Edición abril 2008


INVENTARIO

Por: Adriana Matamoros

 

¿Dónde estoy?

Podría decir en este momento que en mi casa, en un lugar que es seguro para mí, que materialmente es sólo concreto y paredes, que un contrato dice que pago 4,500 pesos mensuales y tengo derecho a ocuparlo por un año con la opción, si así lo deseo. Y así lo he deseado, tanto que llevo aquí, en la que llamo mi casa, dos años.

Llegué en octubre de 2006, con una amiga de mi hermana quien quizá un buen día tomó la misma decisión que yo: era tiempo de llegarle de la casa paterna, o bien, andaba buscando que sus amantes de ocasión dejaran el gastado pretexto de “no tengo para el hotel” o BIEN, cuando soltaran el “tu casa o mi casa”, ella, falsamente pudorosa, se supiera dueña de la situación y ofreciera junto con toda su intimidad “mi casa”... jem (este segundo no era mi caso).

La cosa es que no vine con las manos vacías. Estaba provista de mis muebles de la infancia, cama, tocador unos burós y escritorio que mi padre me compró cuando cumplí 15, y que en realidad llegaron hasta los 16, meses más meses menos. También una televisión y grabadora con CD, casi de las primeras que fabricaron con ese lujoso aditamento que, estoy segura, mi sobrino de 2 años el día de mañana verá como los viejos acetatos que rallé hasta la repetición para hacerle coros a las Flans... Llegué con mi gabacha y la tele, producto de mi primer y segundo sueldo de TV Azteca. En fin, que no necesitaba nada más. Lo esencial lo tenía pensaba yo, dónde dormir; ya lo demás vendría después. Eso llegó tiempo después, con mi hermana Laura, que se vino a vivir conmigo y fue cuando por premiación y puntos de cualquier jurado, obtuvimos preseas que humillan al Oscar debido a las chulas peleas protagonizadas. Sin embargo, con ella llegaron un refri, un sillón rojo (que yo escogí, por cierto) y una lavadora, que sigo sin pagar. Es decir, no todo fue malo.

Hasta el día de hoy las paredes de este departamento arrendado en la Unidad Plateros siguen vacías. No sé por qué nunca he puesto un cuadro, una foto o siquiera pegado un póster. Todo para luego, para “cuando tenga dinero y me consiga uno bien chido que quepa, que sea rojo y se acople al color del sillón sin robar protagonismos”. Luego, luego.

Es 14 de marzo, son las 11 de la noche y exactamente en 30 días a esta hora, debo meter el sillón, la lavadora, el refri, mi cama de la infancia, mis electrodomésticos de mis primeros sueldos, ropa, basura y la seguridad que me dan estas paredes y ventanas, en un camión de mudanza. No sé cómo le voy a hacer para comprimirlo todo y llevarlo conmigo de vuelta a la casa de mis padres. Siento que somos extraños aún antes de llegar. Me pregunto si mi vieja habitación no se ofenderá porque vuelva a ocuparla cuando hace dos años la abandoné prácticamente sin despedirme; o bien, si el sillón, el comedor, la lavadora, no se sentirán como intrusos pisando un suelo que no ha calibrado bien su peso, que no los conoce pues.

Me pregunto cómo recibirá a ésta mujer que no quiere volver, pero que tampoco se queda porque viaja por no sé cuánto tiempo y quiere meter todos sus muebles de la infancia y la seguridad de las paredes en una maleta rumbo a Canadá.

Hace unos días encontré a mi hermana Dora en Cancún, donde trabaja desde hace un tiempo y para ello se ha tenido que separar de su hijo. Emocionada le contó al candidato a adolescente de 9 años que ya tenía vista la casa que comprará para que vivan ambos. Le detalló prácticamente hasta el espesor del concreto con que estaba construida, además de la dirección en la que saldría el sol cada día para despertarlo... Por toda respuesta el niño platicaba otras cosas hasta que mi hermana le pregunta “¿no te da emoción nuestra nueva casa?” Y él sólo atinó a decir “mamá, son sólo paredes y ventanas”... ¡Joder!... Pero a mí que me diga cómo le hago para empacar esas paredes y ventanas... Sí, no me lo digan, ya sé que me va a preguntar “¿y para qué te las quieres llevar? si te vas a poder encontrar otras y hacerlas tan tuyas como estas, como otras, como cualquier espacio que tú quieras llamar tu casa.”

 

 

Crédito de la imagen: Totisprz. Usada bajo licencia Creative Commons.
Disponible en este sitio.

 

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