Edición abril 2008

Si nos remitimos al dogma, hablaremos de dos términos interesantes y, parecería, similares. Acudimos a la Real Academia de la Lengua Española y encontramos los significados:

Emancipar.
(Del lat. emancipāre).
1. tr. Libertar de la patria potestad, de la tutela o de la servidumbre. U. t. c. prnl.
2. prnl. Liberarse de cualquier clase de subordinación o dependencia.
Independencia.
1. f. Cualidad o condición de independiente.
2. f. Libertad, especialmente la de un Estado que no es tributario ni depende de otro.
3. f. Entereza, firmeza de carácter.
Creo que la primera vez que escuché la palabra “emancipar” fue en algún programa español. Hablaban de que en el país ibérico los jóvenes no tenían la costumbre de salirse de casa de sus padres sólo por una pequeña razón: la economía. Es difícil que en países como los latinos los jóvenes agarren sus chivas y se vayan a formar sus propias vidas a una casa nueva. Es difícil porque los salarios en general no son altos y la vida no es barata. Es difícil, por otro lado, porque la educación y las costumbres dictan que la familia unida “vive mejor”. Somos culturas “muégano”, todos unidos por los siglos de los siglos. Por eso mismo se nos hace tan raro ver en películas que las familias anglosajonas se ven dos veces al año, “¡qué extraños son!”
Tal vez sea porque también en América Latina los hijos se van de casa jóvenes, pero a formar una nueva familia. No así en países europeos, aunque, valga decir, cada vez sucede más y más en nuestro continente.
A los ventitantos los polluelos terminan la escuela y, ahora sí, están listos para lo que sigue: el matrimonio. Entonces se arregla una gran fiesta, se van acomodando las piezas para que la nueva familia se funde en un espacio determinado. Negocios millonarios están floreciendo al ofrecer casitas de interés social de 10 x 10: muchos están atando el nudo. Los nietos corren por todos lados y los hijos (en sus treintas) se encuentran luchando por tener “una vida mejor”. Pero, ¿qué ocurre si pasan los años y esos polluelos que se suponía tenían que casarse en sus veintes siguen en casa de mamá y papá?
Puede ser que uno elija no casarse tan joven, vivir experiencias que después ya no se podrá o que se esté esperando a la “persona ideal” y no se encuentre tan fácilmente… o simplemente porque es mucho más cómodo vivir con la madre que le tenga la ropa limpia, el baño aseado y la comida caliente al cachorrito de 28 años. Y lo mejor: si se está trabajando es más barato vivir en el lecho materno.
Pero también aquí es cuando comienzan a suceder otras cosas: muchos adultos conviviendo en casa puede convertirse en caos. ¿Cómo pretende el muchacho de 30 años seguir siendo tratado como adolescente cuando ya no lo es? ¿Cómo pretende ese muchacho ser tratado como adulto si es mantenido por sus padres? Las reglas familiares han cambiado, el joven quiere su espacio y su libertad, pero el padre exige respeto y cumplimiento de normas. El hijo ya se hartó de ser limpio y ordenado y el padre no quiere un caos en casa. Insisto: más de dos adultos en casa puede ser caótico. No es fácil, lo sé por experiencia propia. Pero tampoco es fácil ser lo que bautizó una amiga como un “desadaptado social”, que sería, en sus términos, ser alguien que no sigue las reglas establecidas por la sociedad. Una persona como yo, una mujer a los 31 años viviendo sola en la misma ciudad que su familia.
Cuando decidí emanciparme varias de mis amigas me miraban como si fuera bicho raro y alguna, estoy segura, con aire de compasión: “Estará taaaan sola”. No es sencillo concebir a una mujer soltera a los treinta y tantos que no aspire a ser, cuando menos, madre, sino es que esposa también… o al menos que no le urja y no sueñe con enormes relojes que hagan tick tack. “Qué mala suerte ha tenido”, “Seguramente ha de llorar por las noches”.
Les tengo noticias: no es el fin del mundo. Es el comienzo de una vida consigo mismo.
El vivir solo es muy recomendable, es darse la oportunidad de convertirse en una persona responsable en todos los sentidos: desde el económico hasta el físico. Si no te cuidas tú nadie lo hará. Si no pagas tú los gastos de la casa, nadie más lo hará. Tu casa luce como tú quieres, es tu propio desorden o tu propia limpieza. Es tu espacio, es tu rincón, es tu reino.
Pero no solamente es un espacio de cuatro por cuatro para ti, es algo que se siente dentro, algo que se lleva todo el tiempo. La emancipación puede dar libertad de acción, pero también responsabilidad. La libertad puede dar felicidad, pero también debe de tratarse con respeto. Respetándonos a nosotros mismos. El vivir solitos nos puede regalar muchas cosas y es cuestión de cómo decidamos verlo. Es una oportunidad para comenzar tu vida o una oportunidad para irte hasta el fondo de la cañería. No hay más: no hay mamá que nos resuelva los atorones, ni papá que responda por nuestras metidas de pata. Ahora sí, estamos aquí, con nosotros mismos, tratando de tener una comunicación con nuestro yo, preguntándonos qué queremos. Atreviéndonos a ver más allá. Siendo valientes.
Ser independiente también requiere de mucha responsabilidad, dentro o fuera del hogar donde nos criamos.
No es requisito emanciparse para ser libre. Tampoco se es libre por emanciparse. La libertad viene del interior, en el lugar que estés, pero creo que no puede haber libertad interna si se sigue con ataduras externas. Ataduras a los padres, a nuestros recuerdos, al pasado, a la comodidad (y a ser comodino) de lo ya establecido, a vivir en “ahí se va” o el “para qué”. No hay libertad si vivimos en standby, si ni siquiera nos cuestionamos qué queremos.
Y claro que da miedo. Da terror el verse a uno mismo enfrentándose a la vida con libertad. Es un terror con antelación; a la expectativa, porque cuando ya lo estás viviendo te das cuenta que no era tan difícil como parecía. Sólo había que dar ese paso y dar el siguiente y así… Tal vez para dar esos pasos hay que volver a los orígenes y sanar algunas heridas. Tal vez haya que irse lejos para poder ver desde otra perspectiva las cosas. Tal vez haya que vivir determinadas experiencias para despertar y comenzar a cuestionarse. Quizá haya que romper algunas reglas sociales ya retrógradas, haya que ser pionero.
La libertad es un trabajo de todos los días e implica también ser conciente de que somos seres sociales, no somos una isla. Seguramente implicará tomar riesgos, vencer miedos, llorar, cuestionarnos, caer y levantarnos. Pero vale la pena luchar por ella. Luchar por ser nosotros mismos a los 20, 30, 40, 50, 60 o los 100 años. ¡Qué importa la edad!
Nunca es tarde o temprano para comenzar con la búsqueda de uno mismo, con el encuentro con tu propio espacio, con tu ser. El buscar la independencia puede traernos momentos de soledad, muchos cuestionamientos, sobre todo porque muchos de nosotros queremos llegar a tener una pareja y vivir con ellos, y nos cuesta trabajo unir la palabra “independencia” con “pareja”. Pero no podremos hallar la solución a esa ecuación si no comenzamos por aprender qué es ser independiente uno mismo. Si no se cuestiona qué es ser libre sin que venga a la mente la imagen de cadenas o esclavitud.
Esto se puede ilustrar bien con lo que el educador brasileño Paulo Freire dice acerca de los “opresores” y los “oprimidos”: “Se trata pues, de una contradicción: en vez de la liberación, lo que prevalece es la identificación con el contrario: es la sombra testimonial del antiguo opresor. Ellos temen a la libertad porque ésta les exigirá ser autónomos y expulsar de sí mismos la sombra de los opresores. De esta forma, debería nacer un hombre nuevo que supere la contradicción: ni opresor ni oprimido: un hombre liberándose.”
La emancipación, la independencia, la libertad, son términos que nos pueden parecer abstractos porque de alguna manera desafían lo establecido. “Si se es casado no se es libre”. “Si se es independiente se es amagado”, “Si se emancipa es porque tiene algún problema”. ¿No sería mejor intentar averiguarlo uno mismo? Establecer nuevas definiciones en los diccionarios, atreverse a trazar un nuevo camino, desafiar no por provocar, sino por querer ser feliz. Nunca es tarde para entender que se puede llegar a ser libre. Nunca es demasiado temprano para entender que venimos a esta vida a ser felices y que no estamos atados a nada: ni a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestras posesiones, pasiones, ambiciones o profesiones. Somos únicos, irrepetibles.
Podemos ser lo que queramos. Podemos ser libres.