Edición abril 2008
Hace unas semanas el periódico estadounidense New York Times publicó una noticia en la que se hablaba de un trabajador que murió sin que nadie lo notara.
“Los directivos de una empresa de publicidad intentan averiguar por qué nadie se percató de que uno de sus empleados estuvo muerto sentado en su mes, durante cinco días, sin que nadie se interesara por él ni le preguntara qué le ocurría.
”George Turklebaum, de 51 años de edad, que trabajaba como revisor en una empresa de Nueva York desde hacía 30 años, sufrió un paro cardíaco en la oficina que compartía con otros 23 trabajadores.
”El lunes por la mañana llegó a trabajar discretamente, pero nadie notó que no se marchó nunca hasta que el sábado por la mañana el personal de limpieza preguntó qué hacía trabajando en fin de semana.
”Su jefe, Elliot Wachiaski, declaró: George siempre era el primero en llegar por la mañana y el último en marcharse por la noche, por lo que a nadie le pareció extraño que estuviera continuamente en su sitio sin moverse y sin decir nada. Era bastante reservado y su trabajo le absorbía. Un examen post mortem reveló que llevaba muerto cinco días tras sufrir un infarto.”
Así que hay que preguntarse qué tanto nos agrada nuestra labor diaria al grado de volvernos invisibles para que nadie nos note.
Si uno disfruta lo que hace se nota y se hace notar: crea vínculos con los colegas y hasta amistades.
Entre amigas se bromea que si el occiso hubiera sido mujer no hubiera sucedido esto: seguro tendría una compañera de café, de cigarro o hasta para ir al baño. ¿Será?
Y tú, ¿vives para trabajar o trabajas para vivir?