Edición abril 2008

Por: Dulce María Solís
Después de escuchar llorar a mis amigas, primas, maestras, tías y muchas mujeres, descubrí el mal de su sufrimiento, sí: son los hombres. Y no me gustaría que esta conclusión se malinterpretara como “feminista” sino más bien como una posible solución al problema.
Podríamos comenzar por contestar a la pregunta que da título a este escrito, es decir ¿qué es el hombre para la mujer? Existen varias respuestas, por ejemplo: es el bonito recuerdo de abuelo, el papá que crees un súper héroe o el que te abandona; el hermano que siempre te molesta o te protege; el tío que te apoya o el que te regaña, el primo con el que estás siempre o el chismoso; el inseparable amigo o del que te enamoras y ese novio que te hace la mujer más feliz del mundo pero también la más desdichada.
Sin embargo esta acepción es muy superficial puesto que la cuestión es más de fondo que de forma, no se puede quitar un problema si no se arranca de raíz, ¿de dónde viene este sentimiento de abandono, el coraje o la frustración?
El miedo a la soledad podría ser una de las respuestas a esta gran incógnita, aunque inclusive a veces cuando se está con el hombre equivocado te puedas llegar a sentir más sola y frustrada; o bien, el miedo a la vida por las consecuencias que pueda haber al tomar ciertas decisiones y así pasar de la responsabilidad a la culpa.
La mala educación, aunque suene a título de película, podría ser otra vertiente que nos ayude a profundizar en el tema, porque algunas madres se encargan de hacer diferencias entre sus hijos varones y mujeres, es decir promueven el machismo desde el seno familiar y cuando crecemos repetimos patrones conductuales.
Lo que ellos buscan cuando ya crecen es una madre, una sirvienta, una acompañante pero no una pareja y lo peor de todo es que la encuentran. Por cultura se sienten merecedores de una atención en demasía, así que se crea un círculo vicioso entre el abuso y la complacencia; la dinámica se convierte en dar sin recibir o recibir menos de lo que se da. Casi nunca tenemos el valor de cortar este tipo de “cadenas”, y en ese caminar nos olvidamos de nosotras por ocuparnos de “nosotros”.
Contribuye también el tipo de relación que hayamos llevado con nuestro padre, si fue disfuncional y lo magnificamos en un grado superlativo más tarde no encontraremos a un hombre que cumpla con nuestras expectativas, mientras que si lo rechazamos o él a nosotras, sentiremos un resentimiento que descargamos de distintas maneras con los del sexo masculino.
En esa búsqueda insana nos dañamos a nosotras, pero también los lastimamos a ellos y como consecuencia viene una escalada de emociones y sentimientos como la soledad, la tristeza, la angustia. Además, afloran los complejos, es ahí donde las fugas como la neurosis, la depresión, el alcohol o las drogas encuentran cabida.
Disfrazamos el dolor y bajo una sonrisa ocultamos el verdadero sentimiento. Sin embargo, aunque así lo parezca, no todo está perdido; el primer paso es estar conciente del daño y sus consecuencias, aceptar el error. Resurgimos con fortaleza, un don que todas las mujeres tenemos en menor o mayor grado, es algo innato porque somos seres vivos dadores de vida, de ahí viene esa premisa que dice “da sin esperar nada”.
La verdadera felicidad es la aceptación primero de mí, (en mi condición de mujer), después la de mi entorno y de todo lo que pase a mi alrededor. Tenemos que comenzar a amarnos porque nadie puede dar lo que no tiene; y a perdonarnos para dejar a un lado la culpa y sólo reconocernos responsables; pues la vida, el día de hoy, es una aventura, más que eso, es un regalo.
Por supuesto que los problemas son menos si se comparten, el platicar con una amiga, los grupos de autoayuda o la asesoría de un profesional en la materia no están por demás. La verdadera cura es el amor pero también debemos cooperar para ser cada vez mejores seres humanos y tener una vida útil y feliz, así seamos hombres o mujeres.