Edición abril 2008

Por: Ricardo Arce
Cuando salí de mi ciudad natal y decidí venirme la capital de México para continuar mis estudios, hubo dos clases de despedidas; mi familia paterna organizó un desayuno en Yecapixtla (Morelos), la tragazón consistió en cecina, cervezas, nopalitos y un mariachi que entonaba a todo pulmón Las golondrinas y Ojalá que te vaya bonito. Lágrimas, risas, consejos de prevención para habitar la gran ciudad y una cooperacha que llegó a los dos mil pesos. Con mi madre fue muy distinto. Ella se empeñaba en que continuara mis estudios en Morelos, estudiara la Normal y fuera un gran maestro con futuro asegurado. Recibió la noticia de mal modo, primero con gritos, luego con lágrimas y al final con un silencio a mis espaldas.
Así pues y como por arte de magia (y dos horas de camino) llegué a la Ciudad de los palacios dejando atrás a la de la eterna primavera, con un par de miles en la bolsa y la dirección de unos amigos que me ofrecieron hospedaje por unos días en lo que hallaba trabajo.
Comprar el periódico, encerrar con circulitos las posibles opciones, vestirse de forma decente, pensar que uno está capacitado para realizar cualquier tarea y, sobre todo, sonreír de manera encantadora a la encargada de recursos humanos, son parte de las vivencias que tienes que enfrentar cuando buscas la papa. No obstante, uno sale esperanzado y lleno de ilusiones y regresa afligido, con un sentimiento de incompetencia a casa. Se repite a sí mismo “quiero a mis papás” pero la decisión está tomada: ser independiente y buscar el éxito… “No hay mejor lugar como el laboral” te repites antes de dormir como si estuvieras en el reino del Mago de Oz.
Los retos van más allá de ser o no competente en cualquier trabajo, y más cuando está iniciando... lejos del calor de hogar, las opciones se reducen aún más.
Los primeros sitios a los que fui a dejar solicitudes de empleo eran de comida rápida, las pizzerías y pollos fritos con recetas secretas. En estos lugares no importa cuántas firmas hayas juntado para que en tu preparatoria impartieran clases de salud sexual apropiadas, en qué organizaciones te hayas desempeñado como promotor cultural o si sabes escribir sin faltas de ortografía; ahí lo realmente esencial es demostrar qué tan bien te llevas con el mundo, si sabes sonreír hipócritamente a los clientes o si te acoplas a tus compañeros de trabajo y estás dispuesto a trabajar horas extras sin goce de sueldo.
En los de telemercadeo no es muy distinto, es cansado andar todo el día con traje, perdiendo semanas enteras con capacitaciones donde no sabes si te convendrá laborar en ese lugar o peor aún, que al final te salgan con la cara de babas diciendo “Nosotros le llamamos, joven”. Pronto ves cómo desaparecen uno a uno de los postulados y entre tanto cursillo tú no llegas a comprender por qué es importante presentarte a ti mismo como “licenciado” (“Buenas tardes, le habla el Licenciado Ricardo Arce, de parte del Banco, ¿se encontrará el Señor Molesto?”) si muchos los de ahí ni la preparatoria han terminado.
El inicio de la independencia entre los jóvenes tiene un encuentro de sentimientos muy fuertes. Uno se enfrenta ante el peor de todos sus miedos, el llamado mundo real, el mundo de allá afuera que no se sacia de juzgarte y catalogarte como parte de un producto para la sociedad, perteneces a un sistema o te mueres de hambre. Ciertamente hay estándares que no deben de romperse, pero ante la tripa chillona los extremos no existen.
En mi caso corrí con suerte, no me tocó dormir en banquetas o estaciones de autobús, no vendí un riñón ni taloneé a los transeúntes con una pistola de agua. Toqué muchas puertas, varias se cerraron en mis narices; oculté mis lágrimas en el baño frío de la mañana y me aguanté mucho más las ganas de salir corriendo a los brazos de mamá.
Una gran parte de los jóvenes que dejan el auspicio familiar en México lo hacen principalmente para formar una familia junto a su “media naranja”. Muchas veces esto termina en catástrofe y optan por regresar al lecho materno, con todo y anexados. Existen también aquellos (como yo), pero en menor medida, que buscan independizarse, estudiar algo que les convenza, seguir un sueño y construirse otro nivel de vida que va más allá de lo económico. Como decía el buen Chava Flores: ¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?/¿A hacerte rico en loterías con un millón?/Mejor trabaja, ya levántate temprano; con sueños de opio sólo pierdes el camión (…).