Edición SEPTIEMBRE 2007

 

REY BLANCO

Por: Santiago Rojas Valdivia

 

siriusfem, rey blancoUna noche de lluvia después de las labores, busqué el sillón más cómodo de la sala y lo acomodé hacia el ventanal. Mi esposa e hijo se habían ido a dormir después de la cena, yo había decidido pensar en los pendientes de oficina antes de irme a descansar. Así que me serví un café para espantar al sueño y poder despejarme. Desde ese piso se podía ver perfectamente por el cristal, cómo la ciudad se iba hundiendo poco a poco en el sueño. Las luces ámbar de las grandes avenidas resplandecían hacia el cosmos. Sorbí de la taza y me acerqué a la larga ventana. El vapor de la bebida empañó el cristal, no resistí y delineé con un dedo mi rostro en el vidrio.

Un recuerdo abordó mi mente. La mirada de mi padre sobre mi hombro, reflejada en el cristal mientras hacía los mismos trazos en una pasada noche de otoño. En aquella ocasión me di cuenta del parecido que yo guardaba con aquel hombre del que había aprendido a vivir. El último recuerdo que me quedó de él, era que habíamos dejado inconclusa una partida de ajedrez. Todavía guardo el estuche.

Mi padre enfermó. Los días de hospital, inmediatamente saliendo de la escuela, corría con la caja de madera hasta la cama treinta y ocho para seguir con la tirada del día anterior. Nunca me dijo que su tiempo se estaba acabando. Un jueves saliendo del colegio, llegué a la misma cama, mi madre, vestida de negro, me detuvo antes de que entrara al cuarto ya vacío. Mientras me decía a dónde iría mi padre, yo saqué uno de mis cuadernos para dibujar con mis plumones de color, la última disposición de las piezas en los cuadros de la tabla. No recuerdo si lloré por estar pensando en la jugada inconclusa, pero la hoja quedó manchada de charcos de colores que se fundían. Ese día cerré la caja de madera con todas las figuras y el diagrama.

Cargué con la caja de escaques en cada una de mis mudanzas, y hasta hoy había venido a traerla a mis recuerdos los trazos sobre el vaho del café en la ventana. Decidí continuar con la partida. También haría las tiradas de mi padre, intentando recordar su forma de jugar. Dejé la taza en la mesa y fui directo al cuarto, pasando por la habitación de mi hijo. Me asomé a contemplar su sueño, tenía el mismo rostro que su abuelo, que yo. Aunque mi padre ansiaba vivir lo suficiente para conocer a su primer nieto, se le había acabado el tiempo. Bendije a mi chiquillo y me seguí hasta el cuarto, mi mujer también dormía. Sigiloso, abrí el cajón del buró, metí las manos para palpar lo que buscaba. Aunque había decidido no volver a jugar ajedrez, siempre lo mantenía cerca. Con el tablero de madera, regresé a la sala.

Jalé la mesa de centro frente a mí y puse la luz de la lámpara sobre ella. Desprendí el nudo del viejo listón con un jalón, desprendiéndole el polvo. Las piezas rodaron por la mesa. Aunque las figuras se estaban despintando, todavía se distinguían los colores del barniz. No pude evitar que se me encogiera la garganta. Ahí estaba el pedazo de papel amarillento con mis dibujos y anotaciones. Extendí el campo de batalla de cuadros,  acomodé las piezas justo como las habíamos dejado el día anterior a la partida de mi padre. Cada pieza me costó varios minutos de recuerdos y un centenar de lágrimas.

Dispuse en filas las pérdidas que la contienda del hospital, a los lados del campo de batalla. El tablero quedó acomodado justo como ese día, lo analicé un minuto y moví una de las estatuillas. Avanzaron las negras. El último movimiento lo había hecho mi padre con las blancas, interrumpió la enfermera con la cena. Nos vimos a los ojos por última vez y recibir un beso de él de despedida. Siguió su turno, traté de imaginar lo que él haría. Me quedé observando alfiles, caballos y peones, hasta que no supe más de mí. El sueño me había cerrado los ojos y no desperté sino hasta que la luz del sol entró por la ventana. Desperté y miré el reloj, tenía tiempo de sobra para salir a trabajar. Mi mujer aún dormía, lo cual significaba que no era tarde. Después de tallarme los ojos, recordé que había dejado una figura sin mover. Pensé en la tirada, pero al posar la mano sobre la torre me di cuenta que había cambiado de cuadro mientras dormía. Era justo el movimiento que había pensado, pero alguien más lo había hecho.  Me quedé azorado.

Mi esposa despertó y al no sentirme a su lado, fue a la sala, encontrándome con los ojos clavados en las piezas de madera. Decidí no contarle lo sucedido hasta resolverlo. Le dije que había decidido seguir con lo que habíamos dejado pendiente mi padre y yo. Le pedí que no movieran el tablero hasta que terminara con la justa. Ella entendió y me apuró a desayunar para que no saliera tarde a la oficina. La obedecí.

En la mesa ya estaba mi hijo Jacobo. Le platiqué del juego que estaba en la mesita. Le pedí que no tocara las figuras, que tuviera cuidado si jugaba con sus coches. Asintió y siguió apaleando el cereal. Laura sabía lo que para mí significaba esa partida, prometió ayudarme a mantener el lugar intacto hasta que volviera a guardar la caja en el buró. Seguí pensando en la torre misteriosa.

Aquella noche regresé más tarde de lo habitual, la casa ya estaba oscura. Vi mi cena sobre la mesa y la cafetera encendida. Mi familia durmiendo, y en la sala seguía el tablero intacto alumbrado por la luz de la lámpara. Después de cenar, tomé una taza de café y volví a sentarme en el sillón del día pasado. Esta vez, sólo movería una pieza y me iría a dormir. Quería confirmar una sospecha. Hice avanzar el caballo sobre el peón, apagué la luz y me fui a la cama. No sin antes revisar bien la estancia para detectar diferencias al día siguiente.

La noche fue pesada, con imágenes recurrentes de tiradas, me perseguían la reina y sus alfiles. Una lucha constante con las sábanas. Laura me despertó varias veces para tranquilizarme, pero sólo bastaba con que cerrara los ojos para que regresaran las imágenes de la pesadilla. Corrieron las horas hasta que sonó el despertador. Con pesar me levanté e inmediatamente fui a la sala para encontrar lo que esperaba. Una de las figuras había dado sus pasos a otro cuadro y no había indicios de que alguien lo hubiera hecho. Jacobo seguía dormido en su cuarto y mi esposa no se había separado de mi lado en toda la noche. Si era una broma, no me imaginaba quién me la podría estar jugando.

Pensé en mi padre, era una manera muy extraña de hacer acto de presencia después de tantos años. Decidí seguir con ese juego, una a una las tiradas cada noche hasta el jaque.

Las tiradas se fueron dando, una por noche. Movía las negras, cuidándome de cómo jugaría él para ganarme. Ese detalle me hacía sentir su presencia. No me atreví a espiar los movimientos por las noches, movía y me retiraba a descansar. Por la mañana despertaba para ir a la mesita a escribir lo que había sucedido la noche anterior. En la misma hoja que había quedado inconclusa, continué los nuevos trazos. Las piezas fueron cayendo una a una, dejando ver el inminente fin de la partida.

A un mes de haber sacado la caja de madera de mi mueble, se cumplía otro año de la muerte de mi padre. Amanecía un domingo perfecto para visitar el panteón y hacer una misa en su memoria. Abandoné a Laura en la cama y con añoranza me dirigí una vez más a la sala, a la mesita que había sido el campo de guerra. Había logrado copar al rey blanco la noche anterior, de cualquier forma mi siguiente movimiento pondría en jaque a mi oponente. El sol con un color de miel cubría todo el tablero, todas las piezas. Después de un momento de análisis, revisé las figuritas despintadas y noté que faltaba el Rey blanco. Inmediatamente me agaché para rastrear la efigie por debajo de sillones y libreros. No quedó mueble sin mover. Si faltaba una pieza, la historia quedaría inconclusa.

Como última opción fui al cuarto de Jacobo a buscar en el cajón de sus juguetes, tal vez había caído y la podía haber tomado pensando que esa ya no estaba en juego. Seguía dormido con la paz de un inocente, me acerqué a besarle la frente. Hincado frente a su cama, noté que tenía aferrada con la mano la pieza de madera que se había extraviado. Tomé su mano con cuidado para quitarle suavemente la estatuilla, Jacobo abrió los ojos lentamente sin querer soltarla. Le expliqué de la importancia del rey blanco para terminar con la partida, pero aún así no la soltó.

Entré en conflicto, fue entonces que le pregunté si era él el que movía las piezas por las noches, a lo que respondió negando. Me quedé pensativo un momento y le pregunté que por qué no me la devolvía. Lo atraje hacia mis brazos, se sintió seguro y fue cuando me contó. Su abuelo lo había visitado la noche anterior, después de conocerlo y platicarle de mí. Le había pedido que tomara la figura y la guardara para evitar que el juego terminara.

 

 

Enviar comentario

http://www.arteimaginador.com



 

 

 

 

Informacion Legal | Publicidad | Directorio
Hecho en México
Sirius Fem, www.siriusfem.com y www.siriusfem.com.mx son marcas registradas, Derechos Reservados.