expectativas irreales, se les ha dejado con estas dificultades para toda su vida.
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